En 1930, una joven sonorense obtuvo la primera licencia de piloto aviador expedida a una mujer en México. Tenía 20 años y había decidido aprender a volar en un país donde las mujeres todavía estaban excluidas de las elecciones presidenciales. Su historia quedó durante décadas a la sombra de los grandes nombres de la aviación nacional.
El 4 de diciembre de 1930, Emma Catalina Encinas Aguayo obtuvo una licencia que ninguna mexicana había conseguido antes: autorización oficial para pilotar aviones.
Tenía apenas veinte años y procedía de Sonora, un estado donde las grandes distancias habían convertido al ferrocarril en símbolo de comunicación y progreso.
Su decisión de aprender a volar parecía extraordinaria en una época cuando la aviación mexicana todavía estaba construyendo sus escuelas, aeródromos y primeras rutas.
Pero lo más sorprendente no era solamente su juventud. Emma Catalina había conseguido entrar en una actividad profesional dominada por hombres y cargada de riesgos.
Una sonorense frente a los controles
Emma Catalina Encinas Aguayo nació el 24 de octubre de 1909 en Mineral de Dolores, Chihuahua, según las semblanzas biográficas disponibles sobre su trayectoria.
Aunque suele identificársele como sonorense por sus vínculos familiares y su formación, las fuentes consultadas sitúan su nacimiento en aquella población minera de Chihuahua.
Su familia se trasladó posteriormente a Estados Unidos, donde Emma Catalina recibió parte de su educación y desarrolló una temprana familiaridad con el idioma inglés.
Aquella formación sería importante años después, cuando la aviación comenzó a convertirse en una actividad internacional que exigía conocimientos técnicos y comunicación entre distintos países.
En México, los aviones todavía despertaban asombro entre quienes acudían a observarlos despegar desde campos abiertos, con motores ruidosos y estructuras relativamente frágiles.
Las mujeres podían contemplar aquellas máquinas desde tierra, pero casi nunca aparecían en las fotografías de los pilotos que se preparaban para despegar.
Emma Catalina decidió ocupar precisamente ese lugar.
La escuela que no quería recibirla
Emma nació el 24 de octubre de 1909 en Mineral de Dolores, Chihuahua. Su infancia transcurrió entre México y Estados Unidos, adonde llegó durante la Revolución.
En California presenció competencias aéreas femeninas que transformaron su curiosidad en una decisión. Quería aprender a pilotar, aunque todavía desconocía las dificultades que encontraría.
De regreso en Chihuahua, ingresó a la escuela de aviación del coronel Roberto Fierro Villalobos, donde comenzó a familiarizarse con los controles de vuelo.
Su madre respaldó aquella aventura y contribuyó a financiar las clases. El aprendizaje exigía recursos, disciplina y una confianza poco común en aquellos años.
Cuando estaba cerca de realizar su primer vuelo sin instructor, los cambios en la escuela interrumpieron sus prácticas y la obligaron a buscar alternativas.
Emma se trasladó a la Ciudad de México, pero encontró obstáculos para continuar su formación. Ser mujer seguía representando una barrera difícil de superar.
Finalmente consiguió el respaldo de Fierro y la autorización del general Leobardo C. Ruiz para practicar en el campo militar de Balbuena, entonces capital aeronáutica mexicana.
El 20 de noviembre que terminó en hombros
El 20 de noviembre de 1932, mientras México conmemoraba la Revolución, Emma Catalina se preparó para realizar una prueba decisiva frente a pilotos militares.
Aquel día despegó sola en un biplano Spartan, después de meses de aprendizaje y dificultades que habían puesto a prueba su determinación de convertirse en aviadora.
La Secretaría de Marina identifica al avión como el Tormenta y documenta la participación de Roberto Fierro en la preparación de aquel primer vuelo independiente.
El aterrizaje fue celebrado por sus compañeros. Según reconstrucciones oficiales, los pilotos la cargaron en hombros desde Balbuena hasta el centro de la ciudad.
Aquella escena parecía invertir las costumbres de su época: una mujer era reconocida públicamente por dominar una máquina que muchos consideraban territorio exclusivamente masculino.
Pero todavía faltaba el reconocimiento administrativo. Emma necesitaba aprobar los exámenes oficiales para obtener el documento que acreditara legalmente sus conocimientos como piloto aviador.
El examen que convirtió una hazaña en documento
El 28 de noviembre de 1932 solicitó autorización para presentar el examen práctico ante la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas, responsable de regular la aviación.
Las pruebas teóricas evaluaron sus conocimientos sobre aeronaves, motores y reglamentación aérea. Obtuvo calificaciones favorables y quedó autorizada para demostrar sus habilidades en vuelo.
El examen definitivo comenzó a las diez de la mañana del 4 de diciembre de 1932, en el campo de aviación militar de Balbuena.
Emma elevó el avión hasta tres mil pies, ejecutó espirales y descendió para realizar maniobras acrobáticas, según la crónica publicada entonces por La Prensa.
También completó cinco aterrizajes de precisión con el motor detenido, una prueba especialmente exigente que obligaba a calcular cuidadosamente la trayectoria del aparato.
Los tres integrantes del jurado coincidieron en otorgarle la calificación máxima: muy bien. Había demostrado conocimientos, serenidad y dominio de las maniobras aéreas.
Su licencia de piloto de turismo recibió el número 54. Era el documento que acreditaba oficialmente a la primera mujer piloto mexicana titulada.
El título correspondiente fue firmado el 12 de abril de 1934, casi dieciséis meses después de aquel examen que había abierto una puerta histórica.
La aviadora que tuvo que defender su lugar
El reconocimiento no terminó con las dificultades. En julio de 1944, un periódico atribuyó a otra mujer la condición de primera aviadora mexicana titulada.
La protagonista de aquella publicación era Elisa Lehmacher. Emma reaccionó mediante cartas dirigidas a las autoridades aeronáuticas y a la dirección del periódico.
No estaba reclamando un homenaje ni una distinción simbólica. Pedía que se respetara la fecha documentada en los registros oficiales de su licencia.
Pedro Souza, jefe del Departamento de Aviación Civil, respondió confirmando que Emma Catalina Encinas había sido la primera mujer piloto mexicana con licencia.
La controversia revelaba otra dificultad para las pioneras: no bastaba conseguir una hazaña, también debían proteger su lugar frente a versiones históricas equivocadas.
Una vida que continuó lejos de los aviones
Emma Catalina dejó de pilotar profesionalmente después de algunos años. Se casó y desarrolló actividades que aprovecharon su dominio del inglés y su experiencia internacional.
Trabajó como traductora e intérprete para instituciones gubernamentales y colaboró posteriormente en actividades relacionadas con la aviación y las relaciones entre países americanos.
Su trayectoria incluyó labores de interpretación vinculadas con el presidente Luis Echeverría, además de responsabilidades en organizaciones dedicadas a promover la cooperación internacional femenina.
Murió el 15 de noviembre de 1990, a los 81 años. Para entonces, la aviación mexicana había cambiado profundamente desde aquellos vuelos iniciales.
Antes de morir deseaba que su busto formara parte de la galería dedicada a los pioneros de la aviación en el aeropuerto capitalino.
Según la reconstrucción de la Secretaría de Comunicaciones, alcanzó a conocer el molde de yeso, pero no llegó a contemplar terminado aquel reconocimiento.
El cielo no tenía una puerta para mujeres
La historia de Emma Catalina Encinas conserva una paradoja extraordinaria. En 1932, las mexicanas todavía no podían votar en elecciones presidenciales, pero ella podía pilotar.
El reconocimiento federal del sufragio femenino llegaría en 1953, veintiún años después de que aquella joven aprobara su examen ante las autoridades aeronáuticas mexicanas.
Su licencia no eliminó las barreras que enfrentaban otras mujeres, pero demostró que podían superar pruebas técnicas concebidas para una profesión predominantemente masculina.
El número 54 quedó asociado para siempre con su nombre. Era una cifra administrativa aparentemente ordinaria, pero encerraba un acontecimiento sin precedentes nacionales.
Emma Catalina no necesitó que alguien le regalara el cielo. Aprendió a dominar un avión, aprobó sus exámenes y consiguió que México reconociera su capacidad.
Cuando las mexicanas todavía no podían elegir presidente, Emma Catalina Encinas ya había conseguido algo extraordinario: elegir hacia dónde quería volar.
