A 290 metros de profundidad, la mina de Naica escondía cristales de hasta once metros. Para construirlos, la naturaleza utilizó una herramienta desesperante: tiempo.
Durante generaciones, los mineros descendieron bajo la Sierra de Naica buscando plomo, zinc y plata. Sin saberlo, trabajaban encima de algo bastante más extraño.
La montaña guardaba cavidades donde el yeso había hecho exactamente lo contrario que nosotros: crecer tan lentamente que cualquier existencia humana resultaba insignificante para medirlo.
En 2000, trabajos de exploración alcanzaron nuevas cavidades aproximadamente 290 metros bajo tierra. Una de ellas parecía pertenecer a otro planeta.
Del suelo y las paredes surgían enormes cristales transparentes de selenita. Algunos atravesaban la cavidad como columnas derribadas dentro de una catedral imposible. Boletín SGM
Los mayores alcanzaban once metros de longitud y aproximadamente un metro de grosor. Algunas estimaciones sitúan su peso hasta en 55 toneladas. Revista ¿Cómo ves?
Un cristal podía medir aproximadamente lo mismo que un autobús.
La pregunta inevitable era bastante sencilla: ¿cómo demonios crece algo así?
La montaña encontró la temperatura perfecta
La respuesta estaba debajo de los cristales. La historia geológica de Naica incluye antiguas intrusiones magmáticas que calentaron durante muchísimo tiempo las aguas subterráneas.
Aquellas aguas entraron en contacto con anhidrita, un mineral formado por sulfato de calcio, mientras la temperatura de la montaña descendía extraordinariamente despacio.
Al aproximarse a cierto intervalo térmico ocurrió algo decisivo: la anhidrita comenzó a disolverse y suministró los componentes necesarios para que crecieran cristales de yeso.
Pero Naica tuvo una condición excepcional. La temperatura permaneció durante muchísimo tiempo dentro de un margen estrechísimo favorable para producir pocos cristales y permitirles seguir creciendo.
Los estudios de inclusiones microscópicas atrapadas dentro de ellos indican que se desarrollaron a partir de soluciones poco salinas alrededor de los 54 grados centígrados. Boletín SGM
Demasiados cambios habrían producido numerosos cristales pequeños. Naica consiguió algo mucho más improbable: estabilidad suficiente para alimentar lentamente unos cuantos gigantes.
Un cabello cada cien años
Aquí aparece el número capaz de volver comprensible aquella escala geológica.
García-Ruiz calculó una velocidad de crecimiento tan pequeña que puede explicarse con algo que cualquiera puede tocar: aproximadamente el espesor de un cabello humano por siglo. Ciencia UNAM
Imagine comenzar un cristal durante la llegada de Hernán Cortés a México y regresar hoy para descubrir que apenas ha ganado unos cuantos cabellos de espesor.
Ahora imagine repetir esa paciencia no durante cinco siglos, sino durante decenas y cientos de miles de años bajo condiciones extraordinariamente constantes.
La naturaleza no construyó Naica rápidamente porque pudiera hacerlo. Construyó aquellos gigantes precisamente porque encontró un lugar donde prácticamente nada cambiaba.
El resultado fue una habitación atravesada por vigas transparentes tan grandes que los propios mineros dejaron de llamarlas espadas y comenzaron a llamarlas vigas. Boletín SGM
Entrar también era peligroso
La belleza escondía otro problema. Aquella cueva había sido diseñada por condiciones perfectas para los cristales y bastante desagradables para cualquier ser humano.
Después del drenaje minero, la Cueva de los Cristales mantenía temperaturas cercanas a 46 grados, acompañadas por una humedad que podía aproximarse al cien por ciento. Ciencia UNAM
En semejante ambiente, el cuerpo pierde eficacia para enfriarse mediante sudor. Las expediciones científicas necesitaron controlar cuidadosamente el tiempo y las condiciones de permanencia.
Eso produjo algunas de las fotografías más extraordinarias de la geología moderna: personas diminutas caminando entre enormes estructuras blancas que parecen fabricadas para gigantes.
Pero son yeso.
El mismo mineral humilde presente en materiales de construcción alcanzó allí proporciones monumentales gracias a una combinación extraordinaria de agua, temperatura, química y paciencia.
Naica ya había avisado
La montaña, además, había dado pistas mucho antes. Desde principios del siglo XX los trabajos mineros encontraron otras cavidades con grandes cristales de selenita.
La más famosa fue la Cueva de las Espadas, descubierta alrededor de 1910, situada aproximadamente a 120 metros de profundidad y con cristales considerablemente menores. National Geographic
En 1912, el Boletín de la Sociedad Geológica Mexicana ya publicaba un trabajo titulado Unos cristales gigantes de yeso, procedentes de la mina de Naica, Chihuahua. Boletín SGM
Pero nadie había encontrado todavía aquello que esperaba 170 metros más abajo.
Cuando las nuevas exploraciones llegaron al nivel de 290 metros en 2000, la escala dejó de ser sorprendente y comenzó directamente a parecer absurda.
La cueva que necesita estar inundada
Existe finalmente una paradoja magnífica. Para poder conocer la cueva fue necesario retirar el agua que naturalmente ocupaba las profundidades de la mina.
Pero esa misma agua había sido fundamental para conservar las condiciones donde los cristales crecieron y para proporcionarles parte del soporte físico que necesitaban.
Los investigadores advirtieron que, si terminaba el bombeo minero, las cavidades volverían eventualmente a inundarse y regresarían aproximadamente a su condición natural. Boletín SGM
Eso significaría perder acceso humano al lugar.
También significaría que Naica podría continuar haciendo aquello que sabía hacer muchísimo antes de que nosotros llegáramos: dejar pasar el tiempo.
Quizá ésa sea la verdadera maravilla de los cristales. No que alcancen once metros ni que algunos puedan compararse con un autobús.
Es descubrir la herramienta con la que fueron construidos.
Nosotros levantamos edificios durante meses, carreteras durante años y ciudades durante generaciones. La montaña debajo de Chihuahua trabajaba con otro calendario.
Un cabello cada cien años. Y nunca tuvo prisa.
