Hay personas que no necesitan decir una palabra para que uno sepa que serán difíciles. Entran a un lugar y traen puesta una expresión de inconformidad preventiva.
Son los mamones. También conocidos, dependiendo de la región, circunstancia y grado de confianza, como sangrones, pesados, insufribles, alzados, creídos, presumidos o simples hijos de la chingada.
No todos son iguales. Años de observación callejera me permiten afirmar que existen variedades perfectamente identificables, aunque ninguna universidad seria haya querido financiar todavía esta investigación.
Está primero el Mamón de Restaurante, que jamás pide comida: supervisa una operación. Pregunta procedencias, exige modificaciones y recibe el plato con la expresión de un inspector sanitario.
—¿Esto es término medio?
No quiere saberlo. Quiere que el mesero comprenda que está atendiendo a un hombre capaz de distinguir perfectamente un término medio de otro.
Existe también el Mamón Automotriz, fácilmente reconocible porque considera que comprar determinado vehículo incluyó escriturar aproximadamente cuatro metros de calle alrededor de su carro.
Se estaciona en doble fila, enciende las intermitentes y desaparece. Las intermitentes poseen para esta especie propiedades jurídicas: convierten cualquier pendejada vial en un derecho constitucional.
Tenemos después al Mamón Profesional, probablemente uno de los ejemplares más abundantes. No tiene trabajo sino “proyectos”; tampoco conocidos sino “contactos”, y nunca está ocupado: está “cerrando cosas”.
Preguntarle cómo está constituye un error. Quince minutos después sabemos cuánto factura, con quién desayunó, qué empresario le llamó y por qué rechazó una oportunidad extraordinaria.
El Mamón Cultural merece clasificación aparte. No escucha música: conoce música. No ve películas: descubre cinematografías. Si mencionas una banda, inevitablemente la escuchaba antes de que se hiciera famosa.
También posee la extraordinaria capacidad de arruinarte cualquier placer. Si dices que te gustó una película, explicará por qué realmente te gustó porque no has visto suficiente cine.
Luego está la Mamona Social, cuyo territorio natural son fiestas y reuniones. Puede escanear zapatos, reloj, vestido y código postal antes de decidir cuánto entusiasmo merece tu saludo.
—¡Holaaaa!
Si eres importante, la última “a” puede prolongarse varios segundos. Si no lo eres, recibes un movimiento de cabeza semejante al empleado para reconocer al valet parking.
No olvidemos al Mamón Tecnológico. Cada aparato que compra constituye una decisión moral. No eligió teléfono: eligió correctamente. Los demás simplemente aún no hemos comprendido.
Después aparece el más peligroso: el Mamón de Ventanilla. Tiene frente a sí algo que necesitas y ha descubierto que puede entregártelo hoy o complicarte la existencia.
—Le falta una copia.
—Aquí está.
—Pero ampliada.
Ese hombre no trabaja detrás de un escritorio. Gobierna un pequeño principado de metro veinte donde posee sello, engrapadora y poder absoluto.
Para tratar con cualquiera de estas variedades recomiendo desarrollar la serenidad de un monje tibetano. Respirar profundamente ayuda, especialmente cuando uno comienza a imaginar delitos.
Porque existe una posibilidad incómoda: detrás de mucha mamonería suele esconderse algo bastante menos impresionante que superioridad. Inseguridad, frustración, miedo, necesidad de reconocimiento o simple terror a parecer insignificante.
Presumimos precisamente aquello cuya posesión necesitamos confirmar. El verdaderamente poderoso rara vez necesita recordarle al mesero su poder; el inteligente tampoco suele presentar certificados antes de cada conversación.
Tal vez por eso algunos construyen una pequeña tarima imaginaria desde la cual hablan con los demás. Necesitan subir ellos para sentir que nosotros quedamos abajo.
Entenderlo ayuda.
No demasiado.
Tampoco hay que convertir cada encuentro con un imbécil en seminario de psicología humanista. Uno puede comprender las heridas emocionales de alguien y simultáneamente desear que se vaya.
Pero existe una última variedad que olvidé mencionar y probablemente sea la más numerosa: el Mamón Intermitente. Ése que aparece ocasionalmente dentro de personas perfectamente normales.
Yo, por ejemplo, he corregido pronunciaciones que nadie me pidió corregir. He hablado de libros únicamente para demostrar que los había leído y alguna vez expliqué cómo preparar café.
Seguramente también he mirado con desprecio una canción, un restaurante o una película que hacía feliz a alguien sin que mi opinión fuera remotamente necesaria.
Entonces comprendí la principal conclusión de esta investigación: la mamonería no es siempre una personalidad. A veces es apenas un mecanismo desesperado para sentirnos un poquito mejores.
Por eso ahora intento ser paciente cuando encuentro alguno.
Respiro.
Observo.
Recuerdo al monje tibetano.
Pienso que quizá está frustrado, inseguro o atravesando una época difícil y necesita comportarse así para soportar su propia existencia.
Funciona bastante bien.
Aunque debo admitir que algunas veces, después de comprender perfectamente sus circunstancias emocionales, termino llegando exactamente al mismo diagnóstico científico:
Pinche mamón.
