Pesaba 1,700 toneladas. Tenía tres pisos. Dentro había personas trabajando y los teléfonos de Guadalajara no podían dejar de funcionar. En 1950, el ingeniero Jorge Matute Remus encontró una solución para el edificio que impedía ampliar la avenida Juárez: no derribarlo. Moverlo. Entero.
Guadalajara tenía un problema de casi 12 metros.
La ciudad estaba creciendo y quería ensanchar la avenida Juárez.
Casas y construcciones podían demolerse.
Pero había una que no.
Era el edificio de la Compañía Telefónica Mexicana.
Dentro estaba parte de la infraestructura que mantenía comunicada a Guadalajara y demolerlo implicaba algo bastante más complicado que tirar paredes: había que construir otra central, instalar equipo nuevo, trasladar conexiones y arriesgarse a dejar sin servicio telefónico a la ciudad.
Entonces apareció el ingeniero Jorge Matute Remus.
Estudió el problema.
Hizo cuentas.
Y propuso algo que todavía hoy suena como una ocurrencia dicha antes de que alguien sensato pudiera detenerla:
movamos el edificio.
No los muebles.
No las máquinas.
No las paredes por partes.
El edificio.
Completo.
1,700 toneladas que tenían que caminar
Jorge Matute Remus tenía 38 años.
Era ingeniero civil, profesor y en ese momento rector de la Universidad de Guadalajara.
El inmueble que debía mover pesaba aproximadamente 1,700 toneladas.
La solución exigía separar estructuralmente el edificio de su cimentación y conseguir que aquella enorme masa de concreto y mampostería pudiera desplazarse de manera controlada.
Los trabajos preparatorios comenzaron meses antes.
Había que resolver algo más que el peso.
El edificio estaba vivo.
Tenía electricidad.
Agua.
Drenaje.
Cables telefónicos.
Personas trabajando.
La electricidad utilizada durante la maniobra fue adaptada para reducir riesgos. Las instalaciones de agua y drenaje recibieron conexiones flexibles. Los cables telefónicos tuvieron que disponer de longitud suficiente para acompañar el desplazamiento.
Después llegó la parte que parece dibujada en el cuaderno de un niño obsesionado con construir máquinas.
Alrededor de las 26 columnas de la estructura se dispusieron rieles.
Se construyeron elementos de concreto capaces de abrazar las columnas y transmitir el peso.
Entraron en acción vigas.
Rodillos.
Y gatos mecánicos semejantes a los utilizados en el ferrocarril.
El edificio dejó de ser únicamente un edificio.
Durante unos días de octubre de 1950 fue también una gigantesca máquina.

El 24 de octubre empezó a moverse
A las ocho de la mañana del 24 de octubre de 1950 comenzó la maniobra.
Los gatos empujaban.
El edificio avanzaba.
Poco.
Se reajustaba el sistema.
Volvían a empujar.
Otra vez.
Y otra.
Un centímetro podía ser una victoria.
Un error podía ser 1,700 toneladas de problema.
Al terminar las primeras 24 horas, la construcción había avanzado alrededor de un metro.
Pero había algo todavía más extraordinario ocurriendo mientras Guadalajara contemplaba cómo uno de sus edificios comenzaba lentamente a cambiar de domicilio.
Adentro seguían trabajando.
El servicio telefónico no se suspendió.
Mientras fuera los ingenieros empujaban una construcción de tres pisos, dentro las operadoras continuaban haciendo posible que una persona levantara el auricular y hablara con otra.
Ésa quizá sea la imagen que permite comprender realmente la proeza.
Una mujer frente a su puesto de trabajo.
Un teléfono.
Una conversación.
Y debajo de sus pies:
todo el edificio avanzando.
¿Usted se quedaría adentro?
Los cálculos podían decir que aquello era seguro.
Pero una ecuación tiene una ventaja sobre una persona:
no siente miedo.
Algunos trabajadores sí.
La preocupación por permanecer dentro del inmueble mientras era desplazado era perfectamente comprensible.
Matute Remus decidió entonces realizar una demostración difícil de superar.
Hizo que su esposa y uno de sus hijos permanecieran dentro del edificio durante la maniobra.
No era una prueba técnica.
Era una declaración.
El ingeniero estaba poniendo algo más que su prestigio detrás de sus cálculos.
Estaba poniendo a su familia.
El edificio siguió avanzando.
La ciudad se hizo a un lado
Entre el 24 y el 30 de octubre se completó el desplazamiento y alineación.
No bastaba con empujarlo en línea recta.
Había que realizar también una ligera rotación para ajustarlo al nuevo trazo urbano.
Al final, aquella masa de aproximadamente 1,700 toneladas había recorrido casi 12 metros.
Doce metros parecen poca cosa.
Un automóvil los recorre en un instante.
Una persona puede caminarlos en unos segundos.
Pero póngase de pie frente a un edificio.
Mírelo.
Ahora imagine que mañana está doce metros más allá.
Y que nadie lo desmontó.
Entonces empiezan a pesar los metros.
No era magia
Historias como ésta suelen mejorar con los años.
El edificio comienza pesando mucho y termina pesando muchísimo.
Avanza unos metros y después avanza una avenida.
Un procedimiento de ingeniería acaba convertido en una especie de truco sobrenatural.
Pero quitarle la leyenda no disminuye esta historia.
La mejora.
Porque el edificio no flotó.
No hubo una máquina fantástica escondida debajo.
Hubo ingeniería.
Meses de preparación.
Cálculos.
Cimentaciones.
Rieles.
Rodillos.
Vigas.
Gatos mecánicos.
Trabajadores repitiendo una operación con enorme paciencia.
Y un ingeniero suficientemente seguro de sus números para decir que era más razonable mover 1,700 toneladas que construir otra central telefónica.
La hazaña no consistió en desafiar las leyes de la física.
Consistió en entenderlas tan bien que pareciera que las estaban desafiando.
Guadalajara estaba cambiando
Detrás de aquella proeza existía también una historia menos romántica.
Las ciudades mexicanas de mediados del siglo XX estaban adaptándose al automóvil y a una idea de modernidad que exigía avenidas más anchas.
Guadalajara no fue la excepción.
El ensanchamiento de avenida Juárez modificó profundamente aquel corredor urbano. Muchas construcciones del costado norte desaparecieron.
El edificio telefónico sobrevivió por una razón eminentemente práctica: trasladarlo resultaba preferible a reemplazar una infraestructura esencial y suspender las comunicaciones.
Por eso la historia de Matute Remus contiene también una pequeña paradoja urbana.
Para abrirle espacio a la ciudad moderna hubo que recurrir a una solución extraordinariamente artesanal:
poner un edificio sobre rodillos.
El ingeniero que quedó empujándolo para siempre
Jorge Matute Remus continuó haciendo cosas importantes.
Fue rector de la Universidad de Guadalajara.
Después presidió el Ayuntamiento de Guadalajara.
Participó en proyectos urbanos, educativos, hidráulicos y de infraestructura.
Pero la ciudad terminó recordándolo principalmente por aquellos pocos metros.
Y encontró una manera extraordinaria de hacerlo.
En avenida Juárez existe una escultura de Matute Remus junto al edificio.
El ingeniero aparece inclinado, con una mano apoyada contra la pared.
Parece estar empujándolo.
La broma escultórica es perfecta.
Un hombre.
Una mano.
Un edificio.
Como si todo hubiera ocurrido así.
Doce metros
Hay obras de ingeniería que impresionan porque son enormes.
Puentes de kilómetros.
Presas.
Rascacielos.
Túneles atravesando montañas.
La de Matute Remus impresiona por algo completamente distinto.
Por lo absurdo de la escala entre el problema y la solución.
Había que conseguir doce metros.
Sólo doce.
Y para conseguirlos hubo que mover 1,700 toneladas de ciudad.
Durante aquellos días de octubre de 1950, Guadalajara realizó algo que parece imposible precisamente porque ocurrió muy despacio.
Los teléfonos siguieron sonando.
Las operadoras siguieron trabajando.
Los gatos siguieron empujando.
El edificio avanzó centímetro a centímetro.
Hasta que finalmente llegó al sitio donde debía estar.
Y allí permanece.
Como prueba de que alguna vez Guadalajara encontró un edificio atravesado en su camino y, en lugar de rodearlo, hizo algo mucho más mexicano: lo recorrió tantito.
