Francisco Gabilondo Soler quiso ser astrónomo, aprendió piano observando una pianola y terminó inventando cientos de personajes. En 1934 recibió quince minutos de radio para crear un universo que todavía existe.
El 15 de octubre de 1934, a la 1:15 de la tarde, un hombre se sentó frente a un piano en los estudios de la XEW.
No tenía patrocinador, orquesta ni un programa consolidado. Disponía de quince minutos para cantar historias infantiles que todavía no habían encontrado un público propio en México.
Se llamaba Francisco Gabilondo Soler y llevaba años buscando una ocupación donde pudiera reunir sus conocimientos musicales, su imaginación y una curiosidad prácticamente inagotable.
Aquella tarde interpretó El Chorrito, Bombón I y El Ropero. Nadie podía saber entonces que aquellas canciones inaugurarían una de las obras musicales más queridas del país.
La emisora le había concedido una oportunidad modesta, prácticamente experimental. Él respondió inventando un territorio donde los animales hablaban, los objetos discutían y todo podía suceder.
El niño que prefería los libros a la escuela
Francisco José Gabilondo Soler nació el 6 de octubre de 1907 en Orizaba, Veracruz, entre montañas, bosques y paisajes que después aparecerían transformados en sus canciones.
Desde pequeño mostró una curiosidad poco convencional. Le interesaban la geografía, las matemáticas, los relatos de aventuras y los misterios que escondía el cielo nocturno.
Los libros de Emilio Salgari y Julio Verne alimentaron su imaginación, pero también despertaron preguntas sobre los océanos, las constelaciones y los territorios desconocidos del planeta.
No era un estudiante particularmente interesado en la disciplina escolar. Prefería aprender por cuenta propia, siguiendo las preguntas que surgían mientras leía y observaba su entorno.
Esa formación autodidacta terminaría convirtiéndose en una característica fundamental de su trabajo: nunca dejó de estudiar, incluso cuando ya era uno de los compositores más conocidos.
Aprendió piano mirando cómo se movían las teclas
En 1926, cuando tenía diecinueve años, comenzó a interesarse seriamente por la música, aunque carecía de los recursos necesarios para recibir una formación convencional de pianista.
Encontró una solución extraordinaria: consiguió permiso para practicar con la pianola de unos baños públicos y observaba cuidadosamente cómo descendían las teclas durante su funcionamiento mecánico.
Después colocaba sus propios dedos donde había visto moverse el instrumento. Repitió aquel procedimiento hasta desarrollar una habilidad musical que posteriormente perfeccionaría por su cuenta.
No era una manera académica de estudiar piano, pero revela algo importante sobre Gabilondo Soler: cuando encontraba un obstáculo, buscaba una solución dentro de sus posibilidades.
Su interés musical convivía con otras aficiones. Practicó natación, boxeo y tauromaquia, aunque ninguna de esas actividades terminó convirtiéndose en su verdadera profesión durante aquellos años.
Antes del grillo hubo un guasón
A finales de los años veinte comenzó a componer piezas musicales que estaban muy lejos del repertorio infantil por el cual sería recordado décadas después.
Escribía tangos, danzones y foxtrots, géneros populares en los ambientes urbanos de la época, y exploraba canciones humorísticas destinadas principalmente a un público de adultos.
En 1932 apareció en la radio con un personaje llamado El Guasón del Teclado, cuya propuesta combinaba música, humor y observaciones críticas sobre la sociedad mexicana.
Su repertorio todavía no incluía aquel universo de animales, muñecos y objetos parlantes. Era un compositor que buscaba su lugar entre numerosos intérpretes de música popular.
La radio mexicana estaba creciendo y ofrecía nuevas posibilidades profesionales, pero también exigía encontrar una identidad capaz de distinguirse entre voces, orquestas y programas competidores.
Gabilondo Soler descubrió que podía utilizar sus habilidades musicales para contar historias, aunque todavía faltaba encontrar a quienes terminarían convirtiéndose en sus oyentes más fieles.
Quince minutos que cambiaron su vida
A principios de 1934 presentó canciones infantiles a Othón Vélez, gerente artístico de la XEW, quien aceptó concederle un espacio radiofónico para probar aquella propuesta.
El programa comenzó sin patrocinadores ni publicidad. Gabilondo Soler interpretaba sus propias composiciones acompañado por el piano, mientras las historias dependían enteramente de su imaginación.
La primera emisión ocurrió el 15 de octubre y duró apenas quince minutos, tiempo suficiente para presentar personajes que terminarían acompañando a varias generaciones de mexicanos.
Entre aquellas primeras canciones figuraban El Chorrito, Bombón I y El Ropero, piezas inspiradas en recuerdos, observaciones y personajes que habitaban su memoria personal.
El programa todavía carecía de un personaje conductor. Fue entonces cuando surgió la propuesta de organizar las canciones alrededor de las aventuras de un pequeño animal.
Gabilondo Soler eligió un grillo porque en los cuentos tradicionales aparecía asociado con el violín. Después encontró un nombre breve y musical: Cri-Cri, el Grillito Cantor.
La elección resultó decisiva. A partir de entonces, las canciones comenzaron a formar parte de un universo reconocible, conducido por un personaje que nadie necesitaba ver.
Los habitantes de un país invisible
Cri-Cri no necesitaba escenarios monumentales ni efectos visuales. Bastaban una voz, un piano y la capacidad de convertir situaciones cotidianas en acontecimientos extraordinarios para sus oyentes.
En sus canciones aparecían animales preocupados por el trabajo, muñecos con sentimientos, personajes presumidos, objetos domésticos y criaturas capaces de comportarse como personas de carne y hueso.
La Patita hablaba de una madre que enfrentaba dificultades económicas, mientras El Jicote Aguamielero incorporaba una mirada crítica sobre determinadas conductas masculinas de su tiempo.
El Comal y la Olla convertía utensilios de cocina en protagonistas de una discusión, demostrando que cualquier rincón de una casa podía contener una historia musical.
El Ratón Vaquero aprovechaba el humor y los contrastes culturales, mientras Caminito de la Escuela trasladaba al universo animal experiencias familiares para numerosos niños mexicanos.
Aquellas composiciones tenían una característica fundamental: no trataban a los niños como oyentes incapaces de comprender conflictos, contradicciones, ironías o emociones complejas de los adultos.
Gabilondo Soler construyó historias accesibles sin renunciar a un vocabulario amplio, estructuras musicales elaboradas y referencias culturales que podían descubrirse mediante nuevas escuchas con los años.
El hombre que siguió mirando las estrellas
Aunque la música terminó convirtiéndose en su profesión, Francisco Gabilondo Soler nunca abandonó su verdadera pasión intelectual: estudiar el universo y comprender los fenómenos astronómicos.
El 31 de octubre de 1951 ingresó como miembro activo de la Sociedad Astronómica de México, institución dedicada a promover el conocimiento científico entre aficionados e investigadores.
Su interés no quedó limitado a observar estrellas. También impulsó la construcción de un observatorio en Tultepec, destinado a facilitar prácticas astronómicas entre personas interesadas.
Aquella actividad revela una dimensión menos conocida del compositor: el creador de mundos imaginarios dedicaba parte de su tiempo a estudiar mundos que realmente existían.
En sus canciones también aparecieron referencias al cielo, la Luna y los viajes, temas relacionados con las lecturas y preguntas que habían marcado su infancia.
La astronomía y la música no eran intereses contradictorios para Gabilondo Soler. Ambas exigían observar cuidadosamente, reconocer patrones y descubrir relaciones donde otros veían solamente confusión.
Una despedida después de casi veintisiete años
El programa de Cri-Cri permaneció en la radio durante casi veintisiete años, aunque su trayectoria incluyó interrupciones y cambios que modificaron las condiciones de producción.
Durante ese periodo, Gabilondo Soler escribió canciones, cuentos y arreglos musicales, además de desarrollar personajes que terminaron formando parte de la cultura popular mexicana.
El 30 de julio de 1961 terminó la emisión regular de su programa, pero aquella despedida no significó la desaparición de las canciones ni sus personajes.
Los discos, las retransmisiones y las interpretaciones posteriores permitieron que nuevas generaciones conocieran historias concebidas originalmente para un medio donde todo dependía del sonido y la imaginación.
En 1963 se estrenó la película Cri-Cri, el Grillito Cantor, protagonizada por Ignacio López Tarso y Marga López, inspirada en la vida del compositor.
Sin embargo, el cine no sustituyó la experiencia que había dado origen al personaje: escuchar una historia y construir mentalmente los escenarios donde ocurrían sus aventuras.
El hombre que dejó más de doscientas canciones
Francisco Gabilondo Soler murió el 14 de diciembre de 1990, a los 83 años, después de haber construido una obra musical extraordinariamente extensa y diversa.
La Sociedad de Autores y Compositores de México le atribuye más de doscientas veinte canciones y cientos de personajes, además de miles de páginas escritas.
Su legado también permanece en archivos musicales. El Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura ha digitalizado aproximadamente cuatro mil imágenes de partituras y arreglos.
Pero la importancia de Cri-Cri no puede medirse únicamente contando composiciones, grabaciones o documentos conservados. Su verdadera dimensión aparece en la memoria de quienes escucharon sus historias.
Durante décadas, millones de niños imaginaron animales que discutían, muñecos que bailaban y objetos que cobraban vida, aunque ninguno de aquellos personajes estuviera frente a ellos.
Gabilondo Soler había encontrado una forma extraordinaria de contar historias: utilizar la música para que cada oyente construyera sus propios escenarios, colores, movimientos y personajes.
El hombre que soñaba con estudiar las estrellas terminó creando otro universo, uno que no necesitaba telescopios ni mapas para ser descubierto por cualquier niño mexicano.
Cri-Cri nunca necesitó aparecer frente a sus oyentes. Francisco Gabilondo Soler consiguió algo más difícil: que cada niño pudiera verlo de una manera diferente.
