En 1968, mientras México preparaba sus primeros Juegos Olímpicos, Amalia Hernández llevó la danza al encuentro internacional. Su Ballet Folklórico participó en una Olimpiada Cultural que quiso demostrar que el país también podía recibir al mundo con música, movimiento y tradiciones.
Los Juegos Olímpicos también tenían escenario
México se preparaba para recibir a miles de atletas en 1968, pero los organizadores querían que la fiesta olímpica fuera mucho más que competencias deportivas.
La Olimpiada Cultural abrió espacio a exposiciones, conciertos, teatro y danza, con actividades internacionales que comenzaron meses antes de la inauguración de los Juegos.
En ese ambiente, Amalia Hernández tenía una ventaja formidable: llevaba años convirtiendo las tradiciones mexicanas en espectáculos capaces de dialogar con públicos de otros países.
Había fundado su compañía en 1952 y desarrollado una propuesta escénica que combinaba investigación de danzas tradicionales, coreografía, vestuario y una puesta en escena ambiciosa.
Su Ballet Folklórico ya había recorrido escenarios internacionales y encontrado un público que reconocía en sus espectáculos una imagen poderosa, aunque necesariamente seleccionada, de México.
Una invitación que atravesaba fronteras
La Olimpiada Cultural de 1968 reunió expresiones artísticas de numerosos países y convirtió a la Ciudad de México en un escenario internacional antes del encuentro deportivo.
La participación del Ballet Folklórico de México formó parte de ese esfuerzo por presentar la cultura mexicana junto a manifestaciones artísticas procedentes de otras regiones.
La imagen era irresistible: mientras los atletas entrenaban para competir, los bailarines preparaban coreografías que permitían encontrarse sin necesidad de compartir una misma lengua.
Sin embargo, conviene distinguir entre el programa internacional de la Olimpiada Cultural y una producción específica atribuida a Amalia Hernández llamada Ballet de los Cinco Continentes.
Ese título aparece asociado a la propuesta editorial que estamos desarrollando, pero todavía requiere comprobarse en un programa de mano, cartel o documento contemporáneo de 1968.
La diferencia importa porque una cosa es participar en un festival internacional y otra haber creado o dirigido personalmente un espectáculo con compañías de cinco continentes.
La noche en que empezó el viaje
El 19 de enero de 1968, el Palacio de Bellas Artes recibió la inauguración de la Olimpiada Cultural, con autoridades, diplomáticos y representantes del movimiento olímpico.
El espectáculo inaugural fue precisamente el Ballet de los Cinco Continentes, dirigido por Amalia Hernández, quien había convocado a creadores de distintos países para participar.
La coreógrafa mexicana no se limitó a presentar danzas nacionales. Encargó montajes a artistas extranjeros y organizó un repertorio que cruzaba fronteras y tradiciones.
Entre los participantes figuraban Michel Cartier, de Canadá; Rosa Reyna, con una propuesta peruana; Loukia, de Grecia, y Tamara Golovanova, de la Unión Soviética.
También participaron Josefina Lavalle, vinculada con Colombia, y el estadounidense Alvin Ailey, cuya obra Revelations formó parte de aquella extraordinaria experiencia artística internacional.
El encuentro no borraba las diferencias culturales. Al contrario, permitía que cada tradición apareciera con sus propios movimientos, músicas, vestuarios y maneras de contar historias.
Un espectáculo que no terminó con las Olimpiadas
El Ballet de los Cinco Continentes y el Ballet de las Américas fueron concebidos inicialmente para la Olimpiada Cultural, pero su historia continuó después de 1968.
Las compañías y sus repertorios tuvieron nuevas presentaciones durante los años siguientes, aunque no permanecieron como espectáculos habituales del Ballet Folklórico de México.
En 2018, medio siglo después, el Palacio de Bellas Artes recuperó fragmentos de aquel repertorio utilizando vestuario y grabaciones musicales procedentes de la producción original.
Volvieron a escucharse músicas de Rusia, Nicaragua, Perú y Argentina, mientras antiguos integrantes de la compañía recibían un reconocimiento por su participación en aquella aventura.
La conmemoración permitió recuperar algo más que coreografías: recordó que México había utilizado sus escenarios para reunir artistas que difícilmente habrían coincidido en otro contexto.
La mujer que convirtió a México en anfitrión
Amalia Hernández había construido su prestigio llevando las danzas mexicanas al extranjero, pero en 1968 hizo también el recorrido contrario: invitó al mundo a bailar aquí.
Su proyecto tuvo una dimensión especialmente ambiciosa porque no consistió simplemente en reunir compañías visitantes, sino en organizar nuevas creaciones con coreógrafos de distintos países.
Aquella experiencia mostró que la danza podía funcionar como un espacio de colaboración internacional, incluso cuando sus participantes procedían de tradiciones artísticas muy diferentes.
La Olimpiada Cultural terminó, los atletas regresaron a sus países y los escenarios cambiaron de programación, pero quedó el recuerdo de aquella reunión extraordinaria.
El 19 de enero de 1968, antes de que México repartiera medallas olímpicas, Amalia Hernández ya había conseguido reunir a los cinco continentes sobre un escenario.
