Concetta di Leone dejó marido, hijos y una vida acomodada para casarse con un aristócrata ruso. En 1936 lo mató en la Condesa y protagonizó un juicio donde México discutió amor, adulterio, honor y quién debía decidir cuándo un homicidio merecía clemencia.
La historia comenzó como podían comenzar ciertas novelas de entreguerras: una mujer casada, un aristócrata ruso, viajes europeos y una decisión capaz de romper una familia.
Terminó en una plaza de la colonia Hipódromo, con cuatro disparos, un hombre agonizante y una mujer intentando utilizar contra sí misma la misma pistola.
Entre ambas escenas estuvo Concetta di Leone, una mexicana de familia italiana cuya vida terminó convertida por los periódicos en una especie de melodrama aristocrático nacional.
Su nombre era Concepción. Concetta era la forma italiana con la que sería conocida públicamente y con la que entraría definitivamente en las páginas policiacas mexicanas.
Estaba casada con Juan de Velasco, jefe de compras de los ferrocarriles mexicanos. Llevaban trece años de matrimonio y tenían dos hijos cuando apareció Vladimir Nigeradze.
El ruso no llegó discretamente.
Según la reconstrucción realizada por la historiadora Elisa Speckman Guerra, Nigeradze visitó personalmente a Velasco para comunicarle que él y su esposa estaban enamorados.
Concetta confirmó aquella relación, se separó del hombre con quien había construido trece años de vida familiar y poco después contrajo matrimonio con el recién llegado.
El príncipe que había perdido un país
Vladimir Nigeradze se presentaba como descendiente de una familia georgiana vinculada con la nobleza rusa. Había servido en los ejércitos del zar antes del triunfo revolucionario.
La Revolución rusa había transformado brutalmente el mundo al que pertenecía. Miembros de aquella aristocracia abandonaron territorio, fortuna, privilegios y una estructura social que dejó de existir.
México terminó convirtiéndose en uno de los escenarios de esa diáspora. Allí Nigeradze encontró a una mujer dispuesta a modificar completamente su propia vida por él.
Concetta era culta y, según quienes escribieron sobre ella, poseía una belleza que después resultaría indispensable para la manera sensacionalista de contar su crimen.
Se adaptó al círculo social del nuevo marido. Viajaban frecuentemente a Europa y ella tomaba en México clases de equitación y, significativamente, también de tiro.
Había pasado de señora Velasco a princesa Nigeradze.
Pero los títulos aristocráticos pueden sobrevivir a una revolución con bastante mayor facilidad que las fortunas necesarias para sostenerlos.
La vida de princesa comenzó a quedarse sin dinero
El matrimonio llevaba una existencia costosa. Según los expedientes y testimonios estudiados por Speckman, esa forma de vida fue consumiendo el patrimonio disponible para Concetta.
También hubo inversiones en negocios emprendidos por Vladimir. Entre ellos figuró una fábrica de jabón que tampoco consiguió convertir el título nobiliario en seguridad económica.
La transformación fue notable.
La mujer que había dejado una vida familiar estable para seguir al príncipe terminó perdiendo progresivamente dinero, cercanía con sus hijos y finalmente también al marido.
Vladimir abandonó el domicilio conyugal y se instaló en un hotel. Frecuentaba además la casa del diplomático finlandés Leo Granroos y su esposa, Xenia Prochorova.
Concetta estaba convencida de que Vladimir mantenía una relación amorosa con Xenia. Los documentos permiten reconstruir escenas que parecen escritas para una película, pero ocurrieron realmente.
Concetta comenzó a seguir al hombre que la había abandonado.
Una noche lo encontró saliendo del cine acompañado por los Granroos. Ella lo golpeó con el bolso; Vladimir le sujetó violentamente una mano.
Después comenzó a esperar durante horas afuera del edificio donde estaba su marido, conformándose algunas veces, según declaró, simplemente con observarlo salir.
La princesa había terminado vigilando una puerta.
Una llamada desde una caseta telefónica
Una tarde Concetta vio a Vladimir entrar furtivamente en la casa de Xenia. Avisó a Leo Granroos, esperando que el marido descubriera aquella relación.
Esperó.
Nada ocurrió.
Entonces buscó una caseta telefónica y volvió a comunicarse con la casa. Primero pidió al diplomático que interviniera para conseguir que Vladimir regresara.
Después pudo hablar directamente con su marido.
Concetta le rogó volver.
Vladimir se negó.
Según el expediente judicial y las reconstrucciones periodísticas conservadas, le pidió que lo olvidara porque no tenía intención de regresar a su lado.
Aquella conversación importa porque pocas horas después los tribunales tendrían que preguntarse qué significaba jurídicamente todo lo que había sucedido antes del homicidio.
Concetta regresó a casa.
Allí tomó una pistola calibre 32.
Se la había regalado Vladimir.
Cuatro disparos en la Condesa
Concetta volvió al lugar donde esperaba encontrarlo. Sabía que Vladimir acostumbraba salir por las tardes acompañado por el diplomático finlandés.
Lo encontró en la plaza de Citlaltépetl, en la colonia Hipódromo-Condesa, el 28 de noviembre de 1936.
Disparó cuatro veces.
Vladimir cayó herido.
Los relatos recuperados del proceso describen entonces una escena desconcertante: Concetta se acercó al hombre que acababa de balear y continuó hablándole amorosamente.
Los testigos tuvieron que desarmarla cuando intentó utilizar la pistola contra sí misma.
Vladimir murió durante el traslado al hospital.
Concetta sufrió una crisis después de ser detenida. Durante horas no supo que su marido había muerto y fantaseaba con que volvería a visitarla.
Tres días después, ya recluida preventivamente en Lecumberri, una celadora tuvo que comunicarle que Vladimir Nigeradze no regresaría.
La princesa era ahora viuda.
Y homicida confesa.
La prensa encontró una novela
México había desarrollado para entonces una poderosa prensa policiaca. Reporteros llegaban rápidamente a los escenarios criminales y reconstruían relaciones, motivos y vidas privadas para lectores fascinados.
El caso de Concetta contenía prácticamente todos los ingredientes necesarios: aristocracia, adulterio, dinero perdido, belleza, diplomáticos extranjeros, una pistola y un matrimonio destruido.
Los periódicos hicieron el resto.
Concetta fue presentada como una mujer que había matado por amor. Fotografías, entrevistas y reconstrucciones convirtieron su tragedia matrimonial en espectáculo público.
Hasta aparecieron admiradores.
Un boxeador le escribió declarando que se había enamorado de ella al verla y ofreciéndose a acompañarla después de la desgracia.
La coincidencia temporal parecía construida por un novelista. Mientras Europa hablaba de Eduardo VIII y Wallis Simpson, México tenía su propia historia de plebeya y príncipe.
Concetta llegó incluso a disfrutar de aquella comparación.
Pero había una diferencia considerable.
Su historia no terminaría con una abdicación.
Terminaría en una Corte Penal.
El jurado que ya no existía
Aquí aparece la parte más extraordinaria del caso y también una corrección necesaria frente a muchas reconstrucciones demasiado rápidas de aquella época.
Concetta no compareció ante un jurado popular.
México había eliminado en 1929 ese sistema para los delitos comunes y lo sustituyó por Cortes Penales integradas por tres jueces profesionales.
El cambio era profundo.
Durante la época del jurado, ciudadanos comunes escuchaban testigos, peritos, fiscales y defensores. Los grandes procesos podían convertirse en auténticos espectáculos públicos.
Ahora tres hombres formados en derecho debían valorar pruebas, determinar responsabilidad, interpretar el Código Penal y decidir qué pena correspondía.
La pregunta parecía sencilla.
Concetta había disparado.
Vladimir había muerto.
Ella no negaba lo ocurrido.
Pero la justicia tenía que resolver algo bastante más complicado: ¿qué clase de homicidio había cometido aquella mujer y cuánto debía importar la infidelidad?
El extraño poder jurídico del adulterio
El Código Penal de 1931 contemplaba para el homicidio simple una pena de ocho a trece años de prisión y establecía sanciones mayores cuando existían agravantes.
Pero el propio ordenamiento conservaba figuras que podían modificar radicalmente las consecuencias cuando un cónyuge mataba al otro en circunstancias relacionadas con adulterio.
También existía entonces una discusión jurídica sobre la llamada defensa legítima del honor, concepto profundamente relacionado con las ideas sociales y sexuales de aquella época.
Hoy resulta necesario leer esas normas desde su contexto y no reproducir sus valores como si continuaran vigentes.
Durante décadas, buena parte de la sociedad había entendido el adulterio femenino como una mancha sobre el honor masculino y había tratado de manera diferente las infidelidades masculinas.
Los juristas comenzaban a discutir precisamente aquella desigualdad.
Algunos sostenían algo bastante moderno para la época: una persona podía dañar su propio honor mediante sus actos, pero no destruir el honor de otra.
La infidelidad del marido, bajo esa interpretación, no convertía automáticamente a la esposa en una mujer deshonrada ni justificaba que lo matara.
El caso Concetta llegó justamente mientras México estaba cambiando su manera de pensar esas cosas.
La defensa tenía que explicar cuatro balazos
José María Gutiérrez, abogado de Concetta, construyó una estrategia capaz de abrir distintas puertas jurídicas hacia una pena menor o incluso una absolución.
Una posibilidad consistía en argumentar que había actuado bajo una perturbación tan profunda que debía excluirse o reducirse su responsabilidad.
Intervinieron médicos.
Sus conclusiones fueron discutidas.
Finalmente, los peritos de la acusación consideraron que Concetta había experimentado una excitación emocional exagerada, pero no una condición que eliminara jurídicamente su responsabilidad.
Aquella puerta comenzó a cerrarse.
Quedaba el honor.
Su defensor sostuvo que Concetta había intentado recuperar a su esposo y que descubrir finalmente la relación con Xenia había producido una agresión contra su consideración social.
Pero Gutiérrez hizo algo todavía más interesante.
Invocó el recuerdo del jurado popular.
Tres jueces contra un fantasma
El defensor recordó que casos semejantes habían recibido históricamente respuestas indulgentes y sostuvo que la justicia profesional debía escuchar también el sentimiento de la sociedad.
Era un argumento extraordinario.
El jurado había desaparecido legalmente ocho años antes, pero seguía sentado simbólicamente dentro de la sala.
Durante años, acusados por homicidios vinculados con celos o adulterio habían buscado convencer a ciudadanos comunes mediante relatos emocionales sobre amor, traición y honor.
Ahora Gutiérrez intentaba conseguir un efecto parecido con tres especialistas en derecho.
La Tercera Corte Penal tardó aproximadamente ocho meses en resolver.
Los jueces rechazaron que Concetta hubiera actuado en un estado que eliminara su responsabilidad penal.
También rechazaron que estuviera defendiendo legítimamente su honor.
Consideraron que el adulterio del marido no destruía el honor de la esposa.
Y tampoco aceptaron inicialmente aplicar la figura atenuada relacionada con adulterio porque Concetta no había sorprendido a Vladimir durante el acto sexual.
El resultado fue contundente.
Homicidio simple.
Ocho años
La Corte Penal aplicó el mínimo correspondiente al homicidio simple y condenó a Concetta a ocho años de prisión.
Su reacción quedó atrapada en los periódicos.
Para la mujer que había vivido entre viajes europeos, equitación, negocios y círculos aristocráticos, ocho años parecieron una vida completa.
Su abogado protestó.
Consideraba que los jueces profesionales habían querido demostrar precisamente que podían ser más rigurosos que aquellos antiguos jurados acusados frecuentemente de dejarse seducir por emociones.
Gutiérrez presentó una apelación.
Y entonces ocurrió algo notable.
La justicia volvió a contar la misma historia de otra manera
Dos meses después, los magistrados del Tribunal Superior de Justicia revisaron el caso y coincidieron con una parte importante de la sentencia original.
Concetta seguía siendo responsable.
No había actuado en legítima defensa del honor.
Tampoco aceptaron que una alteración mental hubiera eliminado su responsabilidad.
Pero interpretaron de manera diferente la relación entre el homicidio y el descubrimiento del adulterio.
Consideraron posible aplicar la figura atenuada.
No era necesario, según aquella interpretación, sorprender físicamente a los amantes durante el acto sexual. Podía bastar con constatar la existencia de la relación.
Los magistrados consideraron que Concetta había alcanzado esa certeza aquella tarde, cuando vio entrar furtivamente a Vladimir en la vivienda de Xenia.
También tomaron en cuenta características personales que hoy resultan reveladoras del lenguaje judicial de aquella época: su educación, condición femenina, temperamento y posibilidades de rehabilitación.
La pena cambió radicalmente.
De ocho años pasó a dos.
Y esa condena permitió que Concetta obtuviera la libertad condicional.
La princesa salió pero la discusión se quedó
Los periódicos interpretaron aquella resolución como un regreso indirecto a la indulgencia que había caracterizado algunos veredictos del desaparecido jurado popular.
El fantasma había ganado parcialmente.
Pero la historia resulta mucho más interesante que decidir si los jueces fueron severos o compasivos.
Dos tribunales observaron los mismos cuatro disparos, el mismo cadáver, la misma mujer y prácticamente el mismo conjunto de acontecimientos.
Y llegaron a penas enormemente diferentes.
Eso ocurrió porque un proceso penal no debía responder solamente quién disparó.
También tenía que decidir cómo interpretar jurídicamente lo sucedido antes.
¿Cuándo se descubre realmente un adulterio?
¿La infidelidad de otra persona puede destruir nuestro honor?
¿Hasta dónde debe una ley escuchar los valores sociales de su época?
¿Debe un juez seguir literalmente las palabras del código o interpretar aquello que pretendió establecer el legislador?
Concetta obligó a la justicia mexicana a enfrentarse con todas esas preguntas.
Lo que realmente estaba sentado en el banquillo
Vista desde lejos, la historia puede reducirse fácilmente a una fórmula de nota roja: princesa celosa mata a príncipe infiel.
Eso fue precisamente lo que buena parte de la prensa de 1936 ayudó a construir.
Pero dentro del expediente había otra historia.
México estaba abandonando una manera de impartir justicia mientras todavía conservaba muchas de las ideas sociales que aquella justicia había utilizado durante décadas.
El jurado popular ya no existía.
El honor conyugal seguía discutiéndose.
El adulterio todavía tenía consecuencias penales.
Y las expectativas sobre cómo debía comportarse una mujer continuaban influyendo en la manera de observar tanto a víctimas como a acusadas.
Concetta llegó al proceso cargando también esas contradicciones.
Era simultáneamente presentada como princesa, esposa abandonada, mujer enamorada, homicida, víctima sentimental y protagonista de una novela fabricada por los periódicos.
Ninguna de esas palabras cambiaba un hecho.
Había matado a Vladimir Nigeradze.
Lo que podían cambiar era la forma en que la sociedad interpretaba por qué lo había hecho y cuánto castigo consideraba suficiente.
Quizá por eso su expediente sigue resultando fascinante noventa años después.
No conserva solamente la historia de un crimen.
Conserva una fotografía bastante incómoda de la sociedad que tuvo que juzgarlo.
Concetta di Leone entró a una Corte Penal acusada de matar a un príncipe. Cuando salió, México había dejado escrito algo mucho más revelador: cuánto podían pesar el amor, el adulterio y el honor cuando tres jueces tenían que convertirlos en años de prisión.
