Gerardo Fernández Noroña. Redes
Lilly Téllez lleva años buscando cómo sacar de sus casillas a Fernández Noroña. Le ha dicho bellaco, Changoleón, cobarde; le ha llevado Kleenex, una corona, una capa y hasta un cetro. Tanto esfuerzo quizá era innecesario: para poner contra las cuerdas al senador basta con enfrentar al Noroña de ahora con el Noroña de antes.
Hay peleas que se ganan por nocaut, otras por decisión dividida y algunas porque el adversario, después de lanzar golpes durante años, termina conectándose uno solo en la mandíbula.
En esta última categoría compite Gerardo Fernández Noroña.
Su pleito con Lilly Téllez ya merece archivo propio en el Senado. No es una diferencia política sino una franquicia. Tiene temporadas, personajes recurrentes, utilería y un público que conoce perfectamente el argumento: Téllez provoca, Noroña se indigna; Téllez vuelve a provocar, Noroña exige respeto; y ambos terminan demostrando que la Cámara Alta también puede trabajar a ras de suelo.
La senadora panista ha desarrollado incluso cierta producción escénica. En septiembre de 2024 llegó con una caja de Kleenex para atender la, según ella, “piel delgadita” de Noroña, después de que éste denunciara una agresión sufrida en el aeropuerto. Meses después mejoró el presupuesto: llevó al Senado una capa, una corona y un cetro para el presidente de la Mesa Directiva, a quien llamó “reyezuelo”.

No consta que el guardarropa del Senado contemple esos accesorios.
Noroña tampoco ha desperdiciado las funciones. Ha pedido que Téllez guarde silencio, le ha exigido respeto, ha respondido a sus interrupciones y en agosto de 2025, cuando ella reclamaba por Adán Augusto López y Nicolás Maduro, terminó gritándole: “Sea decente por una vez en su vida y sepa discutir”. Téllez contestó llamándolo cobarde y Changoleón.
Nada extraordinario tratándose de ellos.
El problema para Noroña comienza cuando uno aparta a Lilly Téllez del cuadrilátero.
Porque entonces aparece otro contrincante.
Uno bastante más incómodo: Gerardo Fernández Noroña.
No el de ahora. El otro.
El Noroña que durante años hizo de la denuncia de los privilegios del poder una parte fundamental de su personaje político. El legislador de oposición que en 2009 acusaba a sus compañeros de vivir del pueblo mientras lo traicionaban y les reclamaba seguros privados y “supersueldos”. El político que construyó buena parte de su prestigio entre simpatizantes precisamente en la idea de que él no pertenecía a aquella clase privilegiada que denunciaba.
Aquel Noroña era magnífico peleador contra este Noroña.
Y Lilly Téllez lo descubrió.
En mayo de 2025 lo encaró por su viaje a Estrasburgo, Francia, y por el uso de una categoría superior a la turista. El asunto era particularmente incómodo porque para entonces los viajes de Noroña en mejores asientos ya habían producido polémicas: en septiembre de 2023 se reportó que viajó en primera clase a Chiapas mientras Claudia Sheinbaum y Mario Delgado iban en turista.
La austeridad comenzaba a tener categorías de abordaje.
Pero Noroña había encontrado una solución conceptual: una cosa era la austeridad pública y otra lo que él hiciera con su propio dinero. Ya había defendido también su derecho a tener una camioneta Volvo y a consumir donde quisiera. “Lo que yo haga con mi dinero es mi bronca”, había explicado.
El argumento es perfectamente defendible para cualquier ciudadano.
El inconveniente es haber pasado tantos años siendo Gerardo Fernández Noroña.
Porque un político puede cambiar de automóvil, de asiento en el avión y hasta de opinión. Lo difícil es conseguir que las hemerotecas también cambien.
Después vino la casa de Tepoztlán.
En 2025 se conoció que Noroña había declarado una propiedad con valor de 12 millones de pesos, adquirida mediante crédito. Ante los cuestionamientos, meses después pronunció una frase extraordinaria para quien alguna vez convirtió la austeridad en garrote contra los privilegiados: “No tengo obligación de ser austero”.
Campana.
No hacía falta Lilly.
Ese es el verdadero problema del senador cada vez que ambos se encuentran en el Pleno. Téllez puede excederse, interrumpir, gritar y repartir apodos con la generosidad de quien tiene una bodega llena. Puede convertir una sesión parlamentaria en programa de variedades y presentarse con un megáfono, como ocurrió en junio de 2025, episodio que terminó con otras legisladoras intentando silenciar el aparato y Noroña anunciando que promovería un juicio político en su contra.
Pero debajo del ruido queda una pregunta mucho más sencilla.
¿Qué pasó con aquel hombre que desconfiaba de los privilegios del poder?
Porque el cambio más interesante de Noroña quizá no sea económico sino escénico. Antes estaba abajo de la tribuna increpando al poderoso. Después llegó a presidir el Senado y desde ahí comenzó a exigir orden, respeto a la investidura y consideración hacia la institución.
En septiembre de 2024, después del altercado que sufrió en una sala VIP del aeropuerto, Téllez cuestionó precisamente que un conflicto personal del senador pudiera convertirse en un asunto institucional y reclamó el uso de recursos jurídicos del Senado en el caso.
La escena contenía una ironía difícil de fabricar.
El antiguo provocador convertido en autoridad pedía respeto.
El hombre que hizo carrera incomodando al poder descubría, finalmente, lo incómodo que resulta ser incomodado cuando uno ya está sentado en él.
Por eso Lilly Téllez tiene una ventaja peculiar en este pleito. No necesita demostrar que ella representa una política más sobria, prudente o civilizada. Sería una empresa complicada. Le basta con poner enfrente del Noroña presidente del Senado algunas palabras pronunciadas por el Noroña opositor.
Y esperar.
Uno reclama privilegios.
El otro explica los suyos.
Uno desafía al poder.
El otro exige respeto.
Uno denuncia a quienes viven demasiado bien siendo servidores públicos.
El otro precisa que con su dinero puede hacer lo que quiera.
Lilly Téllez puede seguir llevando Kleenex, coronas, capas, cetros y, si el presupuesto lo permite, probablemente un carruaje.
Es prescindible.
Porque después de varios rounds queda claro que el adversario que mejor conoce los puntos débiles de Gerardo Fernández Noroña lleva décadas siguiéndolo a todas partes.
Se llama Gerardo Fernández Noroña.
