Fue obrero minero, combatiente, inventor, divulgador científico, periodista, novelista y espiritista. Pedro Castera descendió a las minas mexicanas buscando metales y terminó escribiendo sobre los hombres que permanecían abajo.
Antes de escribir sobre hombres que descendían bajo tierra, Pedro Castera había sentido en el cuerpo lo que significaba trabajar donde la luz necesitaba llevarse consigo.
Tenía alrededor de quince años cuando trabajó como obrero en minas de Michoacán, mientras estudiaba matemáticas en el Colegio de San Nicolás Hidalgo durante 1861.
Aquella experiencia no sería una excursión juvenil. La minería reaparecería durante toda su vida como profesión, conocimiento científico, materia literaria y manera de mirar el mundo.
Castera había nacido en la Ciudad de México el 23 de octubre de 1846. Su padre estuvo relacionado con instituciones mineras y murió cuando Pedro era niño.
Su educación avanzó con interrupciones propias de un país que tampoco conseguía permanecer quieto. Estudió, trabajó y comenzó a prepararse para convertirse en ingeniero de minas.
Entonces llegó una guerra.
La Intervención francesa interrumpió sus estudios y Castera abandonó temporalmente aulas, minerales y cálculos para incorporarse a la lucha contra las fuerzas del Segundo Imperio.
Cuando aquel conflicto terminó, volvió hacia aquello que había dejado pendiente. Estudió química y mineralogía y regresó al universo que terminaría acompañándolo durante décadas.
Las minas.
El hombre que quería sacar algo nuevo de las piedras
Castera no contemplaba la minería solamente como extracción. Le interesaban los procedimientos capaces de transformar minerales y mejorar aquello que entonces se llamaba beneficio de metales.
Desarrolló distintos inventos y consiguió privilegios exclusivos para algunos de ellos, incluyendo procedimientos relacionados con nitro artificial, alcohol desinfectado y aplicación de electricidad al beneficio metálico.
Perteneció a instituciones científicas y mineras, presentó resultados de sus procedimientos y recibió atención en la prensa por aquellos experimentos. Era también un divulgador compulsivamente curioso.
La investigación hemerográfica contemporánea ha localizado más de cien artículos científicos publicados por Castera, una cantidad que convierte esa actividad en la parte cuantitativamente mayor de su producción periodística.
Escribía sobre descubrimientos y adelantos con una convicción muy decimonónica: la ciencia avanzaba demasiado rápidamente para esperar al libro y necesitaba la velocidad del periódico.
Pero Castera podía estudiar minerales y electricidad durante el día y preguntarse por los espíritus cuando cerraba el laboratorio. Para él no existía necesariamente contradicción.
El científico que hablaba con los muertos
En 1872, Castera participaba activamente en el espiritismo mexicano. Fue miembro de asociaciones dedicadas a aquella doctrina y ayudó a fundar el Círculo Allan Kardec.
Publicó comunicaciones espiritistas, defendió públicamente sus creencias y sostuvo que espiritismo, religión y ciencia podían formar partes diferentes de una misma búsqueda sobre la existencia humana.
Para un lector actual puede parecer una combinación imposible. Para determinados círculos intelectuales del siglo XIX, ciencia, magnetismo, espiritismo y exploración de fenómenos desconocidos podían compartir fronteras bastante porosas.
Castera quería comprobar, experimentar, explicar. Pero también quería imaginar. Esa combinación terminaría llevando las minas desde su experiencia laboral hasta un territorio prácticamente virgen de la literatura mexicana.
El 5 de diciembre de 1875 apareció en El Federalista una narración titulada “En medio del abismo”, primera de una serie conocida como “Escenas de la vida minera”.
Allí ocurrió algo históricamente importante.
Los trabajadores que descendían para extraer las riquezas mexicanas comenzaron a convertirse en protagonistas literarios, con sus peligros, lenguaje, relaciones, miedo, trabajo y formas de sobrevivir.
Los hombres que estaban debajo de México
En 1882 apareció Las minas y los mineros, colección que convirtió aquella experiencia subterránea en uno de los territorios más reconocibles de la obra de Castera.
No escribía desde la imaginación exclusiva de quien observa un oficio ajeno. Había trabajado abajo y conocía la angustia de quienes entraban diariamente donde podían ocurrir derrumbes.
Sus personajes incluyen hombres, mujeres y niños de diferentes condiciones sociales. La mina no funciona solamente como escenario: determina riesgos, comportamientos, jerarquías y decisiones.
Aquello resultaba novedoso en una literatura acostumbrada a mirar otros espacios. Castera dirigió la vista hacia quienes sacaban riquezas de México permaneciendo físicamente debajo de los demás.
Su literatura descendió con ellos.
Pero mientras escribía sobre el subsuelo, Castera comenzaba también a ocupar una posición bastante visible sobre la superficie de la vida intelectual mexicana.
Publicó poesía, cuentos, novelas y periodismo. Ignacio Manuel Altamirano escribió un prólogo para Las minas y los mineros. José Martí y Manuel Gutiérrez Nájera comentarían aspectos de su obra.
En 1882 publicó también Carmen, su novela más conocida. Ese mismo periodo lo encontró dirigiendo La República, periódico político y literario que había encabezado Altamirano.
Parecía una trayectoria ascendente.
Al año siguiente todo cambió.
San Hipólito
Durante el verano de 1883, los periódicos informaron que Pedro Castera había sido internado en el Hospital de San Hipólito, institución destinada entonces a hombres considerados dementes.
La noticia produjo conmoción precisamente porque Castera no era desconocido. Era escritor, periodista, hombre relacionado con ciencia, minería, política y círculos intelectuales de la capital.
La prensa comenzó a preguntarse qué había ocurrido.
Y aquí la historia exige prudencia.
Investigaciones modernas de José Antonio Maya González y Ana Laura Zavala Díaz muestran que alrededor de su confinamiento coexistieron explicaciones médicas, conflictos familiares, sospechas políticas y construcciones literarias.
No existe razón para convertir alguna etiqueta médica decimonónica en diagnóstico contemporáneo. Tampoco para transformar automáticamente cada sospecha sobre su internamiento en una conspiración demostrada.
Sabemos algo mucho más interesante: sus contemporáneos tampoco lograban ponerse completamente de acuerdo sobre qué estaba ocurriendo con Pedro Castera.
Su expediente registra que ingresó como pensionista. Debía cubrir una cuota mensual, aunque posteriormente personas cercanas señalaron que carecía de recursos suficientes mientras permanecía internado.
La discusión salió del hospital.
Amigos, periodistas, médicos y familiares participaron de diferentes maneras en una controversia sobre su situación, su patrimonio, su capacidad jurídica y las posibilidades de recuperar la libertad.
En aquella época, ser declarado mentalmente incapaz podía significar mucho más que permanecer encerrado. También afectaba derechos civiles y colocaba al individuo bajo tutela.
Para un hombre acostumbrado a moverse entre minas, periódicos, sociedades científicas y círculos literarios, San Hipólito significó una forma completamente distinta de profundidad.
Esta vez no había bajado voluntariamente.
Un amigo volvió a encontrarlo
Durante su internamiento circuló incluso la impresión de que Castera había desaparecido prácticamente de la vida intelectual que hasta poco antes ocupaba con enorme intensidad.
A comienzos de 1884, el poeta Agustín F. Cuenca relató haberse encontrado con él en la Alameda, acompañado por el director del hospital y su representante legal.
El episodio revela cuánto había cambiado la percepción pública del escritor. Algunos amigos habían llegado a considerar San Hipólito como una especie de sepultura social.
Castera permaneció allí hasta aproximadamente mediados de diciembre de 1884, según la documentación examinada por los investigadores que reconstruyeron su experiencia manicomial.
Después salió.
Y volvió a trabajar.
Otra vez las minas
El hombre que había pasado por guerra, periódicos, literatura, experimentos científicos, espiritismo y hospital regresó durante los años siguientes a actividades relacionadas con minería.
También regresó a la escritura, aunque su producción fue menos constante. En 1890 aparecieron dos novelas más: Dramas en un corazón y Querens.
Esta última resulta particularmente fascinante vista desde el presente. Su trama incorpora magnetismo animal, ciencia y experimentación dentro de una historia que algunos estudiosos consideran antecedente de la ciencia ficción mexicana.
Castera continuaba intentando atravesar fronteras.
Materia y espíritu.
Ciencia y literatura.
Experimento e imaginación.
Superficie y subsuelo.
Incluso sus artículos científicos revelan esa mezcla. Podía escribir sobre avances tecnológicos mientras entendía el progreso como algo inseparable de una dimensión moral y espiritual.
No era una contradicción que necesitara resolver.
Era su mundo.
El hombre que descendía
Quizá por eso la mina resulta una metáfora tan tentadora para recordar a Pedro Castera, aunque él no necesitaba metáforas para conocerla.
Había estado realmente allí.
Sabía que debajo de una montaña podían encontrarse minerales, riqueza y peligro. También sabía que quienes los buscaban rara vez aparecían en los grandes retratos nacionales.
Los convirtió en personajes.
Esa aportación permanece entre las partes más singulares de su legado. Antes de que la literatura mexicana hiciera del trabajador un protagonista habitual, Castera había bajado hasta encontrarlo.
Murió en la Ciudad de México el 25 de diciembre de 1906. Tenía sesenta años y dejaba detrás una obra difícil de encerrar en una sola profesión.
Decir escritor resulta insuficiente.
Decir minero también.
Científico, periodista, inventor, espiritista y combatiente completan partes de un personaje que parece haber vivido varias biografías dentro de una misma vida.
Pero quizá todas pertenecían a una sola obsesión.
Pedro Castera buscaba.
Buscaba minerales dentro de la piedra. Procedimientos dentro de la ciencia. Personajes debajo de la tierra. Explicaciones dentro de los periódicos y respuestas espirituales donde otros veían silencio.
Algunas búsquedas produjeron inventos. Otras, artículos. Algunas terminaron convertidas en novelas y cuentos. Otras lo condujeron hacia lugares de los que regresó profundamente marcado.
Por eso resulta apropiado que una de sus obras fundamentales se llame Las minas y los mineros.
Pedro Castera pasó buena parte de su vida descendiendo. Lo extraordinario es la cantidad de cosas que consiguió traer de regreso a la superficie.
