Antes de internet hubo otra cosa que conectó simultáneamente al país. Cabía en una mochila, olía a papel nuevo y llegaba gratis al salón de clases.
Hubo una época en México en que comenzar la primaria significaba recibir algo que probablemente también tendría un niño situado a dos mil kilómetros de distancia.
No importaba demasiado si la escuela estaba en una ciudad enorme, una comunidad rural, el desierto norteño o algún pueblo perdido entre montañas del sur.
Sobre los pupitres aparecieron los mismos libros, con las mismas páginas, dibujos, ejercicios y lecturas esperando ser descubiertos por millones de manos diferentes.
Antes de las redes sociales, incluso antes de la televisión nacional plenamente extendida, México había encontrado una curiosa manera de compartir una misma pantalla: papel.
El país necesitaba millones
A finales de los cincuenta, el sistema educativo mexicano cargaba problemas enormes: cobertura insuficiente, desigualdad y familias para las cuales comprar materiales escolares representaba otro obstáculo.
Jaime Torres Bodet regresó entonces a la Secretaría de Educación Pública y promovió el Plan de Once Años para ampliar y mejorar la enseñanza primaria.
Dentro de aquel esfuerzo, el presidente Adolfo López Mateos creó el 12 de febrero de 1959 la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos.
La idea parecía sencilla hasta convertirla en números: había que escribir, imprimir, encuadernar, transportar y entregar millones de ejemplares prácticamente por todo México.
En julio de 1959 se convocó a impresores y encuadernadores para producir más de 17 millones de libros y materiales destinados al siguiente ciclo escolar.
Correos participó en aquella gigantesca mudanza de papel, llevando paquetes hacia las oficinas postales de los estados y territorios para completar posteriormente su distribución escolar.
Una niña recibió el primero
El 16 de enero de 1960, en una escuela rural de San Luis Potosí, comenzó simbólicamente una de las operaciones editoriales más grandes del país.
La niña María Isabel Cárdenas recibió ejemplares de Mi libro de primer año y Mi cuaderno de trabajo de primer año durante la ceremonia oficial.
Detrás de aquel gesto esperaba una escala gigantesca: solamente en primer grado estaban inscritos aproximadamente dos millones 11 mil alumnos durante aquel periodo lectivo.
Los materiales correspondientes debían llegar a más de 33 mil escuelas primarias distribuidas por el territorio nacional, según los registros históricos de la propia Conaliteg.
Durante 1960 se produjeron 19 títulos destinados a los alumnos y otros dos para maestros, dentro de aquella primera generación de materiales escolares.
Por primera vez, millones de niños podían recibir gratuitamente del Estado los libros necesarios para estudiar, independientemente de que sus familias pudieran comprarlos.
Todos tuvimos el mismo
Ahí comienza la parte de esta historia que no cabe completamente en los decretos, estadísticas, discursos presidenciales ni documentos conservados en los archivos.
Porque aquellos libros terminaron convirtiéndose en objetos personales precisamente después de haber sido fabricados para que millones de personas recibieran ejemplares prácticamente idénticos.
Había quien escribía cuidadosamente su nombre. Otros estrenaban el libro forrándolo con plástico, papel, periódico o cualquier protección que pudiera sobrevivir al ciclo escolar.
Después llegaban las esquinas dobladas, manchas, respuestas borradas, dibujos clandestinos, páginas desprendidas y esa misteriosa capacidad infantil para convertir cualquier personaje histórico en bigotón.
El libro pertenecía al sistema educativo mexicano hasta que un niño escribía su nombre en él. Desde ese momento comenzaba a pertenecer también a una familia.
Algunos terminaron heredados por hermanos menores. Otros sobrevivieron décadas dentro de cajas, libreros y roperos hasta convertirse accidentalmente en pequeñas cápsulas de infancia.
Abrir uno actualmente puede provocar algo extraño: quizá no recordemos la lección, pero reconocemos inmediatamente una ilustración que llevábamos medio siglo sin mirar.
La mujer que terminó siendo una generación
Existe además una portada que consiguió algo todavía más difícil: dejar de ser solamente cubierta de un libro para convertirse en recuerdo colectivo.
En las primeras ediciones de 1960 aparecieron obras de David Alfaro Siqueiros, Roberto Montenegro, Alfredo Zalce, Fernando Leal y Raúl Anguiano dedicadas a personajes históricos.
Poco después apareció una mujer sosteniendo un libro, acompañada por elementos simbólicos mexicanos. Era La Patria, obra del pintor Jorge González Camarena.
La imagen comenzó a utilizarse en los libros de texto durante los primeros años sesenta y terminó apareciendo en más de 350 títulos escolares.
Durante años aquella mujer observó desde millones de pupitres a niños aprendiendo multiplicaciones, descubriendo continentes, memorizando héroes nacionales o esperando desesperadamente el recreo.
Probablemente pocos conocían entonces el nombre de González Camarena. Tampoco sabían que Victoria Dorantes, una mujer tlaxcalteca, había servido como modelo para aquella figura.
No hacía falta saberlo. Para varias generaciones, aquella mujer tenía otro nombre mucho más sencillo: era la señora que aparecía en nuestros libros.
Una infancia distribuida por correo
El libro gratuito también produjo una experiencia nacional difícil de repetir porque México seguía siendo un país profundamente desigual, distante y complicado para comunicarse.
Dos niños podían vivir realidades completamente diferentes y, sin embargo, encontrarse aquella mañana frente a exactamente la misma lectura impresa en exactamente la misma página.
Uno podía estudiar bajo luces fluorescentes en una escuela urbana. Otro podía hacerlo en un salón rural donde llegar diariamente constituía una aventura considerable.
El libro no eliminaba aquellas desigualdades. Pensarlo sería convertir un objeto educativo en una solución mágica para problemas sociales mucho más grandes y persistentes.
Pero colocaba algo idéntico sobre ambos pupitres. Y esa pequeña igualdad material, repetida millones de veces, terminó construyendo una enorme memoria compartida.
El olor del primer día
Cada generación tuvo después sus propios libros. Cambiaron portadas, ilustradores, programas educativos, lecturas, ejercicios y maneras de explicar matemáticas, ciencias, historia o español.
En los setenta aparecieron artesanías y juguetes populares; durante los ochenta llegaron otras ilustraciones y posteriormente nuevas generaciones modificaron nuevamente aquella biblioteca escolar mexicana.
Por eso preguntar a alguien cómo eran sus libros gratuitos puede funcionar casi como preguntarle qué canciones escuchaba: la respuesta delata inmediatamente una generación.
La Conaliteg conserva actualmente un catálogo histórico donde pueden consultarse digitalmente aquellos materiales, incluidos ejemplares utilizados por padres, hijos y hasta algunos abuelos mexicanos.
La paradoja resulta preciosa: después de digitalizar millones de páginas para conservarlas, muchos seguimos recordando aquellos libros mediante una experiencia imposible de descargar.
El tacto áspero de ciertas hojas, una esquina doblada, el nombre escrito en la primera página y, sobre todo, aquel inconfundible olor a libro nuevo.
Era el olor de septiembre, del uniforme todavía entero, de los lápices con punta y de un ciclo escolar donde aún no habíamos reprobado absolutamente nada.
Millones recibimos ejemplares iguales. Después escribimos nuestros nombres, los rayamos, estudiamos, olvidamos lecciones y crecimos hasta convertir cada copia en algo completamente distinto.
El gobierno repartía libros iguales. Nosotros les metíamos la infancia adentro.
