Cinco barcos zarparon buscando especias. Tres años después regresó uno con 18 hombres que habían conseguido algo que ninguno planeó al partir: rodear completamente la Tierra.
Cuando Fernando de Magallanes abandonó Sanlúcar de Barrameda el 20 de septiembre de 1519, no llevaba entre sus instrucciones una frase que dijera: den la vuelta al mundo.
Su misión era bastante más práctica y muchísimo más lucrativa: encontrar navegando hacia occidente una ruta española hasta las Molucas, las codiciadas islas de las especias.
Europa pagaba fortunas por clavo, nuez moscada, canela y otros productos asiáticos. Portugal dominaba las rutas orientales y España necesitaba encontrar su propia puerta marítima.
Magallanes creía que podía llegar navegando hacia poniente, atravesando América por algún paso todavía desconocido y continuando después hasta alcanzar aquellas islas asiáticas.
Carlos I aceptó el proyecto. Puso a disposición del navegante portugués cinco embarcaciones y una tripulación formada por hombres de distintas procedencias europeas.
Se llamaban Trinidad, San Antonio, Concepción, Santiago y Victoria. Ninguno de quienes las vieron partir podía imaginar que solamente una conseguiría regresar.
Había que encontrar una puerta
La flota cruzó el Atlántico, llegó a las costas americanas y comenzó a descender hacia lugares donde los mapas ofrecían cada vez menos respuestas.
Buscaban obsesivamente un paso. Cada bahía podía ser la entrada; cada nueva costa podía convertirse nuevamente en una pared que obligara a seguir hacia el sur.
En la bahía de San Julián, en la actual Patagonia argentina, el frío, el racionamiento y la incertidumbre provocaron un motín contra Magallanes.
El comandante logró sofocarlo, pero la expedición ya comenzaba a deshacerse. Poco después, la Santiago naufragó mientras realizaba una exploración de la costa.
Todavía faltaba encontrar aquello por lo que habían cruzado el Atlántico.
El 21 de octubre de 1520 las naves penetraron finalmente en un complicado corredor marítimo que tardaron aproximadamente un mes en atravesar.
Era el paso entre el continente sudamericano y Tierra del Fuego. Aquel laberinto terminaría llevando para siempre el apellido del hombre que lo atravesó: Magallanes.
Pero otra nave desapareció durante la travesía. La San Antonio desertó y regresó a España, llevándose hombres y una parte importante de los víveres.
De las cinco embarcaciones originales, solamente tres salieron de aquel estrecho hacia un océano cuya verdadera dimensión los europeos todavía no comprendían.
El océano demasiado grande
Magallanes llamó Pacífico a aquel mar debido a las condiciones favorables encontradas inicialmente. El nombre resultaría bastante más amable que la experiencia de atravesarlo.
La tripulación esperaba alcanzar pronto nuevas tierras. En cambio, pasó aproximadamente tres meses navegando sin encontrar lugares suficientes donde reabastecerse adecuadamente.
Comenzaron el hambre, el escorbuto y las muertes. Antonio Pigafetta, cronista de la expedición y uno de sus supervivientes, dejó testimonio de aquella travesía.
Los alimentos frescos desaparecieron. La tripulación terminó recurriendo a provisiones deterioradas mientras el océano continuaba apareciendo cada mañana exactamente donde había terminado la noche anterior.
Aquella travesía produjo uno de los grandes descubrimientos involuntarios del viaje: el Pacífico era muchísimo más extenso de lo que los cálculos europeos habían supuesto.
Finalmente alcanzaron las islas Marianas y después Filipinas. Habían sobrevivido al océano, pero Magallanes no sobreviviría a lo que ocurrió en tierra.
El hombre que empezó el viaje no lo terminó
El 27 de abril de 1521, Magallanes intervino en un enfrentamiento en la isla filipina de Mactán y murió combatiendo contra los hombres de Lapulapu.
El navegante que había encontrado el estrecho y atravesado el Pacífico cayó cuando todavía faltaban miles de kilómetros para completar aquella historia.
La expedición continuó sufriendo bajas hasta encontrarse con un problema elemental: ya no quedaban suficientes hombres para operar adecuadamente las tres embarcaciones restantes.
La Concepción fue entonces abandonada y quemada. De aquella flota que había partido orgullosamente desde España sobrevivían solamente la Trinidad y la Victoria.
En noviembre de 1521 llegaron finalmente a las Molucas. Después de más de dos años, habían alcanzado el lugar que justificaba económicamente toda aquella expedición.
Cargaron clavo. Podrían haber considerado cumplida la misión.
Pero regresar a casa todavía significaba decidir por dónde.
Dos barcos intentaron volver
La Trinidad sufrió graves problemas y quedó imposibilitada para iniciar inmediatamente el regreso. Después intentaría atravesar nuevamente el Pacífico, pero fracasaría y terminaría capturada.
La Victoria tomó una decisión diferente: regresar hacia España continuando hacia occidente, atravesando rutas controladas por los portugueses y bordeando posteriormente África.
Al mando quedó Juan Sebastián Elcano, marino nacido en Getaria que había comenzado aquella expedición como maestre de la Concepción, muy lejos del mando principal.
La decisión transformó el viaje. Sin haber salido para hacerlo, aquellos hombres estaban a punto de convertir su regreso en una circunnavegación completa del planeta.
Ya no podían simplemente navegar. También tenían que evitar a los portugueses, porque transportaban un cargamento obtenido dentro de rutas comerciales ferozmente disputadas.
La Victoria atravesó el océano Índico, dobló el cabo de Buena Esperanza y comenzó a remontar el Atlántico prácticamente convertida en un barco enfermo.
Un barco que se estaba acabando
El viaje de regreso fue una larga operación de supervivencia. Faltaban alimentos, aparecieron enfermedades y el casco necesitaba atención constante mientras continuaban las muertes.
Durante semanas sobrevivieron fundamentalmente con arroz y agua. Algunos tripulantes murieron cuando España estaba ya mucho más cerca que las Molucas que habían dejado atrás.
En Cabo Verde, territorio portugués, intentaron conseguir alimentos ocultando cuidadosamente de dónde procedían. Allí descubrieron además que sus cuentas del calendario tenían un día de diferencia.
Habían navegado alrededor del planeta siguiendo al Sol hacia occidente. Sin saberlo, aquella diferencia temporal era otra prueba de lo que acababan de hacer.
Los portugueses descubrieron finalmente el engaño y detuvieron a trece hombres. La Victoria tuvo que marcharse precipitadamente y dejarlos atrás para evitar ser capturada.
El barco continuó hacia España haciendo agua. Sus tripulantes utilizaban bombas y hasta recipientes improvisados para mantener a flote aquella embarcación que parecía empeñada en terminar también.
Dieciocho
El 6 de septiembre de 1522 apareció finalmente Sanlúcar de Barrameda frente a los supervivientes. Habían transcurrido casi exactamente tres años desde la partida.
De las cinco embarcaciones que habían iniciado el viaje, solamente regresaba una. De aproximadamente 239 hombres que salieron de Sevilla, iban dieciocho a bordo.
Entre ellos estaban Juan Sebastián Elcano y Antonio Pigafetta. Eran marineros, grumetes, pilotos, artilleros y hombres procedentes de distintos lugares de Europa.
Dos días después, la Victoria remontó el Guadalquivir hasta Sevilla. Sus tripulantes habían recorrido más de 14 mil leguas atravesando tres océanos.
El barco llegaba maltrecho, pero llevaba clavo suficiente para demostrar también que aquella aventura imposible había conseguido alcanzar su objetivo comercial original.
Carlos I concedería posteriormente a Elcano un escudo con un globo terráqueo acompañado por una frase latina extraordinariamente sencilla: Primus circumdedisti me.
Fuiste el primero que me dio la vuelta.
El mundo tenía un día menos
Aquellos hombres no descubrieron que la Tierra fuera esférica. Esa idea era conocida desde la Antigüedad y aceptada por los europeos instruidos de su época.
Lo que consiguieron fue diferente: completar documentalmente por primera vez una navegación continua alrededor del planeta y revelar mediante la experiencia sus dimensiones oceánicas.
Habían partido buscando una ruta comercial. Encontraron un estrecho, atravesaron un océano gigantesco, perdieron a su comandante y vieron desaparecer cuatro de sus cinco barcos.
También dejaron tras de sí violencia, enfrentamientos y el comienzo de nuevas conexiones imperiales y comerciales cuyos efectos sobre numerosos pueblos serían profundos y frecuentemente destructivos.
La primera circunnavegación pertenece simultáneamente a la historia de la exploración, del comercio, de los imperios y de una globalización marítima que transformaría el planeta.
Pero existe una forma mucho más sencilla de imaginarla.
El 20 de septiembre de 1519, cientos de hombres salieron de Sanlúcar mirando hacia el oeste porque querían encontrar las islas de las especias.
Casi tres años después, dieciocho regresaron en un barco destrozado.
Habían seguido navegando hacia adelante hasta descubrir que, tarde o temprano, adelante terminaba convirtiéndose otra vez en casa.
