Antes de que lleváramos una cámara en el bolsillo, hacerse un retrato era un acontecimiento. En Fresnillo, el Estudio Fotográfico Sánchez Ortega convirtió esa ceremonia en un archivo de más de 130 mil negativos: el rostro de una ciudad guardado durante generaciones.
Hubo un tiempo en que para tomarse una fotografía había que prepararse.
Peinarse.
Ponerse la ropa buena.
Acomodarse el cuello de la camisa.
Llegar al estudio.
Sentarse.
Mirar a la cámara.
Y quedarse quieto.
En 1936, Ricardo Sánchez y su esposa, Carmen Camacho, abrieron en Fresnillo, Zacatecas, el Estudio Fotográfico Sánchez Ortega. Lo que comenzó como un negocio familiar terminó convirtiéndose en algo bastante más grande: un sitio al que generaciones de fresnillenses acudieron para dejar constancia de que habían estado aquí.
El archivo llegó a reunir más de 130 mil placas de negativos y posteriormente dio origen a la Fototeca del Estado de Zacatecas “Pedro Valtierra”. Actualmente se encuentra en proceso de catalogación y digitalización.
Pero ningún dato explica el lugar que ocupó el estudio tan bien como una frase recogida por el INAH de la memoria popular:
todo fresnillense que se precie de serlo tiene un retrato del Estudio Fotográfico Sánchez Ortega.
Cuando una foto tenía que salir bien
La fotografía era otra cosa cuando era escasa.
Hoy podemos retratar el desayuno, al perro, nuestros zapatos, una nube y nuestra propia cara 14 veces antes del mediodía.
Tomamos una fotografía.
No nos gusta.
Otra.
Tampoco.
Otra.
En el mundo del estudio fotográfico, la cámara exigía algo que nuestros teléfonos abolieron: cierta ceremonia.
Uno comparecía ante ella.
Por eso esos viejos retratos tienen una extraña solemnidad. La gente no parece estar simplemente posando.
Parece estar declarando:
éste soy yo.

130 mil pequeñas eternidades
Un archivo fotográfico de estas dimensiones no conserva únicamente caras.
Conserva maneras de presentarnos ante los demás.
La ropa que considerábamos elegante. El peinado correcto. La distancia entre dos personas. La postura de un niño al que probablemente acababan de ordenar que se estuviera quieto.
Cada imagen detuvo unos segundos.
Juntas pueden detener décadas.
Por eso el archivo Sánchez Ortega no pertenece solamente a la historia de la fotografía mexicana. Pertenece también a la memoria de Fresnillo.
Antes de las historias de Instagram, de la nube y de los teléfonos capaces de almacenar miles de imágenes, una familia podía guardar cuidadosamente unas cuantas fotografías durante toda una vida.
Quizá tomábamos menos porque cada una tenía que significar más.
Hoy producimos imágenes como nunca.
La pregunta será si dentro de ochenta años alguien podrá abrir nuestro teléfono y encontrarnos.
En Fresnillo, por fortuna, quedaron 130 mil oportunidades.
