Pilar Roldán descubrió la esgrima en las páginas de Alejandro Dumas. Años después entró con un florete a México 68 y salió convertida en la primera mexicana medallista olímpica.
Antes del florete hubo un libro.
Pilar Roldán tenía 13 años cuando leyó Los tres mosqueteros. D’Artagnan, Athos, Porthos y Aramis consiguieron algo inesperado: hacerle querer una espada.
No era precisamente una niña alejada del deporte. Había nacido en 1939 dentro de una familia donde competir formaba parte natural de la conversación doméstica.
Su padre, Ángel Roldán, había representado a México en Copa Davis. Su madre, María Tapia, había ganado medallas internacionales practicando también tenis.
Pilar comenzó precisamente con una raqueta y llegó a ocupar posiciones destacadas entre las juveniles mexicanas. Pero Alejandro Dumas ya había metido otra idea dentro de aquella casa.
Pidió aprender esgrima.
Sus padres consiguieron equipo y entrenamiento. Ángel hizo algo todavía más extraño: comenzó a practicar esgrima para poder ayudar a su hija.
La afición terminó llevándolo hasta la selección olímpica mexicana de Roma 1960.
El libro estaba produciendo consecuencias.
Una adolescente rumbo a Melbourne
Pilar progresó extraordinariamente rápido. En 1956, con apenas 17 años, representó a México en los Juegos Olímpicos de Melbourne en florete individual.
Cuatro años después regresó a los Juegos en Roma. Allí consiguió otro pequeño lugar en la historia: fue la primera mujer que encabezó como abanderada una delegación olímpica mexicana.
Su padre también compitió aquel año en esgrima. Aquella aventura iniciada por una adolescente lectora había terminado colocando juntos a padre e hija dentro de unos Juegos Olímpicos.
Después llegaron triunfos continentales, matrimonio, maternidad y una interrupción competitiva. Pilar se retiró durante un tiempo mientras formaba una familia.
Entonces México consiguió algo que cambió sus planes.
Los Juegos Olímpicos de 1968 serían en casa.
Pilar volvió.
La Sala de Armas
El florete femenino reunió en México a 38 competidoras de 16 países. Entre ellas estaba la campeona olímpica vigente, la húngara Ildikó Rejtő-Ujlaky.
También competía Yelena Novikova, una soviética de 21 años que estaba disputando sus primeros Juegos y terminaría convirtiéndose en una de las grandes figuras de aquella prueba.
Pilar avanzó hasta la ronda final. Allí seis mujeres disputarían entre sí los combates que determinarían las medallas dentro de la Sala de Armas Fernando Montes de Oca.
Ya no había mosqueteros.
Había seis mujeres con floretes, caretas, chaquetillas blancas y una mexicana que competía frente a un público que entendía perfectamente lo que estaba ocurriendo.
Novikova consiguió el oro. Pilar terminó por delante de Rejtő-Ujlaky y obtuvo la plata.
Entonces apareció la verdadera dimensión de aquella medalla.
La primera
México participaba en los Juegos Olímpicos modernos desde principios del siglo XX. Había conseguido medallas en polo, boxeo, equitación, clavados y otras disciplinas.
Ninguna había sido ganada por una mujer mexicana.
Hasta Pilar.
Su plata en florete individual la convirtió en la primera mexicana que consiguió una medalla olímpica. Cuatro días después, María Teresa Ramírez obtendría bronce en natación.
México terminó aquellos Juegos con nueve preseas. Fue una edición extraordinaria para el deporte nacional, llena de nombres que terminarían instalados en la memoria colectiva.
Pero la medalla de Pilar conserva una particularidad.
Sigue siendo, hasta hoy, la única presea olímpica conseguida por México en esgrima.
El libro
Quizá por eso resulte tan tentador comenzar esta historia en el podio. Una mujer mexicana, uniforme blanco, medalla de plata y unos Juegos Olímpicos celebrándose en su país.
Pero La Alforja permite abrir otro cajón.
Allí no aparece primero una medalla.
Aparece una adolescente leyendo una novela publicada más de un siglo antes, imaginando duelos que ocurrían en una Francia que jamás había conocido.
La literatura hizo el primer movimiento. Después vinieron entrenamientos, viajes, competencias, derrotas, regresos y finalmente aquella tarde de octubre de 1968.
Pilar Roldán no terminó convirtiéndose en mosquetera. Hizo algo bastante más difícil: aprendió que detrás de aquellas aventuras existía un deporte extraordinariamente preciso.
Y lo dominó hasta alcanzar un podio olímpico.
Entre todos los caminos posibles hacia una medalla existe uno particularmente hermoso: abrir un libro, encontrar allí algo que todavía no sabemos nombrar y comenzar a perseguirlo.
Pilar tenía 13 años cuando abrió Los tres mosqueteros.
D’Artagnan nunca supo que estaba entrenando a la primera medallista olímpica mexicana.
