En el México revolucionario de 1915, una banda entraba a las casas más ricas de la capital utilizando uniformes militares y órdenes de cateo. Después ocurrió algo todavía más extraño: su verdadero fusilamiento terminó dentro de una película.
Cuando aquellos hombres llamaban a una puerta de la Ciudad de México, el propietario tenía buenas razones para abrir. Vestían uniformes militares y llevaban documentos oficiales.
Era 1915. La Revolución había convertido la autoridad en algo cambiante: ejércitos entraban y salían de la capital, gobiernos aparecían, desaparecían y volvían con nombres distintos.
En semejante confusión, distinguir entre un soldado, un policía, un revolucionario y un delincuente podía convertirse en una cuestión de intuición, suerte o supervivencia.
La llamada Banda del Automóvil Gris encontró una manera formidable de aprovechar aquella incertidumbre.
Sus integrantes llegaban principalmente a residencias de familias acomodadas y presentaban órdenes de cateo que les permitían entrar buscando supuestamente armas, contrabando o cualquier objeto considerado sospechoso.
Una vez adentro comenzaba otra operación.
Robaban.
Después desaparecían por las calles de la ciudad utilizando un automóvil Fiat gris que terminaría proporcionando a la banda el nombre con que entró en la historia.
El mejor disfraz era la autoridad
Los delincuentes no necesitaban cubrirse el rostro para entrar. Habían encontrado algo considerablemente más efectivo que un pasamontañas: la apariencia del poder.
Los uniformes militares eran reales. Las órdenes de cateo que utilizaban también podían ser oficiales, circunstancia que abrió desde entonces preguntas sobre posibles relaciones entre delincuentes y autoridades.
La investigación histórica no permite convertir todas aquellas sospechas en hechos demostrados. Sí permite entender por qué la posibilidad de protección oficial acompañó al caso prácticamente desde sus comienzos.
La ciudad se encontraba sometida a cambios constantes de control. Zapatistas y carrancistas pasaron por ella mientras la guerra alteraba instituciones, policías, prisiones y cadenas de mando.
Algunos integrantes de la banda llegaron a ser detenidos y consiguieron recuperar la libertad aprovechando precisamente el caos producido por la lucha revolucionaria.
Para una organización criminal, pocas cosas podían resultar más útiles que un Estado demasiado ocupado tratando de sobrevivir.
Finalmente los atraparon
Las fuerzas encargadas de perseguirlos terminaron capturando a integrantes del grupo bajo el mando del general Pablo González, uno de los hombres importantes del carrancismo.
Pero ni siquiera allí desaparecieron las sombras del caso.
Historiadores han señalado sospechas sobre posibles vínculos o protecciones entre personajes oficiales y los delincuentes. Cuatro acusados fueron perdonados; otros terminaron condenados a muerte.
El 20 de diciembre de 1915 llegó el fusilamiento.
Hasta aquí podría tratarse simplemente de uno entre muchos expedientes violentos producidos por una revolución que dejó cadáveres suficientes para llenar generaciones de archivos.
Entonces apareció Enrique Rosas.
Rosas era camarógrafo, realizador y hombre de noticiarios. Tenía una cámara cuando la imagen en movimiento todavía conservaba algo parecido a la magia.
Y decidió filmar la ejecución.
Los muertos terminaron interpretándose a sí mismos
Cuatro años después, Rosas dirigió El automóvil gris, una gigantesca producción del cine silente mexicano inspirada en aquellos acontecimientos criminales.
La película fue estrenada en diciembre de 1919 y originalmente estaba dividida en doce episodios proyectados a lo largo de tres jornadas.
Rosas regresó a lugares relacionados con los hechos. Incorporó personas vinculadas con el caso y reconstruyó asaltos, investigaciones, persecuciones y detenciones.
La frontera entre noticia y ficción comenzó a desaparecer.
Pero todavía faltaba lo más perturbador.
Cuando la historia cinematográfica alcanzaba el destino de algunos delincuentes, Rosas no necesitó recrear completamente su final.
Ya lo tenía filmado.
Las imágenes del fusilamiento de 1915 eran auténticas.
El espectador contemplaba una película policiaca protagonizada por actores y, de pronto, la pantalla dejaba de representar la muerte y comenzaba a mostrarla.
Los verdaderos hombres relacionados con aquella historia eran ejecutados delante de la cámara.
La Filmoteca de la UNAM considera precisamente esa mezcla de ficción y registro documental una de las características que vuelven excepcional a la película.
Una Ciudad de México todavía reconocible
El automóvil gris terminó conservando mucho más que la memoria de unos ladrones. Sus imágenes muestran calles, casonas, prisiones y rincones de una capital todavía marcada por el Porfiriato.
También preservó algo menos material.
La desconfianza.
En la película y en las interpretaciones posteriores del caso aparece persistentemente la posibilidad de que los delincuentes hubieran encontrado protección dentro de las instituciones encargadas de combatirlos.
No todas esas acusaciones pueden probarse un siglo después y sería incorrecto presentarlas como una conspiración perfectamente establecida.
Pero su existencia explica por qué el caso produjo una inquietud mucho mayor que cualquier serie ordinaria de robos.
Los delincuentes no se presentaban diciendo que estaban fuera de la ley.
Llegaban aparentando representar la ley.
Una película sobrevivió a todos
Gran parte del cine silente mexicano desapareció. Películas enteras se perdieron por deterioro, incendios, descuido o simplemente porque nadie imaginó que aquellos rollos algún día serían patrimonio.
El automóvil gris sobrevivió.
La restauración contemporánea realizada por la Cineteca Nacional intervino más de 180 mil fotogramas y recuperó escenas que habían permanecido fuera de circulación durante décadas.
Gracias a ello podemos mirar todavía aquella ciudad, aquellos uniformes y aquel automóvil que convirtió un color ordinario en sinónimo de amenaza.
La película nació cuando México todavía estaba aprendiendo qué podía hacer el cine. Enrique Rosas descubrió muy pronto una de sus posibilidades más inquietantes.
Una cámara podía inventar una persecución.
También podía conservar una muerte.
La Banda del Automóvil Gris utilizaba uniformes para que los ladrones parecieran autoridades. El cine hizo algo todavía más extraño: convirtió a delincuentes muertos en personajes que, más de un siglo después, continúan entrando a las casas cada vez que vuelve a proyectarse la película.
