El Olivo tenía recámaras de lujo, teléfono, telégrafo, un comedor para catorce invitados y espacio para seis automóviles. Costó 475 mil dólares y fue construido para transportar el poder presidencial. Sin embargo, sus primeros viajes quedaron marcados por dos funerales que sacudieron al México posrevolucionario.
El tren estaba recién estrenado cuando recibió a su primera pasajera ilustre. No hubo discursos de bienvenida ni banquetes presidenciales: Natalia Chacón viajaba muerta.
Era junio de 1927. La esposa del presidente Plutarco Elías Calles había fallecido en Los Ángeles, California, y sus restos regresaban a México por ferrocarril.
En la estación Ruiz, Nayarit, el antiguo Tren Amarillo entregó el féretro al nuevo Tren Olivo, que continuó su recorrido hacia la capital mexicana.
El vehículo había sido construido para llevar al presidente por el territorio nacional. Su estreno quedó asociado, en cambio, con un viaje de luto.
Apenas un año después, otra muerte volvería a transformar sus elegantes compartimientos. Esta vez, el cadáver pertenecía al hombre que había ganado la Presidencia.
Un palacio de acero verde
En 1925, el gobierno de Calles encargó a Pullman Palace Car Company la construcción de un ferrocarril presidencial capaz de funcionar como residencia y oficina.
El pedido llegó en una época en que el tren seguía siendo indispensable para recorrer grandes distancias y ejercer el poder desde distintos estados mexicanos.
La empresa entregó el conjunto en abril de 1927. Sus cinco vagones tenían estructuras de acero, interiores lujosos y una característica pintura verde olivo.
Sobre las ventanas podía leerse República Mexicana. Debajo aparecían el escudo nacional y la inscripción Tren Presidencial, acompañados por el número correspondiente a cada carro.
El primer vagón reunía las habitaciones del presidente, su esposa y su secretario particular, además de una oficina equipada con teléfono y sistema telegráfico.
También disponía de una plataforma de observación desde la cual el mandatario podía contemplar el paisaje o presentarse ante quienes acudían a recibirlo.
En el segundo carro había un comedor para catorce personas, un salón fumador conocido como Salón Azul y camarotes destinados a los invitados presidenciales.
Los siguientes espacios estaban reservados al Estado Mayor y la escolta. El último vagón transportaba equipajes y podía alojar hasta seis automóviles oficiales.
Todo estaba pensado para que el presidente pudiera viajar sin abandonar las comodidades de su residencia ni las herramientas necesarias para dirigir el gobierno.
El comedor donde viajaba la República
Las paredes interiores estaban revestidas con maderas preciosas procedentes de Tabasco. Bronces, sedas y terciopelos completaban una decoración muy distante del ferrocarril ordinario.
El comedor utilizaba cristalería y servicio de plata con las armas nacionales, mientras una cocina amplia permitía preparar alimentos durante los desplazamientos del mandatario.
Los baños contaban con agua caliente, regaderas y tinas. Aquellas instalaciones convertían al tren en una demostración rodante de comodidad y tecnología ferroviaria.
El conjunto costó 475 mil dólares, según la historia publicada por la entonces Secretaría de Comunicaciones y Transportes, una inversión considerable para aquella época.
En 1933, el Tren Olivo fue exhibido en la Feria Mundial de Chicago. Los visitantes podían conocerlo mediante el pago de cincuenta centavos estadounidenses.
Pero antes de convertirse en una curiosidad internacional, sus vagones ya habían participado en uno de los acontecimientos más dramáticos de la política mexicana.
El presidente que viajó después de morir
El 17 de julio de 1928, Álvaro Obregón fue asesinado durante una comida en el restaurante La Bombilla, ubicado en San Ángel, Ciudad de México.
Había ganado las elecciones presidenciales y debía asumir nuevamente el poder. Su muerte interrumpió aquella sucesión y abrió una crisis dentro del régimen revolucionario.
El cadáver del presidente electo debía regresar a Sonora, su estado natal, donde sería sepultado. Para realizar el traslado se utilizó el Tren Olivo.
Uno de sus vagones fue acondicionado como capilla ardiente. Cortinajes negros y adornos dorados sustituyeron temporalmente la decoración habitual de aquel ferrocarril presidencial.
El mismo vehículo diseñado para exhibir la autoridad del jefe del Ejecutivo transportaba ahora los restos del hombre que debía convertirse en su siguiente ocupante.
La contradicción era difícil de superar: un tren preparado para llevar presidentes vivos había quedado asociado, desde sus primeros recorridos, con dos funerales políticos.
Diez presidentes y un último recorrido
Pese a aquellos comienzos, El Olivo cumplió durante décadas la función para la cual había sido construido: transportar mandatarios durante sus giras por México.
Sus compartimientos fueron utilizados por presidentes y funcionarios en una época cuando los desplazamientos ferroviarios permitían mantener comunicación y trabajar durante trayectos prolongados.
Las fuentes oficiales señalan que prestó servicio a diez presidentes, aunque los registros consultados presentan diferencias sobre el recuento preciso de sus ocupantes.
Entre los mandatarios vinculados con sus recorridos estuvieron Plutarco Elías Calles, Lázaro Cárdenas, Manuel Ávila Camacho, Miguel Alemán y Adolfo López Mateos.
Una memoria histórica del Museo Tecnológico de la Comisión Federal de Electricidad sitúa su último viaje presidencial el 15 de septiembre de 1960.
En aquella ocasión, López Mateos se trasladó a Dolores Hidalgo, Guanajuato, para participar en las conmemoraciones del sesquicentenario del inicio de la Independencia mexicana.
El automóvil y el avión habían transformado los desplazamientos presidenciales. Los vagones del antiguo palacio rodante comenzaron entonces a perder su utilidad política cotidiana.
El tren que terminó detenido junto a un aeropuerto
Tres de los cinco vagones originales, identificados con los números uno, dos y cinco, sobrevivieron y pasaron a formar parte de una colección museística.
Durante años estuvieron vinculados al Museo Tecnológico de la Comisión Federal de Electricidad, donde podían apreciarse testimonios de aquella etapa del transporte presidencial mexicano.
En 2013 fueron sometidos a trabajos de restauración que recuperaron parte de sus interiores, muebles y acabados, deteriorados después de décadas fuera de servicio.
Posteriormente, los vagones fueron trasladados al corredor cultural del Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles, en Santa Lucía, Estado de México, para su exhibición pública.
Allí quedaron instalados como parte de un espacio dedicado a la memoria ferroviaria, rodeados por instalaciones relacionadas con la aviación y la historia tecnológica.
Los visitantes pueden observar las habitaciones presidenciales, los espacios de trabajo y el comedor donde alguna vez se sirvieron alimentos a los acompañantes del mandatario.
No terminó convertido en restaurante, como podría sugerir su cocina de lujo. Su destino documentado fue convertirse en una pieza histórica abierta al público.
La mesa que dejó de esperar al presidente
Durante décadas, los presidentes viajaron en aquel ferrocarril acompañados por ayudantes, escoltas, invitados y funcionarios que compartían sus jornadas lejos de la capital.
En el comedor podían sentarse catorce personas. En las habitaciones había camas, escritorios y muebles concebidos para una vida que avanzaba sobre los rieles.
Pero el recuerdo más desconcertante del Tren Olivo no está en sus comodidades, sino en la inesperada función que desempeñó apenas comenzó su historia.
Fue construido para transportar el poder de un lugar a otro. Antes de cumplir plenamente esa misión, tuvo que transportar las consecuencias de su fragilidad.
El Olivo tenía un comedor preparado para recibir presidentes. La historia quiso que sus primeros pasajeros memorables no necesitaran un lugar en la mesa.
