La madrugada de Navidad de 1985, dos jóvenes entraron por los ductos del museo más importante del país. México buscó durante casi cuatro años un tesoro arqueológico que permanecía mucho más cerca de lo imaginado.
La Ciudad de México celebraba la Navidad cuando dos jóvenes saltaron una barda sobre Paseo de la Reforma, atravesaron un jardín y desaparecieron debajo del Museo Nacional de Antropología.
Era la madrugada del 25 de diciembre de 1985. Carlos Perches y Ramón Sardina llevaban meses observando las rutinas del recinto y estudiando las piezas que pretendían llevarse.
No pertenecían a una sofisticada organización internacional. Eran dos jóvenes de clase media, de 25 y 26 años, a punto de cometer el mayor robo arqueológico registrado en México.
Desde el jardín descendieron hacia el sótano. Allí encontraron una ruta que parecía pensada para una película de ladrones: los ductos del sistema de aire acondicionado.
Se introdujeron por ellos hasta alcanzar las salas de exhibición. Afuera había calles tranquilas, cenas familiares y regalos. Adentro comenzaban a abrirse vitrinas con siglos de historia.
Entre la una y las cuatro de la mañana sustrajeron 140 piezas, según la reconstrucción publicada por el propio Museo Nacional de Antropología, pertenecientes a las salas Maya, Oaxaca y Mexica.
Algunas no podían reemplazarse con dinero. Su importancia provenía precisamente de aquello que ningún mercado podía fabricar: antigüedad, procedencia, contexto y pertenencia al patrimonio arqueológico mexicano.
La Navidad ayudó a los ladrones
El museo ocupaba aproximadamente 15 mil metros cuadrados y los vigilantes tenían entre sus responsabilidades recorrer las instalaciones cada dos horas para comprobar que todo permaneciera en orden.
Aquella madrugada no lo hicieron.
Los guardias se concentraron en un mismo lugar para celebrar la Navidad. Durante aproximadamente tres horas, nadie advirtió que dos intrusos recorrían algunas de las salas más valiosas.
El contraste parece construido retrospectivamente, pero constituye el corazón del caso: mientras quienes debían caminar por el museo permanecían reunidos, quienes no debían estar allí caminaban libremente.
Los ladrones salieron con las piezas. No hubo una persecución nocturna, una alarma espectacular ni policías rodeando el edificio mientras los responsables intentaban escapar.
El robo fue descubierto alrededor de las ocho de la mañana, cuando llegó el cambio de guardia. Para entonces, los responsables ya estaban lejos de Paseo de la Reforma.
México despertó después.
Y comenzó a imaginar delincuentes mucho más sofisticados que los verdaderos.
El mundo comenzó a buscar
La magnitud del saqueo produjo inmediatamente una hipótesis comprensible: detrás debía encontrarse una organización internacional especializada en tráfico de arte y objetos arqueológicos.
Parecía difícil aceptar que dos aficionados hubieran vulnerado uno de los recintos culturales más importantes del país utilizando observación, paciencia y una falla elemental de vigilancia.
Las investigaciones se prolongaron. Circularon fotografías y descripciones. Se contempló la posibilidad de que las piezas hubieran abandonado México para incorporarse clandestinamente al mercado internacional.
Pero el enorme valor cultural de los objetos escondía una paradoja.
Las piezas más importantes eran también las más difíciles de vender.
Un objeto arqueológico desconocido puede cambiar de manos sin provocar inmediatamente una alarma. Una pieza fotografiada, catalogada y buscada internacionalmente lleva consigo su propia denuncia.
El botín era extraordinariamente valioso.
Y precisamente por eso podía resultar prácticamente inamovible.
Los responsables lo comprendieron muy pronto. El escándalo internacional los paralizó y decidieron esconder aquello que habían conseguido sacar del museo.
Una maleta dentro de una recámara
Perches y Sardina llevaron las piezas a la casa de los padres del primero, ubicada en Jardines de San Mateo, en el Estado de México.
Allí ocurrió la parte más difícil de creer de toda la historia.
Las piezas fueron colocadas dentro de una maleta.
La maleta terminó en el clóset de una recámara.
Allí permaneció durante aproximadamente un año, mientras policías, arqueólogos, funcionarios y autoridades mexicanas intentaban averiguar hacia qué país había escapado aquel fragmento del patrimonio nacional.
No había cruzado ninguna frontera.
Ni siquiera había abandonado el entorno metropolitano de la capital.
La escena contiene algo casi absurdo: una casa familiar guardando silenciosamente objetos que habían sobrevivido siglos antes de terminar encerrados detrás de ropa y puertas de madera.
Con el tiempo, Perches comprendió que necesitaba encontrar alguna manera de convertir el botín en dinero. Se trasladó a Acapulco y estableció relaciones con personas vinculadas al narcotráfico.
Precisamente esas relaciones terminaron proporcionando a las autoridades una pista decisiva para identificarlo y localizar las piezas.
México recuperó lo que había perdido
El 12 de junio de 1989, casi cuatro años después del robo, las portadas de los periódicos nacionales anunciaron una noticia que durante mucho tiempo había parecido improbable.
Las piezas habían aparecido.
Dos días después se realizó su entrega oficial al Instituto Nacional de Antropología e Historia. Especialistas confirmaron que eran originales y que se encontraban en buen estado.
El Museo Nacional de Antropología modificó después sus condiciones de seguridad. Llegaron sistemas de alarma, circuito cerrado de televisión y un incremento del personal encargado de proteger las colecciones.
Era la respuesta tecnológica a una vulnerabilidad que aquella Navidad había quedado expuesta de la manera más sencilla: una institución monumental también podía depender de que alguien hiciera su recorrido.
La historia suele contarse como un golpe espectacular. Vista desde otra perspectiva, también es una historia sobre el valor extraño de los objetos irrepetibles.
Los ladrones consiguieron llegar hasta ellos, sacarlos del museo y esconderlos.
Lo que nunca consiguieron resolver satisfactoriamente fue qué hacer después.
México movilizó policías, especialistas y contactos internacionales para buscar parte de su pasado por medio mundo. Durante mucho tiempo, ese pasado estuvo doblando la esquina de una recámara, dentro de una maleta guardada en un clóset.
