México le ha dado grandes cosas al mundo: el maíz, el chocolate, el chile y una sustancia extraordinaria cuya evolución natural consiste en terminar pegada debajo de una mesa.
El chicle.
Hay inventos que envejecen con dignidad. La rueda sigue rodando. El libro todavía se abre. El chicle, en cambio, puede empezar su vida en una selva y terminar adherido a la suela de un desconocido.
Pero antes tuvo una historia bastante más elegante.
Los pueblos de Mesoamérica ya mascaban la goma obtenida del chicozapote mucho antes de que alguien inventara el empaque individual, el sabor sandía radioactiva o la posibilidad de hacer una bomba hasta que explotara sobre la nariz.
Los nahuas la llamaban tzictli. Los mayas extraían el látex haciendo cortes en zigzag sobre la corteza del chicozapote.
Es decir: hubo un tiempo en que mascar chicle requería conocer un árbol.
Ahora requiere encontrar una tienda.
La historia se vuelve todavía mejor porque el producto terminó viajando a Estados Unidos y convirtiéndose allá en una industria gigantesca. En medio aparece incluso Antonio López de Santa Anna, personaje que uno pensaría incapaz de perder algo más después de Texas.
Hay distintas versiones sobre su encuentro con Thomas Adams y conviene no jurar por ninguna. Lo comprobable es más divertido: durante la segunda mitad del siglo XIX el chicle mexicano comenzó a utilizarse comercialmente en Estados Unidos y acabó convertido en un producto de consumo masivo.
México ponía el árbol.
Otros aprendieron a ponerle envoltura.
El negocio creció tanto que en 1942 México exportó a Estados Unidos casi cuatro millones de kilos de chicle. Detrás de aquellas pequeñas tabletas había chicleros internándose en las selvas de Quintana Roo y Campeche, machete en mano, abriendo canales en los troncos y recogiendo lentamente el látex.
Y entonces llegó el progreso.
La industria descubrió que podía sustituir aquella materia natural por bases sintéticas.
De modo que ocurrió algo maravilloso: conservamos la palabra pero fuimos perdiendo el chicle.
Buena parte de lo que hoy llamamos así ya no procede del chicozapote. Técnicamente deberíamos decir goma de mascar, pero intente usted ofrecerle a un niño una “goma de mascar sabor fresa” y verá cómo lo mira.
Chicle ganó.
Sobrevivió al ingrediente.
Y quizá ésa sea su verdadera hazaña cultural. Una palabra nacida aquí consiguió pegarse a nuestro idioma con más fuerza que el producto a una banqueta.
También sobrevivieron los rituales.
Pedir uno.
Ofrecer uno.
Sacar discretamente el papelito antes de una junta.
Mascar con la boca abierta hasta que alguien considere seriamente cometer un delito.
Intentar una bomba.
Tragárselo accidentalmente y recordar inmediatamente la sentencia materna: se te va a pegar en las tripas.
Y finalmente llega el momento moral.
¿Qué hacer con él?
Existe una persona civilizada que lo envuelve y busca un bote de basura.
Y existe otra.
Esa otra persona lo pega debajo de la mesa.
No sabemos quién es. Nadie la ha visto jamás. Nadie reconoce haberlo hecho. Sin embargo, millones de chicles aparecen misteriosamente adheridos a pupitres, bancas y mesas.
Es uno de los grandes criminales anónimos de nuestro tiempo.
Quizá ése sea el destino más mexicano posible para el tzictli: salir de la selva, conquistar una industria mundial, sobrevivir a su propia materia prima y regresar, siglos después, convertido en una bolita gris que alguien descubre cuando mete la mano debajo de la mesa.
Y dice:
—Guácala.
