Los lunes despierto con una sensación difícil de explicar. No estoy enfermo, no tengo cruda y dormí razonablemente bien, pero siento que alguien me golpeó mientras dormía.
Suena la alarma. La apago. Vuelve a sonar. La apago nuevamente. A la tercera comienza una negociación entre dos personas que viven dentro de mi cabeza.
—Cinco minutos.
No sé quién se los pide a quién, pero ambos aceptan. Los cinco minutos son la unidad monetaria oficial del lunes: nunca alcanzan para nada.
Finalmente me levanto y comienza el procedimiento para reincorporarme a la especie humana: baño, café, dientes, desodorante y localizar dos calcetines pertenecientes aproximadamente a la misma familia.
Uno puede salir a la calle creyendo que su tragedia es personal hasta descubrir que toda la ciudad parece padecer exactamente la misma enfermedad y guardar silencio al respecto.
En el Metro nadie habla. En el tráfico nadie canta. Hasta el señor de los tamales anuncia el oaxaqueño con menos convicción que el miércoles.
Entonces aparece una pregunta que la ciencia, ocupada inútilmente en asuntos como el origen del universo, todavía no ha tenido la decencia de responder satisfactoriamente.
¿Quién decidió que después de dos días dedicados a comer, beber, dormir, discutir y posponer pendientes, el organismo humano está preparado para producir el lunes a las ocho?
Los romanos relacionaron los días con astros y divinidades; distintas tradiciones reservaron jornadas para descansar, y después llegó la modernidad para inventarnos algo llamado junta de resultados.
Millones de años de evolución produjeron finalmente al Homo sapiens, una criatura capaz de desarrollar lenguaje, matemáticas y vacunas, pero incapaz de entender un Excel el lunes temprano.
Sin embargo, después de años de investigación empírica realizada principalmente desde mi cama, he descubierto algo que modifica por completo nuestro conocimiento sobre este fenómeno: el lunes no empieza el lunes.
El lunes comienza el domingo aproximadamente a las seis de la tarde, cuando uno está perfectamente tranquilo y aparece en la cabeza una pequeña frase: “Mañana es lunes”.
Se acabó el domingo. Todavía quedan varias horas, pero ya fueron expropiadas. Pertenecen administrativamente al lunes y no existe tribunal ante el cual podamos recuperarlas.
El domingo por la noche posee además una característica psicológica extraordinaria: permite arrepentirse simultáneamente de todo lo que hicimos durante el fin de semana y de todo lo que dejamos pendiente.
Gasté demasiado, comí demasiado, no hice ejercicio, no lavé, no fui al súper, no contesté aquel correo y tampoco llamé a quien llevaba días prometiendo llamar.
Entonces pronunciamos una de las frases más importantes para la supervivencia emocional de nuestra civilización: “Mañana empiezo”. Porque el lunes es también la patria universal de las promesas.
El lunes hago dieta, corro, ahorro, dejo de fumar, ordeno mis papeles, leo aquel libro, tomo menos y me convierto finalmente en la persona que llevo años posponiendo.
Nadie dice: “El jueves voy a convertirme en un mejor ser humano”. El jueves uno ya sabe perfectamente quién es y procura llegar vivo al viernes.
Por eso propongo una reforma laboral que seguramente provocará la oposición de empresarios, economistas y algunas personas desagradables que aseguran levantarse felices todos los días a las cinco.
No pretendo eliminar los lunes. Comprendo que sería una medida populista, irresponsable y probablemente inflacionaria. Mi propuesta es bastante más sensata: que los lunes comiencen a las dos de la tarde.
De nueve a dos existiría un periodo obligatorio de readaptación a la especie: café, chilaquiles, revisar mensajes, preguntar “¿cómo estuvo tu fin?” y mirar fijamente la computadora.
También estaría permitido abrir documentos, acomodar papeles y caminar por la oficina cargando una carpeta con expresión preocupada, antigua técnica laboral que produce excelentes resultados sin realizar trabajo alguno.
A las dos de la tarde alguien anunciaría oficialmente el comienzo de actividades. Para entonces habríamos tomado café, recuperado el lenguaje y aceptado que el fin de semana efectivamente terminó.
—Buenos días.
—Buenos días.
—¿Listos para empezar la semana?
—Listos.
No eliminaríamos el lunes. Tampoco hay que ponerse radicales. Simplemente le quitaríamos la mañana y se la devolveríamos al domingo, que es a quien legítimamente pertenece.
Porque si desde las seis de la tarde del domingo el lunes ya está chingándonos, me parece perfectamente razonable que alguien comience, por lo menos, a cobrarle horas extras.
