Una investigación sobre paraguas traicioneros, calcetines mojados, automovilistas criminales y la extraña costumbre de los mexicanos de creer que podemos negociar con las nubes.
Hay personas que aseguran amar los días lluviosos. Generalmente son individuos que contemplan la tormenta desde una ventana, con café caliente, pantuflas y ninguna obligación de salir.
Yo también amo la lluvia en esas condiciones. El problema comienza cuando tengo que cruzar la ciudad y descubro que las nubes decidieron organizar una manifestación sobre mi cabeza.
Todo empieza con una mentira meteorológica. Miro por la ventana, veo algunas nubes y concluyo que no va a llover. No tengo absolutamente ninguna preparación científica para afirmarlo.
Pero lo afirmo. Porque los mexicanos poseemos una extraordinaria confianza en nuestra capacidad para interpretar el cielo, aunque llevemos toda la vida equivocándonos exactamente de la misma manera.
Salgo sin paraguas. A las tres cuadras comienza una llovizna discreta, casi elegante. Me convenzo de que pasará pronto. Incluso acelero ligeramente el paso, como medida preventiva.
Cinco minutos después estoy refugiado bajo el toldo de una farmacia junto a siete desconocidos que también creyeron saber más de meteorología que los servicios meteorológicos.
Entonces aparece el primer gran misterio de la lluvia urbana: ¿por qué todos miramos hacia arriba? Sabemos perfectamente de dónde viene el agua. No necesitamos confirmar su procedencia.
Sin embargo, levantamos la cabeza, observamos las nubes y hacemos comentarios de extraordinaria profundidad científica: «Está fuerte», «ya se soltó» o «parece que va para largo».
A mi lado, un señor anuncia que la lluvia durará toda la tarde. Lo dice con la seguridad de quien acaba de recibir un mensaje privado de Tláloc.
Lo observo con respeto. Seguramente estudió ciencias atmosféricas en alguna universidad prestigiosa. O quizá simplemente tiene una rodilla que le duele cuando cambia la presión atmosférica.
Decido continuar. Cometo entonces uno de los errores más graves de la movilidad peatonal: creer que un charco pequeño también es poco profundo. Introduzco el zapato con confianza.
El agua me llega hasta el tobillo. Siento cómo el calcetín absorbe el líquido y comprendo que mi pie acaba de convertirse en una instalación hidráulica clandestina.
Hay pocas desgracias tan persistentes como un calcetín mojado. No duele, no mata y probablemente no constituye una emergencia médica, pero consigue arruinarte la existencia durante horas.
Camino haciendo un ruido desagradable dentro del zapato. Cada paso produce un pequeño aplauso acuático. Mi pie parece estar celebrando algo que el resto de mi cuerpo desconoce.
Entonces pasa un automóvil junto a la banqueta. Veo el charco, calculo la trayectoria y comprendo demasiado tarde que estoy frente a un atentado perfectamente evitable.
El conductor acelera. Una ola de agua color chocolate me golpea desde la rodilla hasta la cintura. Durante dos segundos experimento la sensación de haber sido bautizado por un camión cisterna.
Mi pensamiento inmediato no pertenece precisamente a las enseñanzas de Buda: ¡Chinga tu madre, hijo de la chingada! ¡Ojalá se te moje hasta el acta de nacimiento!
El automóvil desaparece. Yo permanezco inmóvil, contemplando mis pantalones. La lluvia continúa cayendo con esa indiferencia característica de los fenómenos naturales y de algunas instituciones públicas.
Busco refugio nuevamente. Ahora comparto espacio con una señora que sostiene un paraguas gigantesco. Es tan grande que podría utilizarse para inaugurar un pequeño circo.
Los paraguas merecen un estudio aparte. Son objetos diseñados para protegernos del agua que, bajo determinadas condiciones, se convierten en armas blancas contra los ojos de los peatones.
La señora gira inesperadamente y una varilla pasa a centímetros de mi córnea. Sonrío educadamente. Por dentro estoy solicitando la intervención inmediata de la Convención de Ginebra.
También existen los paraguas que se voltean con el viento. Sus propietarios caminan sosteniendo una especie de antena parabólica mientras intentan recuperar desesperadamente la dignidad perdida.
Y están los paraguas pequeños, esos instrumentos optimistas que mantienen seca la cabeza mientras permiten que el resto del cuerpo participe libremente en el ciclo natural del agua.
Pero la lluvia también posee una dimensión social fascinante. Bajo un toldo desaparecen temporalmente algunas diferencias. El ejecutivo, el repartidor y la señora del mandado comparten territorio.
Todos miramos la calle. Todos calculamos distancias. Todos esperamos que alguien se atreva primero a abandonar el refugio, como si estuviéramos presenciando una operación militar.
Un muchacho finalmente corre. Lo observamos atravesar la tormenta con la admiración reservada para los exploradores polares. Llega al otro lado y todos recuperamos momentáneamente la esperanza.
Entonces comprendo que la lluvia no solamente moja. También revela nuestra absurda necesidad de controlar aquello que no depende de nosotros. Queremos que el cielo respete nuestra agenda.
Nos indignamos porque llueve cuando salimos, porque deja de llover cuando llegamos y porque vuelve a llover exactamente cuando decidimos guardar el paraguas que finalmente compramos.
La naturaleza lleva millones de años funcionando sin consultarnos, pero nosotros seguimos convencidos de que una tormenta constituye una falta de consideración hacia nuestros compromisos personales.
Finalmente escampa. Salgo de mi refugio convertido en una combinación de náufrago, trapeador y ciudadano indignado. El sol comienza a aparecer entre las nubes con descarada inocencia.
Llego a casa. Me quito los zapatos, exprimo los calcetines y preparo café. Desde la ventana observo cómo vuelve a llover sobre los árboles y las banquetas.
Qué bonito, pienso. La lluvia tiene algo profundamente poético. El sonido de las gotas, el olor de la tierra mojada, esa melancolía que invita a quedarse leyendo.
Incluso considero escribir una reflexión sobre nuestra relación espiritual con el agua. Quizá mencionar a Tláloc, la purificación o alguna enseñanza oriental sobre aceptar lo inevitable.
Entonces recuerdo al automovilista, el charco, el calcetín y la señora que estuvo a punto de sacarme un ojo con su paraguas de uso militar.
Y descubro la verdadera conclusión de esta investigación: la lluvia es maravillosa, profundamente romántica y hasta necesaria para la supervivencia de nuestra especie, siempre que exista una condición.
Que el pendejo que se moje sea otro.
