Por cada barril de crudo que Pemex exportó en julio, importó prácticamente otro de gasolina o diésel. La escalada internacional dispara el valor del petróleo mexicano, pero también encarece una dependencia energética que el gobierno intenta mantener lejos del consumidor mediante estímulos fiscales.
Hay dos barriles cruzándose en sentidos contrarios por la frontera energética de México.
Uno sale como petróleo crudo.
El otro regresa convertido en gasolina o diésel.
No son, por supuesto, los mismos barriles. Pero las cifras de Pemex permiten construir una fotografía incómodamente precisa de la paradoja energética mexicana: durante julio de 2026, la empresa exportó un promedio de 449 mil 585 barriles diarios de petróleo crudo y, simultáneamente, importó 444 mil 407 barriles diarios de gasolinas y diésel.
La proporción es casi perfecta.
Por cada barril de crudo exportado, entraron aproximadamente 0.99 barriles de esos dos combustibles.
La diferencia importa ahora que la escalada bélica entre Estados Unidos e Irán volvió a disparar los precios internacionales del petróleo y colocó a la Mezcla Mexicana de Exportación en 90.94 dólares por barril el 4 de septiembre, frente a los 79.90 dólares registrados apenas una semana antes.
En principio, es una estupenda noticia para un país petrolero.
El problema es que México ya no cabe cómodamente en esa definición.
El barril que sale vale más
Pemex obtuvo en julio un precio promedio de 74.662 dólares por barril de petróleo exportado. Si mantuviera el volumen de ese mes y pudiera venderlo alrededor de los 90.94 dólares alcanzados esta semana, la diferencia representaría aproximadamente 7.3 millones de dólares adicionales de ingresos brutos cada día.
En un ejercicio de 30 días serían alrededor de 220 millones de dólares adicionales.
No son utilidades y tampoco dinero garantizado para el gobierno. Es una estimación que supone constantes del volumen exportado, los diferenciales comerciales y otras condiciones.
Pero muestra claramente el primer efecto del petróleo caro: Pemex obtiene más dinero por el crudo que vende.
Además, los 90.94 dólares actuales están extraordinariamente lejos de los 55.3 dólares por barril utilizados como referencia fiscal para 2026.
Hasta ahí funciona la vieja ecuación mexicana: sube el petróleo, aumentan los ingresos petroleros.
Entonces aparece el otro barril.
El que entra también cuesta
Durante julio Pemex importó diariamente 353 mil 912 barriles de gasolinas y 90 mil 495 de diésel.
En conjunto: 444 mil 407 barriles diarios.
La factura mensual fue de mil 799.3 millones de dólares: mil 409.1 millones por gasolinas y 390.2 millones por diésel.
Ese mismo mes, las exportaciones mexicanas de petróleo crudo produjeron ingresos por mil 40.6 millones de dólares.
La comparación debe hacerse con cuidado: no representa la balanza petrolera completa de México, porque existen otros productos importados y exportados.
Pero sí permite dimensionar las dos operaciones que están en el corazón de esta paradoja.
En julio, Pemex gastó 758.7 millones de dólares más comprando gasolina y diésel de lo que recibió por sus exportaciones de petróleo crudo.
Y eso ocurrió antes del actual salto de precios.
México conserva petróleo, infraestructura de refinación y una de las empresas petroleras más grandes del continente, pero todavía depende considerablemente del combustible producido en el exterior.
Por eso un barril caro puede beneficiarlo y perjudicarlo al mismo tiempo.
¿Cuánto tendría que subir el combustible para comerse la ganancia?
Aquí conviene no hacer trampas con los números.
Que el petróleo mexicano aumente 10 dólares no significa que automáticamente la gasolina importada aumentará exactamente 10 dólares por barril. Los combustibles refinados tienen sus propios mercados, cotizaciones, costos y márgenes.
Pero podemos calcular la sensibilidad.
Con los volúmenes importados durante julio, cada dólar adicional por barril en el costo promedio conjunto de gasolina y diésel representaría aproximadamente 13.3 millones de dólares adicionales al mes para México.
Cinco dólares serían unos 66.7 millones.
Diez dólares, aproximadamente 133 millones.
Quince dólares, cerca de 200 millones.
El ingreso bruto adicional potencial que produciría exportar petróleo a 90.94 dólares en lugar del precio promedio obtenido en julio ronda los 220 millones mensuales.
Eso coloca un punto de referencia revelador: si el costo promedio de las importaciones de gasolina y diésel aumentara alrededor de 16.5 dólares por barril, ese encarecimiento sería suficiente, por sí solo, para absorber aproximadamente el ingreso bruto adicional obtenido por exportar crudo más caro, manteniendo constantes los volúmenes.
No significa que ya haya ocurrido.
Significa que México tiene dos puertas abiertas al mercado petrolero internacional y el dinero puede circular en sentidos opuestos por ellas.
La gasolina que no sube
El consumidor mexicano, mientras tanto, contempla una realidad bastante diferente.
La gasolina regular se ha mantenido alrededor de 23.7 pesos por litro, dentro de la estrategia gubernamental que busca conservarla por debajo de los 24 pesos en la mayor parte del país.
Mientras el petróleo internacional sube, el número colocado frente a muchas estaciones de servicio permanece extraordinariamente estable.
No es magia.
Tampoco significa que el aumento internacional haya desaparecido.
Significa que existen mecanismos colocados entre el mercado petrolero y el bolsillo del automovilista.
Uno de los principales es el IEPS.
Hacienda mete el hombro
Cada semana la Secretaría de Hacienda determina qué proporción del Impuesto Especial sobre Producción y Servicios aplicado a los combustibles dejará de cobrar mediante estímulos fiscales.
Cuando aumenta el estímulo, Hacienda renuncia a una parte mayor del impuesto para amortiguar la presión sobre el precio.
Durante la semana del 27 de junio al 3 de julio, el estímulo era de 8.73% para la gasolina regular y 14.63% para el diésel.
Para la semana del 5 al 11 de septiembre, las proporciones alcanzaron 31.45% para la Magna y 90.78% para el diésel.
El segundo dato merece detenerse.
Hacienda está dejando de cobrar mediante estímulo más de nueve décimas partes del IEPS correspondiente al diésel.
Y el diésel no sólo mueve automóviles.
Mueve camiones, mercancías, autobuses, maquinaria y buena parte de la actividad que posteriormente aparece incorporada en el precio de los productos.
Contenerlo es también una manera de intentar contener la inflación.
¿Cuánto cuesta mantener quieto el precio?
La Cabeza de Ratón realizó un ejercicio para dimensionar la renuncia fiscal.
Tomamos los volúmenes de ventas internas de Pemex reportados para julio —639 mil 177 barriles diarios de Magna, 136 mil 450 de Premium y 358 mil 697 de diésel—, los convertimos a litros y aplicamos los estímulos fiscales vigentes del 5 al 11 de septiembre.
El resultado no constituye una cifra oficial de Hacienda ni un pronóstico de recaudación. Los volúmenes reales pueden cambiar y el mercado total no necesariamente coincide exactamente con las ventas utilizadas en el ejercicio.
Sirve para establecer un orden de magnitud.
Con esas condiciones, los estímulos representarían aproximadamente 625 millones de pesos diarios de IEPS no cobrado.
Alrededor de 4 mil 370 millones de pesos en siete días si los volúmenes permanecieran semejantes a los observados en julio.
Y aproximadamente seis de cada diez pesos de esa renuncia fiscal estimada corresponderían al diésel.
El petróleo caro está dejando dinero adicional por una puerta.
Hacienda está dejando de cobrarlo por otra.
Entonces, ¿México gana o pierde?
La respuesta sencilla sería también la menos precisa.
México no tiene una sola caja.
Pemex gana ingresos adicionales cuando vende petróleo más caro.
Pemex también enfrenta una factura considerable porque importa combustibles cuyos precios están vinculados al mismo mercado energético internacional.
Hacienda puede recibir mayores ingresos petroleros y simultáneamente sacrificar recaudación mediante estímulos fiscales.
El consumidor obtiene, por ahora, cierta protección frente al shock internacional en la estación de servicio.
Y la economía enfrenta el riesgo de que un conflicto ocurrido a más de 12 mil kilómetros termine viajando hasta México escondido dentro del precio del transporte, un boleto de avión, una mercancía o los alimentos.
Por eso sería incorrecto afirmar simplemente que a México le conviene un barril de petróleo cercano a los 100 dólares.
También sería incorrecto afirmar lo contrario.
La estructura energética mexicana ha construido una contradicción bastante más interesante.
México vende petróleo caro y compra caro parte de lo que se obtiene después de refinarlo.
Dos barriles
Regresemos entonces a julio.
449 mil 585 barriles diarios de petróleo crudo salieron del país.
444 mil 407 barriles diarios de gasolina y diésel entraron.
Dos flujos prácticamente equivalentes viajando en direcciones contrarias.
Uno explica por qué el gobierno puede celebrar el incremento del valor de las exportaciones petroleras.
El otro explica por qué no puede celebrarlo demasiado.
Y entre ambos está el automovilista frente a una bomba de gasolina mirando un precio de 23 pesos y centavos por litro.
Detrás de ese número aparentemente inmóvil están una guerra, el mercado internacional del petróleo, las exportaciones de Pemex, las importaciones de combustibles y miles de millones de pesos de impuestos que el gobierno decide cobrar o dejar de cobrar.
La paradoja mexicana cabe, finalmente, en una imagen muy sencilla: vendemos un barril y casi compramos otro.
