A finales del siglo XVIII, científicos y dibujantes recorrieron Nueva España para retratar una naturaleza todavía desconocida por la ciencia europea. Sus extraordinarias acuarelas terminaron dispersas y permanecieron fuera del alcance científico durante generaciones, hasta reaparecer en Barcelona en 1981.
Antes de que una cámara pudiera fotografiar una flor mexicana, alguien tenía que sentarse frente a ella, observarla durante horas y reconstruir cuidadosamente sus nervaduras con un pincel.
También había que dibujar peces, aves, reptiles, insectos y pequeños mamíferos, porque la ciencia necesitaba llevar consigo aquello que los naturalistas encontraban demasiado lejos de Europa.
A finales del siglo XVIII, esa tarea convirtió caminos, montañas y poblaciones de Nueva España en partes de uno de los proyectos científicos más ambiciosos emprendidos por la Corona española.
Se llamó Real Expedición Botánica a Nueva España y comenzó en 1787. Durante aproximadamente quince años, sus integrantes recorrieron territorios buscando, describiendo, clasificando y dibujando naturaleza.
La expedición estuvo dirigida por Martín de Sessé. A ella se incorporaría José Mariano Mociño, médico y naturalista novohispano nacido en Temascaltepec, actual Estado de México.
Pero había otros dos hombres cuya tarea resultaría fundamental para que aquello pudiera sobrevivir: Atanasio Echeverría y Godoy y Juan de Dios Vicente de la Cerda.
Ellos dibujaban.
Cuando dibujar también era investigar
Una ilustración científica no debía limitarse a ser hermosa. Tenía que permitir que otro especialista estudiara características del ejemplar mucho después de terminar la expedición.
Había que observar formas, proporciones, colores, hojas, flores, frutos y estructuras. El dibujo funcionaba simultáneamente como imagen, registro científico y memoria del objeto encontrado.
Echeverría y De la Cerda desarrollaron aquella tarea con una precisión extraordinaria. Sus láminas terminarían siendo consideradas entre los grandes testimonios de la ilustración científica novohispana.
En algunas aparece una planta completa. En otras, distintas partes de una misma especie quedan distribuidas cuidadosamente sobre el papel para facilitar su identificación y comparación.
No estaban haciendo cuadros para decorar salones.
Estaban construyendo información.
Cada lámina permitía transportar una parte del territorio sin arrancar nuevamente la planta, conservar el animal o pedir a otro investigador que atravesara un océano.
El papel podía hacer algo extraordinario.
Llevarse México.
Una expedición que no cabía fácilmente en un mapa
El objetivo era enorme: formar dibujos, recolectar producciones naturales y ampliar el conocimiento acumulado desde anteriores exploraciones científicas realizadas en territorio novohispano.
Los expedicionarios recorrieron extensiones que iban mucho más allá del centro de México. La empresa científica alcanzó desde regiones centroamericanas hasta territorios septentrionales del Pacífico.
Mociño participó además en la expedición a Nutka, en la costa noroccidental americana, ampliando todavía más el territorio intelectual y geográfico cubierto por aquellos trabajos.
En cada desplazamiento había una dificultad que hoy resulta fácil olvidar: recolectar era solamente el comienzo. Después había que conservar, describir, comparar, clasificar y transportar.
Un ejemplar podía deteriorarse.
Una planta podía marchitarse.
Un animal podía perder sus colores.
Un dibujo bien realizado podía sobrevivir a todos.
Por eso Echeverría y De la Cerda ocupaban un lugar decisivo dentro de la expedición. Sus pinceles funcionaban casi como instrumentos científicos.
El conjunto acumuló plantas y animales, pero también observaciones médicas, zoológicas, botánicas y conocimientos relacionados con las poblaciones encontradas durante los recorridos.
Mociño se convirtió en una figura central de ese esfuerzo. Su formación en filosofía, teología y medicina le permitía mirar los territorios desde disciplinas diferentes.
El proyecto parecía encaminado a convertirse en una gran obra científica.
Entonces Europa comenzó a desmoronarse.
Napoleón entró en la historia de los dibujos
Los resultados de la expedición viajaron hacia España. Sessé regresó a Madrid y Mociño terminó trasladándose también, llevando consigo parte del trabajo acumulado durante años.
Pero la España a la que llegaron no era precisamente el lugar tranquilo que una enorme empresa editorial necesitaba para organizar y publicar semejante archivo.
La invasión napoleónica alteró instituciones, gobiernos, carreras y lealtades. La publicación de los resultados científicos quedó atrapada dentro de un terremoto político muchísimo mayor.
Sessé murió en 1808.
Mociño permaneció en España y posteriormente quedó relacionado políticamente con el gobierno de José Bonaparte. Cuando los franceses abandonaron el país, él también terminó marchándose.
El naturalista mexicano salió al exilio.
Y con él viajaron dibujos.
Un botánico pidió prestado México
Durante su estancia en Francia, Mociño estableció relación con Augustin Pyramus de Candolle, uno de los grandes botánicos europeos de su tiempo.
De Candolle comprendió inmediatamente la importancia científica de las imágenes que aquel mexicano llevaba consigo y consiguió estudiarlas mientras Mociño permanecía fuera de España.
Pero llegó un momento en que Mociño decidió regresar.
Aquello planteaba un problema.
Si se llevaba los dibujos, De Candolle perdería acceso a una colección extraordinaria que todavía podía contener información científica desconocida para los investigadores europeos.
Entonces ocurrió uno de los episodios más hermosos de toda la historia.
De Candolle organizó un esfuerzo para copiar las ilustraciones antes de que Mociño partiera.
Decenas de personas colaboraron para reproducir en poco tiempo aquellas imágenes. Las copias conservarían información cuando los originales abandonaran nuevamente Francia.
Era una carrera contra un viaje.
Durante años, científicos y artistas habían recorrido territorios americanos para dibujar plantas y animales antes de perderlos. Ahora otros dibujantes copiaban aquellos dibujos antes de perderlos también.
Mociño regresó finalmente a España en 1818.
Murió en Barcelona el 12 de junio de 1820 sin conseguir ver publicada integralmente la gran obra científica a la que había dedicado buena parte de su vida.
Y entonces los originales prácticamente desaparecieron.
Los dibujos dejaron de estar donde la ciencia podía encontrarlos
Conviene precisar qué significa “desaparecieron”.
No se esfumaron físicamente durante 160 años ni permanecieron necesariamente escondidos todo ese tiempo en un sótano secreto. Su trayectoria quedó fragmentada y durante décadas dejaron de estar disponibles como conjunto científico reconocible.
Parte de los materiales de la expedición siguió caminos diferentes. Manuscritos, ejemplares e ilustraciones acabaron dispersos entre instituciones, archivos y colecciones particulares.
El destino de las acuarelas originales se volvió especialmente confuso.
Hoy sabemos que desde algún momento de la década de 1880 permanecieron en la biblioteca de la familia Torner, en Barcelona.
Pero existe un agujero considerable.
El Hunt Institute, institución que terminaría conservándolas, señala que no se conoce con certeza qué ocurrió con los dibujos durante aproximadamente seis décadas posteriores a 1820.
Allí está el verdadero misterio.
Casi dos mil imágenes producidas por una expedición científica monumental habían sobrevivido, pero generaciones de investigadores no podían consultar el conjunto original.
Las copias realizadas apresuradamente para De Candolle adquirieron entonces una importancia que nadie pudo imaginar mientras aquellos dibujantes trabajaban contra reloj.
Habían copiado una colección que después desaparecería de la circulación científica.
Barcelona, 1981
Pasaron décadas.
Después un siglo.
Después otro medio siglo.
Mociño llevaba aproximadamente 160 años muerto cuando ocurrió algo extraordinario en Barcelona.
En 1981 aparecieron en manos de la familia Torner las acuarelas originales procedentes de la Real Expedición Botánica a Nueva España.
No eran unas cuantas.
El Hunt Institute for Botanical Documentation registra actualmente 1,989 ilustraciones botánicas y zoológicas pertenecientes a aquella colección.
Aproximadamente 1,800 corresponden a temas botánicos. Las restantes representan peces, aves, insectos, reptiles, pequeños mamíferos y otros animales estudiados durante la expedición.
La UNAM describe el hallazgo como la aparición de más de dos mil acuarelas originales y señala que otras láminas relacionadas permanecen en instituciones españolas.
El conjunto principal fue adquirido en 1981 por el Hunt Institute, en Pittsburgh, donde pasó a conocerse como Torner Collection of Sessé and Mociño Biological Illustrations.
El apellido de la familia que las había conservado quedó unido para siempre al de los naturalistas responsables de la expedición.
Los dibujos estaban nuevamente disponibles.
Y estaban sorprendentemente bien conservados.
México regresó hoja por hoja
La recuperación del archivo permitió mirar directamente aquello que Echeverría y De la Cerda habían observado aproximadamente dos siglos antes.
Flores conservaban colores.
Hojas mantenían nervaduras.
Animales seguían ocupando el mismo espacio de papel donde habían sido fijados por pinceles novohispanos antes de la Independencia mexicana.
Aquellas imágenes habían sobrevivido a quienes las hicieron, a quienes describieron las especies, a una invasión europea, al exilio de Mociño y a innumerables cambios políticos.
Habían sobrevivido incluso a su propia desaparición documental.
Pero quedaba otra deuda.
La gran empresa científica de Sessé y Mociño todavía no había recibido una edición moderna capaz de reunir sistemáticamente los resultados dispersos durante generaciones.
En 2010 comenzó a saldarse.
La Universidad Nacional Autónoma de México y Siglo XXI Editores publicaron los primeros doce tomos de La Real Expedición Botánica a Nueva España.
Allí reaparecieron los trabajos científicos junto con las ilustraciones de Echeverría y De la Cerda, estudiadas ahora por especialistas contemporáneos y acompañadas por fichas actualizadas.
La historia siguió creciendo.
En 2015 apareció un volumen XIII dedicado a ornitología. Su origen tenía otra pequeña historia de archivo perdido: un manuscrito sobre aves había sido localizado en Madrid en 1997.
Después llegaría todavía un volumen dedicado a la práctica médica de Mociño.
Más de dos siglos después, aquella expedición continuaba entregando materiales.
Los verdaderos autores de las imágenes
Hay una pequeña justicia histórica que merece permanecer en primer plano.
Durante mucho tiempo, las grandes expediciones científicas quedaron identificadas principalmente por los nombres de los naturalistas que las encabezaron.
Sin embargo, aquellas casi dos mil acuarelas no aparecieron espontáneamente dentro de las carpetas de Sessé y Mociño.
Las hicieron principalmente Atanasio Echeverría y Godoy y Juan de Dios Vicente de la Cerda.
Ellos miraron.
Midieron visualmente.
Mezclaron pigmentos.
Dibujaron hojas.
Reconstruyeron animales.
Convirtieron organismos perecederos en documentos capaces de atravesar siglos.
La ciencia necesitaba sus manos tanto como necesitaba los ojos del naturalista.
Y eso explica quizá la parte más emocionante de toda esta historia.
Una planta observada durante una expedición del siglo XVIII podía desaparecer, cambiar de nombre científico o encontrarse después en territorios profundamente transformados.
Pero alguien había dejado una imagen.
Una Alforja de papel
Hoy podemos contemplar aquellos dibujos con una facilidad que habría resultado inconcebible para quienes pasaron décadas preguntándose dónde habían terminado los originales.
Pero conviene imaginar nuevamente la escena de 1981.
Una biblioteca familiar.
Papeles antiguos.
Carpetas.
Y dentro de ellas, casi dos mil ventanas hacia una naturaleza americana observada cuando México todavía se llamaba Nueva España.
No apareció oro.
Tampoco un códice desconocido ni el mapa de un tesoro.
Aparecieron hojas de papel.
Sin embargo, dentro de ellas estaba guardada una parte enorme de la memoria científica del territorio.
Durante generaciones, México había conservado plantas y animales en el lugar más improbable: pinceladas realizadas por dos hombres que sabían que mirar cuidadosamente también era una forma de salvar.
Casi dos siglos antes de que aquellos dibujos regresaran a la ciencia, Echeverría y De la Cerda habían conseguido algo extraordinario: guardar una parte de México dentro de unas hojas de papel. Lo verdaderamente asombroso es que las hojas también sobrevivieron.
