Para los Robertos
El punk no ha muerto, usa tejana.
Y carga un acordeón. No necesita cresta de colores, botas militares ni escupirle al público. Le basta entrar a una oficina de la radio pública estadounidense, acomodarse detrás de un escritorio y cantar lo que millones de personas tienen miedo de decir en voz alta. Los Tigres del Norte fueron al Tiny Desk de NPR a hacer algo más peligroso que dar un concierto: recordarle al poder que sus perseguidos también son América.
Antes de la primera nota, Félix Contreras, productor de NPR y conductor de Alt.Latino, apenas pudo contener las lágrimas. «Nuestra comunidad está bajo ataque», dijo. No era la introducción amable de un festival multicultural. Era el parte de guerra de quienes han visto cómo una familia puede convertirse en objetivo de una redada. Luego vino la frase que partió el aire: «Estos caballeros nos han devuelto nuestra humanidad».
Humanidad, palabra en desuso.
Hay que detenerse en esa palabra: humanidad. Porque la maquinaria antimigrante de Donald Trump no sólo persigue cuerpos. También fabrica caricaturas: el extranjero como amenaza, el trabajador como intruso, el vecino como sospechoso. Primero se despoja a alguien de su historia; después resulta más fácil pedir que lo saquen de la calle, de la fábrica, de la escuela y hasta de su propia casa.
Entonces Jorge Hernández soltó un golpe. No fue un insulto ni una consigna improvisada. Fue «Somos más americanos», canción que lleva un cuarto de siglo desobedeciendo el mapa mental de los nacionalistas. En Washington, a unos pasos simbólicos del centro del poder, aquella pieza sonó como una granada de memoria arrojada al jardín pulcramente recortado de la supremacía blanca.
Lo que hicieron fue en la radio pública y en la capital del País.
La provocación es extraordinaria por su elegancia. Los Tigres no se disfrazaron de guerrilleros, no usaron guayaberas bordadas ni fingieron radicalismo de escaparate. Fueron con sus sombreros, su oficio, sus arrugas y sus instrumentos. Y dejaron caer una idea insoportable para el racista: América no es propiedad privada de quien tiene pasaporte estadounidense, ni comenzó a existir cuando alguien decidió dibujar una raya sobre territorios habitados desde mucho antes.
Y allí estaba el bajo de Hernán Hernández, cubierto de banderas latinoamericanas, con la estadounidense entre ellas. Una rebelión visual contra el absurdo de creer que las identidades se cancelan unas a otras. No era decoración folclórica para una postal del Mes de la Herencia Hispana. Era una declaración de convivencia: cabemos todos, aunque al supremacista le provoque urticaria.
Trump y sus agentes de ICE pueden multiplicar las redadas, sembrar miedo y celebrar cada deportación como trofeo electoral. Cegados por la deshonra lo que no pueden hacer es borrar la mano migrante que cosecha, construye, cocina, limpia, cuida, investiga y sostiene ciudades enteras. La economía estadounidense se beneficia de esa fuerza mientras una parte de su política la presenta como si fuera una infección.
También convendría pasarles el video a los políticos mexicanos que se envuelven en la bandera para representar una soberanía de utilería. Los que pronuncian «nuestros paisanos» con la misma facilidad con que olvidan sus derechos, sus familias y sus tragedias. Los Tigres, sin embajada ni atril, defendieron mejor la dignidad de esa comunidad que muchas ceremonias oficiales repletas de discursos huecos. No necesitaron echar mano de un líder sectario o de principios partidistas pisoteados hace más de un siglo.
Y a la izquierda enamorada de su propia pose le dejaron otra lección. La rebeldía no se mide por la cantidad de consignas, sino por la capacidad de incomodar al poder sin convertir al pueblo en accesorio. Estos músicos no descubrieron ayer al migrante para subirse a una tendencia: llevan décadas recogiendo sus penas, trabajos, ausencias y esperanzas.
Eso fue lo verdaderamente punk del Tiny Desk: cinco décadas de historias entrando sin pedir permiso al salón donde se administra el prestigio cultural. Ningún aspaviento. Ninguna pose de mártir. Nada de que con el pueblo o sin el pueblo. Sólo el acto feroz de cantar desde el lugar del señalado, del vigilado, del que trabaja con la incertidumbre metida en el bolsillo.
Los Tigres no fueron a pedirle a Trump que tuviera buen corazón. Fueron a recordarle que su proyecto de país está construido sobre una mentira: que no e puede expulsar al migrante sin arrancarle también una parte esencial a Estados Unidos. Y lo hicieron con una cortesía devastadora, de esas que duelen más porque no necesitan gritar.
El punk no ha muerto. En Washington se acomodó la tejana, afinó el acordeón para devolver humanidad a la humanidad.
