La SEP ha definido que los alumnos de primaria y secundaria no podrán utilizar celulares y tabletas en la jornada escolar
México restringirá desde el 3 de noviembre los celulares y tabletas durante la jornada escolar en primarias y secundarias. La evidencia internacional permite anticipar algo: probablemente habrá menos distracciones. Conseguir mejores alumnos, mejores clases y mejores resultados será bastante más complicado.
El teléfono puede desaparecer del pupitre en unos segundos. Basta apagarlo, meterlo en una mochila, encerrarlo en una caja o entregarlo al entrar. Lo difícil comienza después: demostrar que su ausencia produjo una escuela mejor.
México intentará averiguarlo desde el 3 de noviembre. Los responsables educativos de las 32 entidades aprobaron por unanimidad restringir celulares y tabletas durante la jornada escolar en primarias y secundarias. Habrá excepciones justificadas, entre ellas discapacidad o determinadas condiciones clínicas.
La decisión llega después de una consulta de la Secretaría de Educación Pública respondida por 565 mil 396 docentes. El 81% se manifestó favorable a contar con lineamientos para garantizar un uso seguro y pedagógico de las tecnologías.
Pero las respuestas cuentan algo más interesante que el porcentaje favorable. En la presentación de resultados, el secretario Mario Delgado informó que 48% de quienes contestaron dijo que el celular “dificulta mantener la atención”; 38%, que interrumpe actividades escolares.
Otro 34% observó abandono de espacios de convivencia y 38.7% advirtió que conflictos originados en redes sociales terminan trasladándose al aula o a la escuela.
Es prácticamente una lista de problemas que la nueva política tendrá que enfrentar. Y permite formular una pregunta bastante más exigente que estar a favor o en contra de los teléfonos:
¿Qué arregla realmente una escuela sin celulares?
Lo primero que arregla es bastante obvio
PISA 2025 permite mirar cómo se comportaba México antes de extender la restricción. Apenas 27% de los estudiantes mexicanos de 15 años asistía a escuelas donde el celular no estaba permitido dentro del plantel.
Los alumnos mexicanos reportaron utilizar dispositivos digitales dentro de la escuela durante 1.5 horas diarias para aprender. También dijeron dedicar otras 1.2 horas, en promedio, a actividades de ocio.
El problema aparece cuando una pantalla compite con quien está dando clase. El 37% dijo que sus compañeros se distraían frecuentemente con dispositivos durante la mayoría o todas las clases de ciencias. El promedio de la OCDE fue 28%.
Entonces aparece uno de los datos más importantes para la decisión mexicana: quienes estudiaban en escuelas donde no se permitían celulares eran aproximadamente 25% menos propensos a reportar distracción digital.
Hay que detenerse ahí.
No significa que aprendieran 25% más. Tampoco que obtuvieran calificaciones 25% mejores. Significa exactamente lo que dice: reportaban distracción digital con menor frecuencia.
La primera conclusión es modesta, pero bastante sólida: quitar el teléfono parece ayudar a quitar la distracción provocada por el teléfono.
El salto que todavía falta demostrar
La tentación siguiente consiste en completar una ecuación: menos celular, menos distracción; menos distracción, mayor concentración; mayor concentración, mejores calificaciones.
La evidencia no permite recorrer tan fácilmente toda esa escalera.
PISA 2025 encontró que las restricciones de celulares se han expandido considerablemente. En 2022, 34% de los estudiantes de la OCDE estaba en escuelas donde no se permitían; en 2025 eran prácticamente la mitad.
Pero el mismo informe advierte que las relaciones observadas entre políticas digitales, distracción y rendimiento no deben interpretarse automáticamente como relaciones de causa y efecto.
México ofrece incluso una advertencia interesante. Aunque 37% de sus estudiantes reportó distracción digital frecuente en ciencias, PISA señala que el país está entre aquellos donde esa distracción no presenta una diferencia estadísticamente significativa en desempeño.
No quiere decir que distraerse sea inocuo. Quiere decir algo periodísticamente más incómodo: una pantalla menos no produce automáticamente conocimiento adicional.
Países Bajos encontró alumnos más atentos
Países Bajos retiró desde enero de 2024 celulares, tabletas y relojes inteligentes de las aulas de secundaria, salvo cuando fueran necesarios pedagógicamente, por razones médicas o discapacidad.
Meses después, el Ministerio de Educación neerlandés preguntó a profesores y directivos de casi 600 secundarias qué había ocurrido.
Reportaron estudiantes más concentrados y mayor interacción entre ellos. El gobierno resumió el resultado diciendo que los alumnos estaban “más sociales y concentrados”.
Es una evidencia favorable, pero debemos llamarla por su nombre: se trata fundamentalmente de lo que profesores y directivos observaron y reportaron, no de un experimento que permita atribuir cada cambio exclusivamente al teléfono ausente.
La diferencia importa porque México podría encontrarse pronto con algo parecido: maestros convencidos de que el salón funciona mejor sin celulares mientras las evaluaciones académicas tardan mucho más en mostrar si aprendieron mejor.
Nueva Zelanda descubrió otro problema: obedecer
Desde 2024, las escuelas públicas neozelandesas deben aplicar Phones Away for the Day. Su Education Review Office evaluó posteriormente la política y encontró mejoras reportadas en concentración, comportamiento, aprendizaje y reducción del bullying.
Pero encontró también algo extraordinariamente útil para México.
Prácticamente todas las escuelas habían establecido reglas, pero sólo alrededor de la mitad de los estudiantes de secundaria las cumplía consistentemente.
Las diferencias comenzaban en algo tan elemental como dónde poner el aparato. Ocho de cada diez secundarias permitían que los alumnos conservaran físicamente sus teléfonos; sólo 6% los almacenaba. En primaria ocurría prácticamente lo contrario.
Una escuela puede tener una prohibición perfecta en su reglamento y conservar cientos de teléfonos encendidos detrás de cierres, dentro de bolsillos y debajo de pupitres.
Por eso una pregunta aparentemente administrativa puede determinar buena parte del resultado mexicano:
¿Dónde estará físicamente el celular?

Francia necesitó una segunda vuelta
Francia conoce bien esa diferencia. Restringió los teléfonos desde 2018 en escuelas y collèges, pero después avanzó hacia una separación física más efectiva mediante el programa Portable en pause.
Desde el ciclo 2025, cada collège debe establecer cómo mantener efectivamente apartado el teléfono. En 2026 Francia extendió el principio de una escolaridad sin celular desde preescolar hasta el lycée.
El reglamento francés contempla excepciones pedagógicas, médicas y relacionadas con discapacidad. También permite confiscación temporal ante incumplimientos, aunque el dispositivo no debe permanecer retenido más allá de la jornada.
La evolución francesa contiene una enseñanza sencilla: decidir que un teléfono no debe utilizarse y conseguir que efectivamente no pueda utilizarse son políticas distintas.
México todavía tendrá que resolver esa ingeniería cotidiana en miles de escuelas: custodia, responsabilidad, emergencias, excepciones, incumplimientos y participación de las familias.
El celular tampoco es solamente el enemigo
Hay otra razón para evitar una cruzada contra las pantallas.
PISA encuentra que el uso digital para aprender puede convivir con buenos resultados cuando es deliberado y moderado. La relación cambia cuando el uso es excesivo, recreativo o produce distracción.
El teléfono es capaz de interrumpir una clase. También puede ser cámara, calculadora, biblioteca, traductor, grabadora, lector, instrumento de accesibilidad o puerta de entrada a recursos que una escuela no posee.
Países Bajos conserva precisamente una excepción cuando el dispositivo resulta necesario para el contenido de una lección. Francia permite igualmente usos pedagógicos determinados por los establecimientos.
La discusión madura no es, entonces, pantalla contra cuaderno.
Es qué pantalla, durante cuánto tiempo y para hacer qué.
Mientras el celular sale, la inteligencia artificial entra
PISA 2025 encontró que 47% de los estudiantes mexicanos de 15 años utiliza chatbots de inteligencia artificial para aprender al menos una vez por semana.
El 40% los emplea para hacer una investigación preliminar sobre un tema; 34%, para resumir una lectura; 35%, para redactar trabajos. Sólo 8% declaró no utilizarlos nunca o casi nunca para las tareas examinadas.
La contradicción es formidable.
México intenta sacar del salón el dispositivo que simbolizó la primera digitalización de la vida adolescente mientras los estudiantes incorporan una tecnología bastante más poderosa para investigar, resumir y escribir.
La escuela mexicana no está regresando al mundo analógico. Ese mundo ya no existe.
Está entrando en una etapa mucho más complicada: tendrá que aprender a decidir qué tecnología admite, cuál restringe, cuándo, para qué y bajo qué supervisión.
Guardar el teléfono no mejora al maestro
La restricción mexicana tiene una ventaja extraordinaria: comienza con suficiente experiencia internacional para saber qué debería medirse desde el primer día.
Distracción. Atención. Incidentes disciplinarios. Convivencia. Bullying. Bienestar. Cumplimiento. Y, sobre todo, aprendizaje.
Si únicamente se cuenta cuántos teléfonos desaparecieron de los pupitres, la política podrá declararse exitosa antes de saber si cambió algo verdaderamente importante.
Un celular puede distraer a un estudiante de una clase extraordinaria.
También puede distraerlo de una clase pésima.
Quitarlo elimina una posible distracción. No vuelve extraordinaria la clase.
Por eso el verdadero examen comenzará después del 3 de noviembre. México podrá conseguir escuelas con menos teléfonos casi inmediatamente. Saber si consiguió mejores escuelas requerirá algo bastante más difícil que guardarlos.
