En 1990, dos hombres uniformados entraron al Gardner Museum de Boston, amarraron a los vigilantes y desaparecieron con trece obras. Más de 36 años después, algunos de sus marcos continúan esperando pinturas que nunca regresaron.
A la 1:24 de la madrugada del 18 de marzo de 1990, aproximadamente, dos hombres vestidos como policías llegaron al Isabella Stewart Gardner Museum de Boston.
Tocaron el intercomunicador de la entrada de empleados y explicaron que respondían a una llamada relacionada con un disturbio ocurrido dentro del recinto.
Era una mentira extraordinariamente sencilla.
El vigilante nocturno rompió el protocolo del museo y les permitió entrar.
En cuestión de minutos, los supuestos policías habían conseguido algo que cualquier ladrón habría considerado imposible: encontrarse dentro de un edificio lleno de Rembrandts, Degas, Manet y Vermeer sin haber roto una ventana.
Después dejaron de fingir.
Ordenaron al primer guardia alejarse del escritorio y consiguieron que apareciera el segundo. Ambos fueron reducidos, esposados y llevados al sótano.
Los ladrones no mostraron armas, según la reconstrucción posterior del FBI.
Tampoco las necesitaron.
Tenían tiempo.
Ochenta y un minutos
Los hombres comenzaron a recorrer el museo mientras los dos únicos vigilantes permanecían inmovilizados debajo de ellos.
Los registros de los detectores de movimiento permitieron reconstruir posteriormente parte de sus desplazamientos. La operación duró aproximadamente 81 minutos.
No actuaron como conservadores.
Algunas pinturas fueron arrancadas o cortadas de sus marcos, un procedimiento violento que podía dañar aquello que supuestamente pretendían convertir en dinero.
En total desaparecieron trece objetos.
Entre ellos estaba The Concert, de Johannes Vermeer, uno de apenas unas tres docenas de cuadros generalmente aceptados del artista.
También desapareció Christ in the Storm on the Sea of Galilee, de Rembrandt, considerado su único paisaje marino conocido.
Los ladrones se llevaron además otro Rembrandt, una obra atribuida entonces a Rembrandt y posteriormente reconocida como Govaert Flinck, cinco piezas de Degas, Chez Tortoni de Manet, un antiguo recipiente chino y el remate de un estandarte napoleónico.
Aquella selección desconcertaría durante décadas a investigadores y especialistas.
Había obras extraordinariamente valiosas.
También objetos cuya elección parecía difícil de explicar únicamente mediante precio.
Se llevaron algo más
Antes de marcharse, los ladrones tomaron la grabación de videovigilancia correspondiente a aquella noche. No hicieron lo mismo con material de la noche anterior.
El detalle se incorporó después a una investigación que produciría innumerables teorías.
Los hombres realizaron sus movimientos finales y abandonaron el museo.
A las 2:45 de la mañana, aproximadamente, el mayor robo de arte sin resolver de la historia había terminado.
Los guardias seguían abajo.
Nadie había activado un botón de pánico.
La Policía de Boston no había recibido aviso durante el asalto.
Pasarían horas antes de que alguien comprendiera exactamente lo ocurrido.
Quinientos millones que no podían venderse normalmente
El FBI sitúa el valor conjunto de las trece obras por encima de 500 millones de dólares y considera el golpe el mayor delito contra la propiedad en la historia estadounidense.
Pero el dinero introduce una de las grandes paradojas del robo de arte.
Un cuadro desconocido puede venderse.
Un Vermeer robado del Gardner Museum no puede aparecer tranquilamente en una casa de subastas acompañado de una historia vaga sobre un abuelo coleccionista.
Su fama funciona como una alarma que nunca deja de sonar.
Cuanto más valiosa y reconocible es una obra, más difícil resulta incorporarla nuevamente al mercado legítimo.
Los ladrones habían conseguido llevarse objetos que podían valer fortunas y, simultáneamente, habían conseguido que resultara extraordinariamente peligroso mostrarlos.
Desde entonces aparecieron pistas, informantes, hipótesis sobre crimen organizado y posibles movimientos de algunas obras por la costa este estadounidense.
El FBI afirma que las piezas pudieron separarse después del robo y que actualmente podrían encontrarse prácticamente en cualquier parte del mundo.
Ninguna de esas líneas ha conseguido devolverlas.
Isabella había decidido dónde iba cada cosa
La ausencia resulta particularmente poderosa por la naturaleza del museo.
Isabella Stewart Gardner abrió la institución en 1903 y concibió su colección no solamente como un conjunto de objetos, sino como una experiencia completa.
Las pinturas, muebles, esculturas y elementos decorativos ocupaban lugares elegidos deliberadamente. El edificio mismo funcionaba como una gran composición.
Los ladrones no sustrajeron únicamente trece objetos.
Abrieron agujeros dentro de aquella composición.
Cinco pinturas fueron retiradas o cortadas de sus marcos. Algunos de esos marcos permanecen actualmente vacíos, convertidos involuntariamente en recordatorios del robo.
Allí está quizá la imagen más poderosa de toda la historia.
No una persecución.
No una bóveda abierta.
Un marco.
Vacío.
Diez millones por regresar a casa
El museo mantiene una recompensa de hasta diez millones de dólares por información que conduzca directamente a la recuperación de las trece obras en buenas condiciones.
Existe además una recompensa separada de 100 mil dólares por información que permita recuperar el remate del águila napoleónica.
La investigación permanece activa y el Gardner continúa colaborando con el FBI y la fiscalía federal estadounidense.
Han pasado más de 36 años.
Nadie ha sido procesado por ejecutar el robo y ninguna de las trece piezas ha regresado al lugar que ocupaba aquella noche.
Quizá algunas hayan sido destruidas. Quizá sobrevivan almacenadas en condiciones terribles. Quizá alguien las contemple en privado. Ninguna posibilidad puede presentarse como certeza.
Lo único comprobable es la ausencia.
Y esa ausencia continúa colgada de las paredes.
Los dos hombres consiguieron engañar a un guardia, inmovilizar a otro, recorrer durante 81 minutos un museo extraordinario y salir con obras que generaciones enteras quizá no vuelvan a contemplar.
Entraron buscando cosas cuyo valor parecía imposible de calcular. Consiguieron llevárselas. El castigo perfecto del robo llegó después: poseían algunas de las pinturas más famosas del planeta y, desde aquella madrugada, casi nadie podía enseñarlas sin explicar de dónde habían salido.
