Guillermo Haro llegó a la astronomía después de estudiar filosofía. En Tonantzintla miró unas pequeñas manchas luminosas y terminó poniendo su apellido en el cielo.
Guillermo Haro no siguió la ruta académica que uno imaginaría para un hombre cuyo apellido terminaría incorporado al vocabulario internacional de la astronomía.
Nació en 1913, estudió filosofía en la UNAM y llegó relativamente joven al Observatorio Astrofísico Nacional de Tonantzintla, Puebla, impulsado por Luis Enrique Erro.
En 1941 comenzó como asistente. Después trabajó en Harvard y, cuando regresó a México, se hizo responsable de la cámara Schmidt instalada en Tonantzintla.
Aquella combinación entre instrumento, cielo oscuro y observador obsesivo produjo una de las épocas más extraordinarias de la astronomía mexicana.
Haro buscaba cosas que parecían insignificantes.
Y encontró estrellas naciendo.
Unas manchas extrañas
Durante sus observaciones identificó pequeñas nebulosidades asociadas con regiones donde se forman estrellas jóvenes. El astrónomo estadounidense George Herbig encontró independientemente objetos semejantes.
La astronomía terminó uniéndolos bajo un nombre que todavía aparece en artículos científicos y catálogos: objetos Herbig-Haro, abreviados simplemente como HH.
No son estrellas propiamente dichas.
Son regiones luminosas producidas cuando chorros de material expulsados por estrellas muy jóvenes chocan violentamente con el gas y polvo que las rodean.
Eso significa que observarlas permite acercarse a una pregunta gigantesca mediante unas manchas diminutas: ¿qué ocurre mientras una estrella está formándose?
En 1954 Haro identificó desde México objetos que terminarían integrándose a esa nueva categoría astronómica reconocida internacionalmente.
Su apellido había abandonado la Tierra.
Tonantzintla miraba hacia arriba
El hallazgo tampoco fue un golpe aislado de suerte. Haro y el grupo de astrónomos mexicanos construyeron alrededor de Tonantzintla una formidable escuela de observación.
Descubrieron estrellas T Tauri, estrellas fulgurantes, nebulosas planetarias, novas, una supernova, galaxias azules y otros objetos que ampliaron diferentes campos de investigación.
Haro elaboró además, junto con Willem Luyten, un catálogo de 8 mil 746 objetos estelares azules hacia el polo norte galáctico.
El detalle maravilloso apareció después.
Al menos medio centenar de aquellos objetos resultaron ser cuásares, una clase de objeto astronómico cuya naturaleza todavía no se comprendía cuando el catálogo fue publicado.
Era como haber fotografiado animales antes de que la zoología supiera todavía qué especie estaba mirando.
México necesitaba mirar
Haro no entendía la astronomía solamente como contemplación. Estaba obsesionado también con construir instituciones capaces de convertir la ciencia mexicana en una actividad competitiva internacionalmente.
Dirigió los observatorios de Tonantzintla y Tacubaya, impulsó el desarrollo de San Pedro Mártir y participó en la creación de instituciones científicas mexicanas.
También fundó el Instituto Nacional de Astrofísica, Óptica y Electrónica, el INAOE, heredero de aquella tradición iniciada en Tonantzintla.
Su carrera tuvo algo especialmente extraño: un hombre formado originalmente en filosofía terminó ayudando a profesionalizar una parte fundamental de la astronomía observacional mexicana.
Quizá las dos disciplinas estuvieran menos separadas de lo que parecen.
La filosofía pregunta dónde estamos.
La astronomía intenta medirlo.
Un apellido en el universo
Guillermo Haro murió en 1988. Para entonces su nombre llevaba décadas viajando por publicaciones científicas escritas en idiomas que él nunca necesitó controlar.
HH 1, HH 2 y centenares de objetos posteriores conservaron aquella nomenclatura nacida del trabajo de Herbig, Haro y quienes continuaron investigando la formación estelar.
Hoy telescopios muchísimo más poderosos pueden observar esos fenómenos con una precisión que habría resultado inimaginable desde Tonantzintla durante los años cincuenta.
Pero siguen llamándose Herbig-Haro.
Existe algo hermoso en esa permanencia. Los astrónomos pasan la vida poniendo nombres y números a cosas situadas a distancias imposibles.
Muy pocos consiguen lo contrario.
Que el cielo termine diciendo su nombre.
Guillermo Haro miró unas pequeñas manchas entre las estrellas. Desde entonces, algunas llevan su apellido.
