Por Mateo Palma
Hay un momento exacto en el que el gobierno mexicano decide que ya eres adulto.
No es cuando cumples 18.
Es cuando tienes contraseña del SAT.
A partir de ahí se acabó la infancia. Existe un RFC con tu nombre, puedes tener obligaciones fiscales y hay una institución que espera que recuerdes una combinación de caracteres que tú elegiste hace tres años bajo presión.
Yo tengo 25.
Puedo votar. Puedo firmar un contrato. Puedo sacar una tarjeta de crédito. Puedo presentar una declaración. Puedo aceptar términos y condiciones sin leerlos, que probablemente sea la expresión más pura de la adultez contemporánea.
Pero si algo realmente grave ocurre, mi primera reacción sigue siendo:
—Mamá.
Ésa es la estafa.
Nos dijeron que convertirse en adulto era una especie de transformación. Un día eras joven y al siguiente sabías qué hacer cuando llegaba el recibo del gas.
Fake.
La adultez no llega.
Se acumula.
Primero tienes INE. Luego cuenta bancaria. Después tarjeta. RFC. Contraseña. Trabajo. Nómina. Recibos. Una carpeta en la computadora llamada DOCUMENTOS IMPORTANTES que contiene archivos como constancia_3_FINAL_AHORA_SI.pdf.
Y, mientras todo eso ocurre, sigues sin saber cada cuánto hay que lavar una almohada.
Mi generación vive en esa zona rarísima.
Somos perfectamente adultos para las instituciones y sospechosamente adolescentes cuando observamos nuestra cuenta bancaria.
El banco me escribe “Estimado Mateo”.
Mi mamá me escribe “¿ya comiste?”.
Sé a cuál de las dos instituciones le tengo más confianza.
La independencia además tiene una trampa: cuesta.
No basta con desearla intensamente mientras ves departamentos en internet. Hay que pagar renta, depósito, mudanza, internet, luz, agua, supermercado y ese misterioso conjunto de objetos que aparentemente todas las casas necesitan y que nadie te regala al cumplir 18.
Un día descubres que un sartén bueno cuesta dinero.
Ése sí es un rito de iniciación.
Por eso ser adulto a los 25 tiene algo de cosplay administrativo. Uno entra a una videollamada, dice “claro, lo reviso y te regreso comentarios”, termina, se quita los audífonos y manda al grupo familiar:
“¿Alguien sabe cómo se paga esto?”
No creo que sea simplemente una generación negándose a crecer.
Crecer cambió.
Independizarse necesita trabajo estable, ingresos suficientes y vivienda posible. Incluso los documentos oficiales sobre juventud en México reconocen que bajos salarios, informalidad y dificultades para acceder a una vivienda retrasan la autonomía económica.
Gracias por confirmarlo.
Pensé que era yo.
Lo extraño es que uno sí va creciendo mientras tanto. Aprende cosas. Paga algunas cuentas. Se equivoca. Resuelve otras. Empieza a ser la persona a la que alguien más le pregunta qué hacer.
Y un día sucede algo aterrador:
tus papás te piden ayuda con el celular.
Ahí cambia la relación de fuerzas.
Durante diez minutos eres jefe de familia.
Hasta que aparece una fuga de agua.
—Mamá.
Quizá convertirse en adulto sea exactamente esto: descubrir que nadie recibe un manual y que nuestros padres probablemente también estaban improvisando cuando parecían saberlo todo.
Yo, por lo pronto, tengo RFC, responsabilidades, una tarjeta, algunas decisiones tomadas y una contraseña del SAT.
Bueno.
Creo que tengo la contraseña.
Espérame.
Déjame buscarla.
