Había combatido junto a Álvaro Obregón y ocupado cargos importantes en el gobierno revolucionario. En 1927 decidió disputarle la Presidencia. El 3 de octubre, día de su cumpleaños, fue asesinado junto con varios de sus partidarios.
El 3 de octubre de 1927, Francisco R. Serrano cumplía 38 años. No habría celebración: estaba detenido y su destino dependía de sus antiguos compañeros revolucionarios.
Había sido general, secretario de Guerra y gobernador del Distrito Federal. Ahora era candidato presidencial y estaba acusado de participar en una conspiración contra el gobierno.
Serrano había pasado buena parte de su vida combatiendo junto a los hombres que gobernaban México. Aquella cercanía no lo protegería cuando decidió disputarles el poder.
Su muerte, ocurrida cerca de Huitzilac, Morelos, se convirtió en uno de los episodios más graves de violencia política durante la reconstrucción del Estado posrevolucionario mexicano.
El general que conocía demasiado bien al poder
Francisco Rufino Serrano nació el 3 de octubre de 1889 en Sinaloa, cuando Porfirio Díaz llevaba más de una década gobernando México sin alternancia presidencial.
Se incorporó al movimiento revolucionario y desarrolló una carrera militar estrechamente vinculada con Álvaro Obregón, uno de los principales comandantes constitucionalistas del noroeste del país.
Durante las campañas revolucionarias adquirió experiencia militar y responsabilidades que terminaron colocándolo entre los colaboradores más cercanos del general sonorense que llegaría a la Presidencia.
Su ascenso no terminó en los cuarteles. La victoria de los revolucionarios abrió espacios políticos y administrativos para militares que habían participado en la lucha armada.
Serrano ocupó la Secretaría de Guerra y Marina durante el gobierno de Obregón y posteriormente gobernó el Distrito Federal, entonces administrado mediante autoridades designadas desde el centro.
A mediados de los años veinte pertenecía al círculo político que había contribuido a construir el nuevo régimen. También conocía sus rivalidades y mecanismos internos.
La Revolución había prohibido la reelección
Una de las grandes banderas de la Revolución mexicana había sido el rechazo a la permanencia indefinida de los presidentes mediante sucesivas elecciones controladas.
Francisco I. Madero había convertido el principio de sufragio efectivo y no reelección en una consigna capaz de movilizar a miles de mexicanos contra Díaz.
Sin embargo, durante el gobierno de Plutarco Elías Calles comenzaron a modificarse las reglas que impedían regresar a la Presidencia después de haberla ocupado anteriormente.
La reforma constitucional de 1927 permitió la reelección presidencial no consecutiva, abriendo el camino para que Álvaro Obregón buscara nuevamente el cargo que había dejado en 1924.
La decisión provocó divisiones entre antiguos revolucionarios que habían combatido juntos, pero que ahora tenían intereses distintos sobre quién debía encabezar el siguiente gobierno nacional.
Serrano decidió presentarse como candidato antirreeleccionista. También aspiraba a la Presidencia el general Arnulfo R. Gómez, otro militar que rechazaba el regreso de Obregón.
La disputa no enfrentaba simplemente a civiles contra militares. Los principales protagonistas habían participado en la Revolución y conservaban vínculos dentro del Ejército y del gobierno.
El cumpleaños que terminó en una detención
En octubre de 1927, la tensión política se agravó después de movimientos militares interpretados por el gobierno como parte de una conspiración contra Calles y Obregón.
Las autoridades acusaron a dirigentes y simpatizantes de las candidaturas opositoras de preparar una sublevación, mientras los grupos antirreeleccionistas denunciaban la persecución política en su contra.
Serrano se encontraba en Cuernavaca, acompañado por militares y civiles cercanos, cuando las fuerzas gubernamentales procedieron a detenerlo junto con varios de sus partidarios políticos.
Era el 3 de octubre, precisamente el día de su cumpleaños número 38. Había llegado a Morelos buscando mantenerse lejos de la tensión capitalina.
Los detenidos quedaron bajo custodia militar y fueron trasladados hacia Ciudad de México, aparentemente para responder por las acusaciones formuladas contra ellos por el gobierno.
Pero aquel recorrido no terminaría ante un tribunal. La carretera entre Cuernavaca y la capital se convertiría en el escenario de una ejecución colectiva de prisioneros.
Catorce hombres en la carretera
Cerca de Huitzilac, Morelos, la caravana fue interceptada por fuerzas militares vinculadas al general Claudio Fox, encargado de participar en la operación contra los detenidos.
Serrano y trece acompañantes fueron asesinados el 3 de octubre de 1927, en un episodio conocido desde entonces como la matanza de Huitzilac en México.
Entre las víctimas había generales, políticos y civiles, incluidos Carlos A. Vidal, Rafael Martínez de Escobar y Otilio González, quienes acompañaban al candidato presidencial detenido.
Las reconstrucciones históricas describen disparos contra los prisioneros y señalan que algunos cuerpos presentaban lesiones adicionales, aunque difieren sobre determinados detalles de la operación militar.
La versión oficial difundida posteriormente sostuvo que los detenidos habían sido sometidos a un consejo de guerra sumarísimo y ejecutados por participar en una rebelión.
Sin embargo, las investigaciones históricas cuestionan la existencia de un procedimiento judicial efectivo y documentan graves irregularidades en el tratamiento de aquellos hombres bajo custodia.
El asesinato de Serrano y sus acompañantes no fue resultado de un combate entre fuerzas enfrentadas. Los catorce estaban detenidos cuando fueron privados de la vida.
El comunicado que pretendió cerrar el expediente
El gobierno presentó los acontecimientos como una respuesta a la conspiración militar que amenazaba la estabilidad política y el funcionamiento de las instituciones revolucionarias mexicanas.
Pero la muerte de un candidato presidencial bajo custodia de las fuerzas federales planteaba una cuestión imposible de resolver mediante un comunicado oficial sobre seguridad.
Incluso si existían responsabilidades por los movimientos insurreccionales, correspondía investigarlas mediante procedimientos legales y establecer individualmente la participación de cada acusado en aquellos hechos.
En cambio, los catorce hombres fueron asesinados antes de que pudiera desarrollarse un proceso judicial ordinario capaz de examinar las acusaciones y escuchar sus defensas.
Las investigaciones posteriores han señalado responsabilidades políticas y militares dentro del régimen, aunque distinguir órdenes documentadas, testimonios y reconstrucciones resulta indispensable para comprender el episodio.
La matanza eliminó físicamente a Serrano y golpeó severamente a quienes cuestionaban el retorno presidencial de Obregón, cuando todavía faltaban meses para las elecciones nacionales.
La otra candidatura también terminó frente a las armas
Arnulfo R. Gómez, el otro general opositor al regreso de Obregón, continuó su resistencia y terminó perseguido por fuerzas gubernamentales después de los acontecimientos de Huitzilac.
Fue capturado en Veracruz y fusilado en noviembre de 1927, apenas unas semanas después de la muerte de Serrano y sus trece acompañantes en Morelos.
Con ambos adversarios fuera de la contienda, Obregón quedó sin aquellos competidores militares que habían disputado públicamente su proyecto de regresar a la Presidencia mexicana.
Ganó las elecciones de 1928, pero tampoco llegaría a asumir nuevamente el cargo: fue asesinado el 17 de julio de ese año en Ciudad de México.
La sucesión presidencial terminó así marcada por tres muertes políticas de enorme trascendencia, aunque sus circunstancias, responsables y motivaciones fueron distintas en cada caso histórico.
La sombra que llegó a la literatura
La matanza de Huitzilac también encontró una forma de sobrevivir en la literatura mexicana, especialmente mediante la novela La sombra del caudillo, de Martín Luis Guzmán.
Publicada en 1929, la obra recreó las luchas por el poder entre militares revolucionarios y convirtió una tragedia política reconocible en una narración de alcance nacional.
Aunque sus personajes son literarios, la novela guarda una relación evidente con los conflictos que rodearon las candidaturas de Serrano y Gómez frente a Obregón.
Décadas después, Julio Bracho dirigió una adaptación cinematográfica estrenada en 1960, cuya circulación comercial enfrentó obstáculos políticos durante muchos años dentro del propio México.
La historia de Serrano permanecía incómoda porque mostraba una contradicción central del periodo: antiguos revolucionarios podían terminar eliminando a quienes habían combatido junto a ellos.
Las catorce cruces
En la antigua carretera entre Ciudad de México y Cuernavaca, cerca de Huitzilac, catorce cruces recuerdan a los hombres asesinados aquel 3 de octubre.
El lugar conserva una memoria que contrasta con los discursos oficiales sobre estabilidad institucional y pacificación nacional pronunciados durante los años posteriores a la Revolución.
Francisco R. Serrano no llegó a disputar las elecciones presidenciales de 1928. Su candidatura terminó antes, cuando todavía faltaban meses para que se abrieran las urnas.
Había sobrevivido a campañas militares, ocupado cargos gubernamentales y conocido personalmente a los principales dirigentes revolucionarios, pero ninguna de aquellas circunstancias consiguió protegerlo finalmente.
Su asesinato mostró que la competencia por la Presidencia todavía podía resolverse mediante decisiones tomadas fuera de las instituciones que supuestamente debían regularla y protegerla.
El 3 de octubre de 1927, Serrano cumplió 38 años y murió junto con trece hombres que compartieron su último recorrido por la carretera.
La Revolución había prometido que nadie volvería a adueñarse de la Presidencia. En Huitzilac, un candidato descubrió que disputarla podía costarle la vida.
