Un grupo consiguió sacar una importante cantidad de plata de la Real Casa de Moneda. La investigación terminó revelando algo mayor: en la Ciudad de México colonial podía resultar más sencillo localizar a un delincuente que conseguir ponerle las manos encima.
Para robar dinero existe una dificultad elemental: primero hay que descubrir dónde está. En la Ciudad de México de 1739, un grupo de hombres encontró una solución todavía mejor.
Fue directamente al lugar donde se fabricaba.
La Real Casa de Moneda de México era una pieza fundamental del engranaje económico novohispano. Por sus instalaciones circulaba plata destinada a convertirse en moneda.
El metal americano alimentaba una economía que no terminaba en las fronteras de la Nueva España. Las monedas acuñadas en México podían viajar muchísimo más lejos que sus propietarios.
Precisamente allí ocurrió un cuantioso robo de plata que produjo un expediente excepcionalmente útil para comprender cómo funcionaban delincuencia, justicia y desigualdad en aquella ciudad.
Casi tres siglos después, el historiador Felipe Castro Gutiérrez reconstruyó el caso utilizando documentación que permite mirar detrás del delito y conocer a quienes participaron en él.
La historia comienza con plata.
Termina hablando de personas.
El crimen no necesitaba un bandido legendario
Cuando pensamos en delincuentes del periodo colonial resulta tentador imaginar salteadores, prófugos profesionales o personajes acostumbrados a vivir permanentemente fuera de la ley.
El expediente de 1739 conduce hacia un paisaje bastante menos romántico.
Castro estudió antecedentes, lugares de residencia, origen, identidades y actitudes de quienes estuvieron relacionados con el robo. Encontró un grupo surgido de la plebe urbana y sus circunstancias cotidianas.
Había necesidades económicas, resentimiento frente al orden social y una relación débil con las normas que ese mismo orden pretendía imponer.
Ninguna de esas condiciones justifica el delito.
Sí ayuda a explicar por qué una persona que no había dedicado toda su vida al crimen podía cruzar, llegado cierto momento, una frontera considerable.
No todos los grandes robos necesitan grandes criminales.
A veces necesitan una oportunidad.
Y conocimiento.
Robar desde dentro
Una institución diseñada para controlar metales preciosos poseía procedimientos, empleados, espacios y rutinas. Quien conociera ese funcionamiento contaba con una ventaja extraordinaria.
La historia del delito institucional se repite con sorprendente regularidad a través de los siglos: las paredes protegen muy bien contra quien desconoce el edificio.
Resultan menos eficaces contra quien sabe cómo funciona.
El robo produjo una investigación extensa y obligó a las autoridades a seguir relaciones, movimientos y escondites en una Ciudad de México muy distinta de la nuestra.
No existían cámaras, bases de datos, fotografías de identificación ni comunicaciones instantáneas. Tampoco era necesario desaparecer demasiado lejos para complicar una pesquisa.
Una persona podía cambiar de barrio, recurrir a familiares, escapar de la jurisdicción inmediata o utilizar mecanismos de protección reconocidos por aquella sociedad.
Entre ellos había uno extraordinario.
Entrar en sagrado.
La puerta que un policía no podía atravesar
El derecho de asilo eclesiástico permitía que determinados perseguidos buscaran refugio en espacios religiosos y reclamaran una protección que limitaba la actuación inmediata de la justicia civil.
Para las autoridades aparecía una paradoja desesperante.
Podían saber dónde estaba un sospechoso.
Podían encontrarse prácticamente frente a él.
Y aun así no disponer de libertad absoluta para entrar y sacarlo.
El problema no consistía únicamente en encontrar delincuentes, sino en navegar jurisdicciones, privilegios y procedimientos de una sociedad donde Iglesia y autoridad civil ocupaban espacios diferentes y frecuentemente superpuestos.
Castro utiliza precisamente aquel robo para mostrar los logros, límites y ambigüedades de la justicia de la época.
Algunos delincuentes podían escapar.
Otros podían refugiarse.
Y un expediente podía crecer considerablemente sin que eso garantizara un desenlace limpio.
Una ciudad debajo del expediente
Ésa es quizá la razón por la cual el robo de 1739 merece sobrevivir más allá de cualquier fascinación por la cantidad de plata desaparecida.
El expediente funciona como una pequeña ventana abierta hacia la Ciudad de México del siglo XVIII.
Allí aparecen desigualdad, urgencias económicas, resentimientos, movilidad, instituciones, refugios religiosos y personas ordinarias tomando decisiones extraordinariamente peligrosas.
El crimen permite observar aquello que los grandes retratos virreinales casi nunca muestran.
No solamente virreyes, obispos, comerciantes ricos y edificios monumentales.
También quienes vivían abajo.
Gente que necesitaba trabajar, conseguir dinero, encontrar alojamiento, construir relaciones y, algunas veces, aprovechar una oportunidad aunque significara convertirse en perseguido.
La investigación histórica concluye que una combinación de resentimiento social, escaso respeto hacia el orden establecido y necesidades cotidianas podía empujar a integrantes de la plebe urbana hacia delitos ocasionales.
En aquel caso, el salto fue enorme.
Habían elegido uno de los lugares más sensibles de la economía novohispana.
Tres siglos después
La tecnología del dinero cambió hasta volverse irreconocible. También cambiaron policías, tribunales, cerraduras, edificios, comunicaciones y maneras de seguir una pista.
Hay algo, sin embargo, inquietantemente familiar.
Las instituciones continúan siendo vulnerables al conocimiento de sus propias rutinas. Los grandes delitos continúan necesitando redes humanas. Y la justicia continúa descubriendo que encontrar un responsable no siempre equivale a resolver un caso.
En 1739, la Real Casa de Moneda existía precisamente para controlar uno de los materiales más codiciados del mundo.
Allí estaba la plata.
Allí estaban los controles.
Allí estaban también las personas que podían aprender dónde fallaban.
La Casa de Moneda convertía plata en dinero. Aquel robo consiguió otra transformación: convirtió un montón de metal desaparecido en un expediente que, casi trescientos años después, todavía permite escuchar cómo respiraba la parte menos retratada de la Ciudad de México.
