Fue un niño prodigio que aprendió a reconocer pinturas antiguas antes de terminar la primaria. Con los años reunió libros, retratos, muebles y documentos hasta convertir una casona de la colonia Roma en un universo histórico. Su mayor obsesión no era poseer el pasado, sino impedir que desapareciera.
En la calle de Valladolid, en la colonia Roma, existe una casa donde el tiempo parece haberse detenido entre retratos antiguos, libros y muebles.
Durante años fue el hogar de Guillermo Tovar de Teresa, un historiador que convirtió su vida cotidiana en una búsqueda permanente de testimonios mexicanos.
No necesitaba grandes excavaciones ni expediciones remotas. Sus descubrimientos podían aparecer en una librería de viejo, una colección particular o una fotografía olvidada.
Le interesaban especialmente los objetos capaces de revelar cómo habían vivido los habitantes de México, desde los grandes personajes hasta los ciudadanos prácticamente desconocidos.
Su casa terminó reuniendo tantas historias que, después de su muerte, fue transformada en un museo abierto al público y dedicado a conservar su legado.
El niño que reconocía pinturas antiguas
Guillermo Tovar de Teresa nació en la Ciudad de México el 23 de agosto de 1956, dentro de una familia interesada en el arte y la cultura.
Desde pequeño mostró una curiosidad extraordinaria por la pintura, los edificios históricos y los objetos antiguos, intereses que acabarían definiendo su trayectoria como investigador.
A los trece años recibió un nombramiento como asesor de arte colonial de la Presidencia de la República, durante el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz.
Aquel episodio contribuyó a construir su fama de niño prodigio, aunque su verdadero reconocimiento llegaría después, mediante décadas de investigación y publicaciones especializadas.
Su formación fue principalmente autodidacta. Aprendió a identificar artistas, épocas, estilos arquitectónicos y documentos mediante la observación constante y el estudio de fuentes históricas.
Mientras otros jóvenes acumulaban discos o fotografías de sus ídolos, Guillermo comenzó a desarrollar una colección donde cada pieza representaba una pregunta sobre México.
La casa que también necesitaba ser rescatada
En 1995 compró una casona porfiriana ubicada en Valladolid 52, colonia Roma. El inmueble estaba deteriorado y requería importantes trabajos de recuperación estructural.
Con ayuda del arquitecto Andrés Escalante Legarreta, reparó sus problemas constructivos, renovó instalaciones y adaptó habitaciones para recibir una biblioteca, archivos y estudios personales.
La casa no fue concebida inicialmente como museo. Era su residencia, un espacio donde los objetos históricos convivían con conversaciones, lecturas y actividades cotidianas.
Entre sus salones aparecieron pinturas virreinales, retratos decimonónicos, muebles antiguos y piezas de arte popular, reunidos mediante adquisiciones, herencias familiares y años de investigación.
La biblioteca creció hasta alcanzar aproximadamente veinte mil volúmenes correspondientes a trece mil títulos, además de documentos, fotografías y materiales relacionados con artistas mexicanos.
La vivienda tenía una particularidad: sus paredes no solamente sostenían cuadros. Cada habitación reunía testimonios de épocas diferentes que parecían conversar entre sí.
Un espejo que había visto pasar un imperio
Entre los objetos conservados destaca un espejo monumental de cristal poblano, fabricado en 1817, que hoy recibe a los visitantes del antiguo hogar.
También aparece una pieza vinculada con Maximiliano de Habsburgo: una mancerina relacionada con un recipiente para beber chocolate que perteneció al emperador mexicano.
Las colecciones incluyen pinturas de Miguel Cabrera, Simón de Pereyns, Luis Lagarto y Baltazar Echave Rioja, figuras relevantes del arte desarrollado durante el Virreinato.
El historiador no se limitaba a reunir piezas valiosas. También investigaba su procedencia, sus características y las circunstancias históricas que explicaban su existencia.
Compró al pintor Francisco Toledo una colección de herrajes antiguos, objetos aparentemente modestos que permitían estudiar detalles de la arquitectura y los oficios tradicionales.
Aquella atención a lo cotidiano distinguía su mirada. Una cerradura podía interesarle tanto como un retrato, porque ambas conservaban información sobre quienes las utilizaron.
El coleccionista que también peleaba en la calle
Guillermo Tovar de Teresa no entendía la historia como una actividad confinada a bibliotecas. También intervino públicamente cuando consideró amenazado el patrimonio urbano.
Fue cronista de la Ciudad de México y participó en debates sobre la conservación de edificios, monumentos y espacios históricos de la capital.
En 2013, una intervención sobre la estatua ecuestre de Carlos IV, conocida como El Caballito, provocó daños que desataron una intensa controversia pública.
Tovar utilizó las redes sociales para denunciar el deterioro de la escultura y exigir atención institucional, convirtiendo su conocimiento histórico en una herramienta ciudadana.
Aquella batalla ocurrió durante sus últimos meses de vida. El investigador había encontrado en internet otro espacio para defender los objetos que consideraba irremplazables.
La contradicción resultaba reveladora: un hombre apasionado por libros centenarios recurría a una tecnología contemporánea para impedir que desapareciera parte de la memoria mexicana.
La colección que estuvo a punto de dispersarse
Guillermo Tovar de Teresa murió en noviembre de 2013, a los 57 años. Su fallecimiento dejó una pregunta complicada sobre el futuro de sus colecciones.
Los objetos reunidos durante décadas podían terminar separados entre compradores, instituciones y herederos, perdiendo parte de las relaciones históricas construidas dentro de aquella casa.
Su hermano Rafael Tovar y de Teresa, posteriormente primer secretario federal de Cultura, emprendió la tarea de organizar e inventariar aquel enorme patrimonio familiar.
El trabajo resultó complejo por la diversidad de materiales: libros, fotografías, pinturas, archivos personales, piezas decorativas y testimonios de distintas etapas de México.
Rafael murió en diciembre de 2016, antes de concluir completamente aquella tarea. Otros familiares e investigadores continuaron entonces la clasificación de los materiales conservados.
La familia decidió buscar una solución que permitiera mantener unido el conjunto. Fundación Carlos Slim adquirió posteriormente los fondos y los inmuebles relacionados con Guillermo.
En diciembre de 2018, la antigua residencia abrió sus puertas como Casa Guillermo Tovar de Teresa, incorporada a la red cultural del Museo Soumaya.
La última colección fue su propia casa
El museo conserva habitaciones, mobiliario y ambientes que permiten reconocer la personalidad del antiguo propietario, además de apreciar las obras y documentos reunidos durante décadas.
Su biblioteca, fototeca y archivo fueron digitalizados para facilitar la consulta, extendiendo el alcance de materiales que anteriormente permanecían dentro de una residencia particular.
La casona continúa en Valladolid 52. Sus puertas permiten entrar a un universo donde conviven el arte virreinal, los libros antiguos y la historia urbana.
Guillermo Tovar de Teresa dedicó su vida a reunir objetos que habían sobrevivido a sus propietarios, sus épocas y los cambios de una ciudad entera.
Al morir, dejó algo más que una colección extraordinaria: también una casa donde esos objetos podían conservar las relaciones que él había descubierto entre ellos.
Pasó la vida rescatando las pertenencias de otros. Cuando murió, sus propias pertenencias tuvieron que ser rescatadas para que México pudiera seguir mirando su historia.
