Un pequeño jalador para limpiar ventanas fue el salvavidas
El 11 de septiembre de 2001, seis hombres quedaron atrapados en un elevador de la Torre Norte del World Trade Center. Para escapar tuvieron que atravesar una pared. Entre las herramientas que utilizaron había algo mucho menos heroico: el mango de un jalador para limpiar cristales. Hoy está en un museo.
El objeto que ayudó a salvar seis vidas el 11 de septiembre de 2001 cabe en una mano.
Es un pedazo de latón de unos diez centímetros. Alguna vez fue el mango de un jalador para limpiar ventanas. Ya no tiene goma ni hoja y, mirado detrás del cristal de un museo, cuesta imaginar que sirviera para algo más importante que quitar agua de una ventana.
Pero seis hombres tuvieron que imaginarlo.
Estaban atrapados dentro de un elevador de la Torre Norte del World Trade Center.
Y detrás de las puertas había una pared.
Un elevador entre dos pisos
Jan Demczur era inmigrante polaco y trabajaba como limpiador de ventanas en el World Trade Center. La mañana del 11 de septiembre de 2001 subió a un elevador expreso de la Torre Norte acompañado por otros cinco hombres.
A las 8:46, el vuelo 11 de American Airlines se estrelló contra el edificio.
El elevador en el que viajaban se detuvo alrededor del piso 50.
Los hombres consiguieron abrir las puertas, pero descubrieron que la cabina había quedado entre dos niveles. No había vestíbulo al otro lado.
Había muro.
Quedarse dentro tampoco parecía una opción.
Entonces comenzaron a romper.
Demczur llevaba las herramientas de su oficio. Entre ellas estaba el jalador que utilizaba para limpiar los enormes cristales del complejo.
Primero emplearon una pieza metálica para cortar el panel de yeso. La herramienta cayó por el hueco del elevador.
Quedaba el mango de latón.
Y con eso continuaron.
Un agujero en la pared
Los hombres se turnaron.
Golpearon, rasparon y perforaron varias capas de panel. El mango que normalmente servía para empujar una goma contra un cristal se convirtió en una herramienta para abrir una salida.
No sabían exactamente qué encontrarían al otro lado.
Después de alrededor de hora y media de trabajo consiguieron hacer un hueco de unos 18 por 20 pulgadas.
Lo atravesaron.
Habían llegado a un baño de hombres.
La abertura apareció debajo de un lavabo.
Uno detrás de otro, los seis salieron por allí y buscaron las escaleras para abandonar la Torre Norte.
El edificio se derrumbó a las 10:28 de la mañana.
Ellos habían conseguido salir poco antes.

El mango volvió a casa
Demczur sobrevivió y regresó con su familia.
Entre el desconcierto de aquel día ocurrió algo que él mismo no había advertido: después de utilizar el mango para atravesar la pared, lo había guardado en un bolsillo.
No pensó más en él.
Semanas después, su esposa encontró la herramienta entre el uniforme sucio que Demczur había usado el 11 de septiembre.
Ahí estaba.
Un pequeño mango de latón ennegrecido y golpeado que normalmente habría tenido una vida perfectamente anónima: ventanas, agua, jabón, cubetas.
Pero ya no era una herramienta cualquiera.
El Smithsonian terminó incorporándolo a su colección.
El National Museum of American History conserva también otras pertenencias de Demczur relacionadas con aquella mañana: su camisa de trabajo, pantalones, zapatos y el estuche de cuero donde llevaba sus herramientas.
El mango mide apenas unos 10 por 13.5 centímetros.
Marca Ettore.
Latón.
Sin goma.
Sin hoja.
Las cosas pequeñas que quedan
Del 11 de septiembre quedaron algunas de las imágenes más reconocibles de nuestra época: las torres incendiadas, las columnas de humo sobre Manhattan, personas corriendo cubiertas de polvo, bomberos entrando mientras miles intentaban salir.
También quedaron objetos.
Una identificación.
Un teléfono.
Un zapato.
Un pedazo de avión.
Una herramienta de trabajo.
Son cosas demasiado pequeñas para explicar una tragedia de aquella dimensión, pero suficientemente grandes para conservar una historia.
El jalador de Jan Demczur no detuvo un avión ni sostuvo un edificio.
Ni siquiera abrió por sí solo aquella pared.
Hubo seis hombres detrás del esfuerzo.
Lo único extraordinario fue que, cuando prácticamente todo para lo que había sido fabricado dejó de importar, todavía encontraron algo que podían hacer con él.
Romper una pared.
Hacer un agujero.
Y salir.
