Entro al elevador con prisa, aprieto el nueve y después el botón para cerrar las puertas. No sucede nada. Lo vuelvo a apretar, ahora con autoridad.
Nada. Entonces hago lo que cualquier ser humano razonable haría ante una máquina que acaba de ignorarlo: aprieto el mismo botón cuatro veces más.
Nunca he entendido esta conducta. Sabemos perfectamente que los botones no acumulan órdenes, pero insistimos como si al quinto intento la máquina pensara: “Este cabrón sí trae prisa”.
Lo hacemos también con el control remoto, el mouse, el timbre de una casa y algunos semáforos peatonales. Si la tecnología no responde inmediatamente, hay que insistir.
“Pícale otra vez” debería aparecer en nuestro escudo nacional. Resume una antiquísima confianza mexicana en que cualquier problema tecnológico puede resolverse mediante insistencia, golpes moderados o desconectando algo.
Las puertas siguen abiertas cuando descubro, al fondo del pasillo, a un hombre caminando rápidamente hacia mí. Entonces aparece uno de los grandes dilemas morales de nuestro tiempo.
Podría mantener abierta la puerta. Bastaría colocar una mano sobre el sensor. Serían quizás ocho segundos de mi existencia entregados generosamente a otro miembro de nuestra especie.
También puedo apretar cerrar.
Lo aprieto.
Perdóname, hermano. Llegaste tarde a mi solidaridad.
Las puertas comienzan a juntarse con una lentitud desesperante. El hombre acelera. Yo miro hacia el tablero fingiendo enorme interés por la iluminación del número nueve.
Entonces el elevador decide traicionarme. Las puertas se detienen, vuelven a abrirse y mi prójimo entra respirando ligeramente agitado. Me mira y sonríe con gratitud.
—Gracias.
—No, hombre. De nada.
Y sonrío.
Ésta probablemente sea una de las formas más refinadas de hipocresía contemporánea: aceptar agradecimiento por una buena acción que uno hizo todo lo posible por impedir.
Subimos. Él marca el siete. Yo voy al nueve. En el tercero las puertas vuelven a abrirse y aparece una señora que formula la pregunta reglamentaria.
—¿Sube?
Siempre he querido contestar:
No, señora. Estamos ensayando.
Pero respondo que sí, porque la convivencia social depende principalmente de que uno no diga en voz alta todas las estupideces que piensa.
La señora entra y me pide marcarle el seis. Está aproximadamente a treinta centímetros del tablero, pero obedezco. En los elevadores aceptamos órdenes de desconocidos con sorprendente naturalidad.
—El seis, por favor.
—Claro.
Nadie preguntaría en la calle: “Señor, ¿podría tocarme ese poste?”. Pero dentro de una caja metálica vertical hemos desarrollado reglas propias de cooperación humana.
También existen silencios particulares. Cinco desconocidos pueden viajar juntos durante nueve pisos observando fijamente números luminosos, como si el cuatro pudiera hacer algo extraordinario al convertirse en cinco.
Mirar a los demás parece invasivo. Mirar el teléfono es aceptable. Mirarse en el espejo resulta sospechosamente vanidoso. Por eso contemplamos números con una concentración de controlador aéreo.
La señora baja en el seis. Mi antiguo enemigo del pasillo sale en el siete. Finalmente llego al nueve y abandono aquella pequeña sociedad vertical sin despedirme.
Camino hacia mi destino cuando escucho detrás de mí una voz. Volteo. Es el hombre al que intenté abandonar abajo, corriendo nuevamente por el pasillo.
—¡Señor!
Levanta mi teléfono.
Me palpo los bolsillos.
Mierda.
Lo había dejado sobre la pequeña barandilla del elevador. El hombre bajó en el siete, descubrió mi celular y subió dos pisos para buscarme.
—Muchas gracias.
—No, hombre. De nada.
Ahora la frase me corresponde a mí y tiene un sabor ligeramente desagradable, porque acabo de recibir una lección moral impartida por alguien a quien abandoné treinta segundos antes.
Desde entonces he decidido cambiar. Cuando entro a un elevador y veo acercarse a alguien, sostengo la puerta. Incluso sonrío mientras espero que llegue.
He comprendido que ocho segundos no significan nada y que la civilización probablemente dependa de esos pequeños gestos que hacemos cuando nadie importante nos está mirando.
Ayer precisamente vi venir a un señor desde el fondo del estacionamiento. Coloqué la mano junto al botón y pensé seriamente en todo lo que había aprendido.
Estaba bastante lejos.
Piqué cerrar.
Tampoco exageremos.
