Durante medio siglo, una fotografía exigió paciencia, preparación y bastante quietud. A finales del XIX apareció una tecnología que permitió perseguir algo nuevo: el instante.
Durante buena parte del siglo XIX, ponerse frente a una cámara significaba aceptar una orden que hoy parece extraña: durante algunos segundos, había que dejar de moverse.
No era solamente una costumbre solemne. Las técnicas fotográficas necesitaban exposiciones prolongadas y procedimientos complicados que convertían cada imagen en una pequeña operación química.
Por eso abundan aquellos antepasados inmóviles, mirando seriamente hacia ninguna parte, con las manos cuidadosamente colocadas y una expresión que parece prohibir cualquier movimiento inesperado.
La fotografía podía conservar una cara, una familia, una casa o un paisaje. Lo verdaderamente difícil era atrapar aquello que se negaba a quedarse quieto.
Un caballo corriendo, alguien saltando, una persona caminando o un charro ejecutando una suerte pertenecían todavía a ese territorio donde la cámara llegaba demasiado tarde.
Hasta que una pequeña placa de vidrio comenzó a cambiar las reglas.
Una fotografía que podía esperar
En 1871, el médico inglés Richard Leach Maddox desarrolló la emulsión de gelatino bromuro de plata conocida después como placa seca, perfeccionada por Charles Harper Bennet en 1878.
La innovación resolvía un problema formidable: el fotógrafo podía utilizar placas previamente preparadas, conservarlas y revelarlas después, sin cargar prácticamente un laboratorio hasta cada fotografía.
Con el antiguo colodión húmedo, en cambio, la placa debía sensibilizarse poco antes de fotografiar y revelarse mientras permanecía húmeda, complicando enormemente el trabajo fuera del estudio.
Pero la placa seca escondía una revolución todavía mayor. Su creciente sensibilidad permitió reducir considerablemente los tiempos de exposición y comenzar a congelar movimientos antes inalcanzables.
La nueva tecnología llegó a México en noviembre de 1880, cuando el fotógrafo jalisciense Octaviano de la Mora intentó obtener derechos sobre aquel procedimiento técnico.
No consiguió el privilegio solicitado, pero seis años después anunciaba placas capaces, según su publicidad, de producir retratos en 1/20 de segundo y vistas en 1/150.
La fotografía mexicana empezaba a descubrir algo que hasta entonces había resultado escurridizo: entre abrir y cerrar un obturador podía caber un pedacito de tiempo.
La cámara sale a la calle
El cambio tampoco ocurrió inmediatamente. Las investigaciones disponibles no han localizado fotografías instantáneas mexicanas de la década de 1880 que permitan afirmar que aquella posibilidad se aprovechó enseguida.
Las imágenes dinámicas más antiguas identificadas hasta ahora corresponden a finales de la década siguiente, cuando cámaras, placas, objetivos y obturadores habían mejorado considerablemente.
Una investigación de Brenda Ledesma Pérez sitúa en 1898 las fotografías mexicanas conservadas más antiguas localizadas hasta ahora con un interés reconocible por capturar el movimiento.
Para entonces también estaba cambiando el personaje situado detrás de la cámara: junto al fotógrafo profesional comenzaba a aparecer con mayor fuerza una criatura nueva, el aficionado.
Durante los años noventa crecieron los comercios especializados, aparecieron concursos y exposiciones fotográficas y surgió la Sociedad Fotográfica Mexicana, mientras tomar fotografías se volvía progresivamente accesible.
La Kodak, lanzada internacionalmente en 1888, estuvo disponible en México desde octubre de 1889 y representó perfectamente aquella transformación hacia cámaras cada vez más sencillas de utilizar.
El fotógrafo ya no necesitaba esperar siempre a que el mundo posara. Ahora podía salir a buscarlo.
Corre, que te tomo una foto
Los primeros aficionados experimentaron con aquello que tenían alrededor: personas caminando, carreras, saltos, paseos campestres y escenas cotidianas donde algo podía suceder inesperadamente.
También llevaron las cámaras hacia situaciones mucho más mexicanas. Aparecieron jaripeos, charrería, corridas de toros y espectáculos donde acertar el momento del disparo resultaba fundamental.
Había que anticiparse. El fotógrafo observaba al charro, al torero o al acróbata y trataba de accionar el obturador justamente cuando ocurría aquello que quería conservar.
Hoy hacemos esa operación casi inconscientemente. Sacamos un teléfono, tocamos una pantalla y obtenemos diez imágenes antes de decidir cuál de ellas merecía realmente existir.
Aquellos fotógrafos disponían de una oportunidad muchísimo más incierta. El instante podía quedar congelado, pero también convertirse simplemente en una mancha atravesando la fotografía.
Y sucedía con frecuencia.
Las primeras instantáneas mexicanas conservan figuras borrosas, encuadres imperfectos y errores de exposición que revelan fotógrafos aprendiendo una técnica nueva mediante un método antiquísimo: equivocarse repetidamente.
Esos defectos quizá ayudaron a que algunas imágenes fueran despreciadas durante años. Sin embargo, precisamente ahí se encuentra buena parte de su extraordinario valor histórico.
La belleza de una foto mal tomada
Una fotografía perfectamente inmóvil puede enseñarnos cómo lucía una persona. Una fotografía imperfecta de alguien corriendo puede mostrarnos, además, cómo comenzábamos a mirar el tiempo.
El barrido que entonces podía considerarse un fracaso constituye hoy una pequeña cicatriz tecnológica: la huella visible de una cámara intentando alcanzar algo demasiado rápido.
La instantánea también modificó los temas fotografiables. La vida cotidiana comenzó lentamente a competir con la solemnidad del estudio, el monumento y el paisaje cuidadosamente compuesto.
La cámara podía interesarse ahora por acontecimientos cuyo valor consistía precisamente en desaparecer: un salto, una carrera, una caída o el segundo culminante de una fiesta.
En aquella transformación existe además una genealogía inesperada. La posibilidad técnica de descomponer y estudiar movimientos mediante fotografías contribuyó al camino que terminaría desembocando en el cinematógrafo.
Antes de que las imágenes pudieran moverse delante de nuestros ojos, las cámaras tuvieron que aprender algo aparentemente más sencillo: conseguir que el movimiento dejara de escaparles.
Un segundo que nunca volvió
Resulta difícil imaginar aquella sorpresa desde una época capaz de producir miles de fotografías durante unas vacaciones y olvidarlas semanas después dentro de un teléfono.
Para aquellos primeros fotógrafos mexicanos, capturar una fracción de segundo todavía podía constituir una hazaña técnica y, algunas veces, un pequeño fracaso cubierto de manchas.
Pero justamente esas imágenes torcidas, borrosas o imperfectas conservan algo que los solemnes retratos de estudio difícilmente podían guardar: la sensación de que alguien estaba viviendo.
Hasta entonces, para entrar limpiamente en una fotografía había que concederle unos segundos a la eternidad y permanecer quieto mientras la cámara terminaba su trabajo.
A finales del siglo XIX ocurrió algo extraordinario.
La gente siguió caminando. Esta vez, el recuerdo consiguió alcanzarla.
