Batuc, Tepupa y Suaqui sabían que la presa El Novillo terminaría cubriendo casas, tierras y caminos. En 1964 sus habitantes se marcharon hacia destinos distintos. Algunos consiguieron llevarse hasta las piedras de una iglesia. Las calles tuvieron que quedarse.
Hubo un momento en que los habitantes de tres pueblos sonorenses pudieron caminar por sus calles sabiendo algo extraordinario: pronto aquellas calles dejarían de existir.
No desaparecerían por terremoto, incendio o abandono. Tampoco quedarían convertidas lentamente en ruinas. Una obra monumental estaba preparándose para cubrirlas completamente con agua.
Los pueblos se llamaban Batuc, Tepupa y Suaqui. Compartían el valle de Batuc, una región montañosa atravesada por el río Moctezuma, en el centro-oriente sonorense.
Allí había casas, templos, plazas, comercios, tierras agrícolas y cementerios. Había también algo imposible de trasladar mediante camiones: siglos de relaciones entre personas y territorio.
El agua llegaría en 1964.
Pero para comprender lo que desapareció debajo de ella hay que regresar a la época en que esos pueblos todavía no necesitaban imaginar su despedida.
Tres pueblos junto al río
El valle podía ser severo. Los estudios históricos describen inviernos cercanos a cero grados y veranos capaces de alcanzar cuarenta, con lluvias concentradas principalmente durante julio y agosto.
El río organizaba buena parte de la vida. Las mejores tierras agrícolas se encontraban en sus riberas y allí crecían trigo, maíz, frijol, cebolla y chile.
También había ganado, minería, fabricación de bacanora, sombreros de palma, pequeños comercios y servicios que daban a cada localidad una personalidad económica diferente.
Batuc era territorialmente el más pequeño de los tres, pero había desarrollado una actividad comercial particularmente diversa. Tenía molinos, talabarterías, hoteles, imprentas, tiendas y publicaciones periódicas.
Suaqui destacó por su ganadería. Tepupa disponía de menos tierras favorables para el riego y arrastraba conflictos territoriales que habían enfrentado durante décadas a habitantes de las comunidades vecinas.
No eran tres pueblos congelados en una postal.
Discutían.
Comerciaban.
Competían.
Se casaban.
Emigraban temporalmente.
Regresaban.
Sembraban.
Enterraban a sus muertos.
Y llevaban generaciones negociando algo fundamental en aquella región: quién podía utilizar la tierra y dónde terminaba la propiedad de cada comunidad.
Las diferencias sobrevivirían incluso cuando todos terminaran compartiendo un enemigo bastante más grande que cualquier lindero.
El progreso necesitaba espacio
México atravesaba durante las décadas centrales del siglo XX una etapa de grandes proyectos hidráulicos. Presas, sistemas de riego y centrales eléctricas representaban infraestructura, modernización y crecimiento.
En la cuenca del Yaqui ya habían sido construidas dos grandes presas de almacenamiento: La Angostura, concluida en 1942, y Oviáchic, terminada una década después.
Faltaba una tercera.
La presa Plutarco Elías Calles, conocida mucho mejor como El Novillo, sería levantada cerca de la confluencia de los ríos Moctezuma y Yaqui.
La Comisión Federal de Electricidad encabezó el proyecto. Uno de sus objetivos principales era aumentar la capacidad de generación eléctrica necesaria para una región en transformación.
Había solamente un inconveniente.
El enorme vaso de almacenamiento ocuparía precisamente el espacio donde Batuc, Tepupa y Suaqui llevaban siglos construyendo sus vidas.
La modernización tenía un mapa.
Los tres pueblos estaban adentro.
La noticia cambió hasta la manera de mirar una casa
Las investigaciones de Suzette Celaya Aguilar sobre el desplazamiento reconstruyen el proceso mediante archivos y testimonios de antiguos habitantes. Entre 1963 y 1964 comenzó la salida definitiva.
Imaginar esa mudanza únicamente como traslado físico sería reducirla demasiado. Una familia podía empacar muebles, fotografías, ropa, herramientas y algunos objetos domésticos.
Pero ¿cómo se empaca un pueblo?
Una casa puede abandonarse.
Una calle no.
Puede transportarse una cama, pero no la habitación donde nacieron tres generaciones. Puede trasladarse una imagen religiosa, pero no necesariamente el templo que le daba sentido.
Incluso aquello que normalmente permanece cuando una persona se marcha planteaba ahora problemas insólitos. Las propiedades dejarían de ser utilizables porque el territorio mismo quedaría bajo el embalse.
Y el desplazamiento tampoco afectó de manera idéntica a todos.
No todos recibieron lo mismo
El gobierno estatal funcionó como mediador entre la Comisión Federal de Electricidad y los pobladores afectados, además de intervenir en la gestión de indemnizaciones.
Los estudios históricos muestran que los ofrecimientos no beneficiaron de manera uniforme a todos los grupos y que algunas personas consideraron insuficientes o inequitativas las alternativas disponibles.
Allí comenzó otra parte de la historia.
Los habitantes no se limitaron a recibir una orden, cobrar y desaparecer.
Diversos grupos comenzaron a organizarse para conseguir tierras donde pudieran reconstruir comunidades y continuar, material o simbólicamente, aquello que estaba a punto de hundirse.
Algunos buscaban nuevamente el río.
No era casualidad.
Habían vivido durante generaciones en un territorio donde agricultura y ganadería dependían de la relación con el agua. Mudarse a cualquier parcela no significaba recuperar esa forma de vida.
Así comenzaron gestiones que terminarían dando origen a San José de Batuc, Nuevo Tepupa y Nuevo Suaqui, asentamientos establecidos cerca del río Moctezuma y del nuevo embalse.
Otros desplazados tomaron caminos diferentes.
Surgieron también San Francisco de Batuc, Jacinto López, Coronel J. Cruz Gálvez y Suaqui de la Candelaria, entre otros destinos vinculados con antiguos habitantes.
Algunos llegaron a zonas rurales o costeras de Hermosillo.
Y allí apareció otra dificultad.
La tierra nueva no sabía hacer lo mismo
Mudarse no significaba solamente cambiar de dirección. Podía significar perder el oficio que una familia había aprendido durante generaciones.
Algunos desplazados terminaron en terrenos áridos donde reproducir agricultura y ganadería como las conocían resultaba considerablemente más difícil.
Las investigaciones sobre el proceso han documentado transformaciones productivas profundas. Personas acostumbradas al trabajo agrícola o ganadero tuvieron que incorporarse, por ejemplo, al jornal.
El agua había cubierto algo más que paredes.
Había inundado una economía cotidiana.
También había dispersado vecinos.
Una comunidad no está formada únicamente por individuos viviendo simultáneamente en un sitio. Está hecha de proximidades: quién vive enfrente, quién presta herramientas, dónde se compra, dónde se reza.
Al repartir habitantes entre destinos distintos, esas relaciones podían romperse aunque todas las personas consiguieran una vivienda nueva.
Por eso la fundación de nuevos asentamientos tuvo una dimensión que los estudios contemporáneos interpretan como resistencia.
No necesariamente resistencia para impedir la presa.
Resistencia para evitar que desaparecer bajo el agua significara desaparecer también como comunidad.
Batuc intentó llevarse una iglesia
En Batuc existía un edificio que condensaba buena parte de aquella memoria: el templo de San Francisco Javier.
Su historia venía de lejos. El pueblo tenía raíces misionales y, cuando la presa llegó, acumulaba aproximadamente 335 años de existencia.
El templo ya había sobrevivido a otro enemigo poderoso.
El terremoto de Bavispe de 1887.
Después sufrió deterioros y en 1935 colapsaron parcialmente las bóvedas de la nave. Aun así, parte de la construcción permanecía cuando comenzó la cuenta regresiva de 1964.
Entonces alguien tomó una decisión extraordinaria.
Si el edificio no podía salvarse completo, al menos una parte viajaría.
Elementos de su fachada fueron desmontados antes de la inundación. Las piedras fueron registradas para permitir posteriormente su reconstrucción fuera de Batuc.
El procedimiento transformó arquitectura en rompecabezas.
Lo que durante generaciones había sido una iglesia dejó momentáneamente de ser edificio y se convirtió en piezas capaces de viajar.
Piedras que habían permanecido inmóviles durante décadas terminaron separadas precisamente para evitar que el agua las borrara junto con todo lo demás.
Una parte de aquella fachada fue reconstruida posteriormente en Hermosillo como monumento dedicado a los pueblos desaparecidos.
La operación tiene algo conmovedor.
Antes de perder un pueblo, sus habitantes consiguieron rescatar un fragmento de su rostro.
Lo que nadie podía numerar
El problema era que no todo podía desmontarse.
Nadie podía colocar números sobre las esquinas de Batuc y reconstruirlas después en Hermosillo.
Tampoco podían transportarse las distancias entre una casa y otra, la sombra de determinada pared durante la tarde o el camino habitual hacia el río.
Tepupa y Suaqui enfrentaron la misma certeza.
Llegó el momento de marcharse.
Los habitantes salieron hacia nuevos destinos mientras las obras de El Novillo transformaban el valle en un futuro vaso de almacenamiento.
En 1964 quedó concluida la presa.
Batuc, Tepupa y Suaqui desaparecieron debajo del agua.
Un proyecto concebido para generar energía y administrar un enorme recurso hidráulico había modificado de manera irreversible el mapa humano del valle.
México ganó infraestructura.
Tres pueblos perdieron territorio.
Ambas cosas ocurrieron al mismo tiempo.
El agua guardó las ruinas
Podría pensarse que ése fue el final.
No exactamente.
Las presas también tienen memoria porque el nivel del agua cambia.
Durante periodos prolongados de sequía, cuando disminuye considerablemente el volumen almacenado en El Novillo, partes de las ruinas vuelven a quedar expuestas.
Entonces sucede algo difícil de contemplar sin emoción.
Lo que parecía haber desaparecido regresa.
Muros.
Piedras.
Restos de construcciones.
Fragmentos de calles que durante años estuvieron bajo el agua reaparecen cubiertos por sedimentos y décadas de silencio.
Para quien nunca vivió allí pueden parecer simplemente ruinas.
Para las familias originarias significan otra cosa.
Son coordenadas.
Alguien puede recordar dónde estaba una casa aunque la casa ya no exista. Otro reconoce aproximadamente una calle. Otro sabe hacia dónde quedaba la plaza.
El embalse se retira durante un tiempo y el antiguo mapa vuelve a insinuarse.
Después puede regresar el agua.
Las fiestas también supieron mudarse
Hay algo que El Novillo nunca consiguió inundar.
Las costumbres viajaron con las personas.
Una parte importante de los habitantes de Suaqui terminó estableciéndose en el municipio de Ures, particularmente en la comunidad de El Sauz.
Allí llevaron consigo la celebración de la Candelaria.
Décadas después, el INAH sigue estudiando precisamente esa continuidad cultural: una fiesta nacida en un territorio perdido que sobrevivió porque sus participantes pudieron transportarla.
La imagen es casi perfecta.
Las casas quedaron.
La fiesta salió caminando.
Eso explica por qué los nombres tampoco desaparecieron.
San José de Batuc.
Nuevo Tepupa.
Nuevo Suaqui.
San Francisco de Batuc.
Suaqui de la Candelaria.
Cada nombre funciona como una pequeña negativa a aceptar que inundar un territorio obliga también a borrar su memoria.
El pueblo que continúa debajo
La historia de El Novillo admite dos lecturas simultáneas y ninguna necesita cancelar a la otra.
La presa forma parte de la infraestructura hidráulica y eléctrica construida durante la modernización mexicana del siglo XX.
Pero esa infraestructura tuvo un costo territorial y humano concreto.
Batuc, Tepupa y Suaqui no eran espacios vacíos disponibles para convertirse en embalse. Eran comunidades con conflictos, economías, celebraciones y siglos de historia.
Sus habitantes tuvieron que reconstruir una parte de todo aquello en sitios nuevos.
Algunos consiguieron tierra.
Otros cambiaron de actividad.
Muchos terminaron lejos de los vecinos con quienes habían compartido el valle.
Y una iglesia tuvo que convertirse en piedras numeradas para que una pequeña parte de ella pudiera escapar.
Quizá allí se encuentra la diferencia entre mudar una casa y perder un pueblo.
De una casa pueden sacarse pertenencias.
De un pueblo también.
El problema comienza cuando llega el momento de decidir qué hacer con aquello que no cabe en ninguna camioneta.
Las calles tuvieron que quedarse.
El río también.
Y cuando finalmente subió el agua, tres nombres desaparecieron del mapa físico sin desaparecer completamente del mapa emocional de quienes habían vivido allí.
Batuc, Tepupa y Suaqui tuvieron que despedirse antes de morir. Sesenta años después, cuando la sequía hace retroceder El Novillo y algunas piedras vuelven a mirar el sol, Sonora descubre que aquellos pueblos nunca terminaron de irse.
