Buenas tardes, priistas y priistos.
Compañeras y compañeros.
Tepocatas y tepocatos.
Víboras prietas y… bueno, ahí sí no sé cómo hacerle con el femenino y masculino porque víbora ya es femenino.
Pero ustedes me entienden.
Antes que nada quiero agradecerles que me hayan invitado al Comité Ejecutivo Nacional del PRI y decirles que para mí es un honor estar aquí, aunque hace algunos años yo hubiera considerado esta misma frase motivo suficiente para solicitar atención psiquiátrica.
Los tiempos cambian.
Y yo también.
Por eso, antes de comenzar, quiero ofrecerles una disculpa.
Una disculpa sincera.
De corazón.
Porque durante la campaña presidencial del año 2000 dije algunas cosas sobre ustedes que, vistas a la distancia, quizá fueron excesivas.
Por ejemplo, les dije tepocatas.
Perdón.
También víboras prietas.
Discúlpenme.
Y alimañas.
Ésa sí estuvo fea.
Perdón, alimañas.
Digo: compañeras y compañeros priistas.
También recorrí el país diciendo que había que sacar al PRI de Los Pinos.
Y lo sacamos.
Perdón por eso también.
Bueno, no sé si deba disculparme por haberles ganado la Presidencia porque tampoco hay que exagerar con esto de la reconciliación nacional.
Pero sí quisiera que olvidáramos aquellas ocasiones en que relacioné al viejo régimen priista con la corrupción, los abusos y aquellos famosos “peces gordos” que prometí llevar ante la justicia.
Quiero ofrecer especialmente una disculpa a los peces gordos.
Dondequiera que estén.
Aunque sospecho que varios están bastante bien.
Compañeras y compañeros: no quisiera que esta enumeración de agravios se interprete como una repetición de los agravios.
Estoy tratando de disculparme.
Aunque comprendo que quizá no escogí el mejor método.
Veo algunas caras.
No se preocupen. Ya casi termino.
Además, debemos reconocer que ustedes tampoco fueron precisamente unas hermanas de la caridad conmigo.
Después dijeron que el PAN había resultado peor.
Que nosotros éramos ahora las tepocatas.
Las víboras.
Las alimañas.
Aquello terminó siendo una especie de intercambio zoológico de la democracia mexicana.
Pero miren dónde estamos.
Ustedes y yo.
Juntos.
Quién lo hubiera dicho.
Si alguien hubiera tomado una fotografía de este momento en el año 2000 habría provocado un colapso en el espacio-tiempo.
Porque durante décadas PAN y PRI explicaron buena parte de su existencia diciéndole al país que el peligro era el otro.
Nosotros queríamos sacar a ustedes.
Ustedes querían regresar.
Nosotros celebramos cuando se fueron.
Ustedes celebraron cuando regresaron.
Y ahora resulta que tenemos un problema nuevo: Morena.
Así que aquí estamos.
Como dos divorciados que pasaron veinte años hablando pestes uno del otro y de pronto descubren que tienen que sentarse juntos porque la hija se casa.
—Qué gusto verte.
—Igualmente.
—Te ves muy bien.
—Tú también.
Mentira.
Pero hay fotografías.
Y eso explica algunas de las caras que alcanzo a ver desde aquí.
Sonrían, compañeros.
No mucho.
Tampoco hay que perder la dignidad.
La política mexicana posee esta extraordinaria capacidad para conseguir que el enemigo histórico se convierta, mediante una adecuada administración del miedo, en compañero de mesa.
No hace falta olvidar lo que dijimos.
Basta fingir que nunca lo dijimos.
Por eso quiero terminar reiterando mis disculpas.
Perdón por las tepocatas.
Perdón por las víboras prietas.
Perdón por las alimañas.
Perdón por decir que había que sacar al PRI de Los Pinos.
Perdón por hablar durante años del viejo régimen.
Y, sobre todo, perdón por haber repetido esta tarde, frente al Comité Ejecutivo Nacional del PRI, absolutamente todo aquello por lo que vine a pedir perdón.
Muchas gracias, priistas y priistos.
Y recuerden: enemigos, lo que se dice enemigos… eran los de antes.
