Era una historieta de formato diminuto, con aventuras disparatadas y un protagonista que nunca necesitaba hacer daño para provocar carcajadas. Durante décadas, Capulinita acompañó a los lectores mexicanos en puestos de periódicos, camiones y recreos escolares.
Antes de los teléfonos celulares, los niños mexicanos podían llevar un espectáculo completo en el bolsillo del pantalón, doblado entre monedas, canicas y envolturas de dulces.
No necesitaban pilas ni pantallas. Bastaba abrir una pequeña revista para encontrarse con Gaspar Henaine, Capulina, convertido en personaje de historieta y protagonista de aventuras imposibles.
Se llamaba Capulinita y pertenecía a un universo editorial donde las publicaciones populares circulaban de mano en mano hasta perder sus portadas originales.
En sus páginas aparecían personajes estrafalarios, enredos familiares, persecuciones y situaciones absurdas que trasladaban al papel el humor ingenuo del comediante más conocido como Capulina.
Su tamaño reducido era parte del encanto: podía esconderse dentro de un libro escolar, acompañar un viaje en autobús o pasar inadvertido durante clases.
La historieta no pretendía competir con las grandes novelas gráficas. Su ambición era mucho más inmediata: provocar una carcajada antes de que terminara el recreo.
La historieta tenía una particularidad que vale la pena recuperar: Capulinita no era simplemente un cómic pequeño de los ochenta. Era la versión de bolsillo de una tradición editorial que había comenzado cuando Viruta y Capulina todavía trabajaban juntos.
Y detrás de aquellas aventuras estaban dibujantes y guionistas mexicanos que consiguieron trasladar al papel el humor de Gaspar Henaine. El catálogo de la Hemeroteca Nacional identifica a Héctor Macedo como dibujante y a Ángel Morales como argumentista de Aventuras de Capulina.
De Viruta y Capulina a una revista que cabía en la mano
La historia comenzó antes de que Capulinita apareciera en los puestos de periódicos, cuando Gaspar Henaine y Marco Antonio Campos formaban una pareja cómica extraordinariamente popular.
Viruta era el hombre serio y Capulina, el ingenuo capaz de provocar desastres sin proponérselo. Juntos conquistaron el cine, la televisión y también las historietas mexicanas.
A comienzos de los sesenta apareció Aventuras de Viruta y Capulina, una publicación que trasladó sus personajes a viñetas y permitió prolongar sus bromas más allá de la pantalla.
La iniciativa editorial atravesó cambios de empresa y colaboradores, hasta consolidarse con Editormex Mexicana, donde trabajaron el dibujante Héctor Macedo y el argumentista Ángel Morales.
Cuando los comediantes se separaron en 1966, la historieta encontró una solución: Viruta desapareció de las aventuras y Capulina continuó protagonizando su propio universo.
Así nació Aventuras de Capulina, que conservó la comicidad del personaje y le dio compañeros, adversarios, trabajos y problemas que podían renovarse semana tras semana.
La publicación llegó a superar el millar de números, según el catálogo de historietas de la Hemeroteca Nacional, antes de convertirse también en una edición diminuta.
Capuleto era el verdadero cómplice del desastre
En el papel, Capulina vivía acompañado por su abuelo Capuleto, un personaje que sustituía parcialmente la función cómica que Viruta había desempeñado anteriormente.
La relación tenía una ventaja narrativa: ambos podían comportarse como niños grandes, discutir por tonterías y meterse en problemas sin necesitar enemigos verdaderamente malvados.
Doña Pachita, portera de la vecindad, aportaba otra mirada sobre las ocurrencias de ambos, mientras el general Balarrasa presumía un pasado revolucionario lleno de historias.
También aparecía el señor Quiñones, relacionado con el almacén donde trabajaba Capulina, escenario propicio para equivocaciones, conflictos laborales y situaciones de humor cotidiano.
Los personajes podían pasar de la pobreza a una riqueza inesperada y regresar después a sus dificultades habituales, sin que aquello exigiera demasiadas explicaciones.
La historieta funcionaba mediante un pacto sencillo con sus lectores: cualquier disparate era posible, siempre que terminara produciendo una situación suficientemente divertida para continuar leyendo.
Capulinita llegó cuando México aprendía a leer en pequeño
Hacia mediados de los años setenta apareció Aventuras de Capulinita, adaptación de bolsillo de las historietas protagonizadas por el comediante y sus personajes habituales.
Una revisión histórica publicada por Excélsior sitúa el cambio de formato en 1975 y señala que aquellos ejemplares podían alcanzar las 128 páginas impresas.
El nuevo tamaño resultaba especialmente conveniente para una industria donde las historietas competían por espacio en los puestos y por monedas en los bolsillos.
Durante los ochenta, aquellas pequeñas revistas formaron parte de un paisaje cotidiano compartido con fotonovelas, publicaciones deportivas, cuentos ilustrados y otros títulos populares.
El formato permitía leerlas en trayectos, patios escolares o salas de espera, aunque no existen cifras verificadas para establecer cuántos ejemplares circularon de Capulinita.
Su permanencia comercial demuestra, al menos, que había lectores interesados en reencontrarse con aquel personaje sin depender de sus películas o programas televisivos.
El humor blanco también tenía hambre y deudas
Capulina había construido una identidad pública alrededor del humor blanco, pero sus historietas no estaban completamente alejadas de las preocupaciones materiales del México urbano.
La falta de dinero, las dificultades para conseguir empleo y los conflictos con vecinos aparecían convertidos en enredos donde la ingenuidad funcionaba como defensa cómica.
Capuleto y su nieto podían enfrentarse a problemas económicos sin abandonar el tono disparatado, mientras las aventuras retrataban escenarios reconocibles para numerosos lectores mexicanos.
En sus páginas también aparecían conquistas amorosas, discusiones domésticas y personajes autoritarios que terminaban ridiculizados mediante equívocos, bromas y accidentes cuidadosamente dibujados.
Ese universo tenía algo de vecindad y algo de circo: sus habitantes podían discutir por cualquier cosa, pero difícilmente permanecían serios durante mucho tiempo.
La comicidad de Macedo dependía tanto de los diálogos como de los gestos, porque debía conseguir que el lector reconociera inmediatamente al Capulina cinematográfico.
El dibujante que mantuvo vivo al comediante
Héctor Macedo no se limitó a reproducir la apariencia física de Gaspar Henaine. También trasladó sus movimientos y expresiones al lenguaje de la historieta.
Su experiencia como colaborador de La Familia Burrón le permitió trabajar con personajes populares y situaciones urbanas que exigían una expresividad gráfica inmediatamente reconocible.
Ángel Morales, por su parte, desarrolló argumentos capaces de sostener nuevas aventuras sin depender directamente de las películas que habían hecho famoso al comediante.
Aquella continuidad creativa explica por qué las historietas pudieron seguir circulando cuando Capulina ya había construido una carrera independiente de su antiguo compañero Viruta.
El personaje había dejado de necesitar un escenario real para existir: podía trabajar, enamorarse, equivocarse o convertirse en millonario dentro de unas cuantas viñetas.
Las revistas que sobrevivieron a sus lectores
Las historietas de Capulinita circularon hasta finales de los ochenta y alrededor de 1990, cuando el mercado editorial mexicano comenzaba a transformarse profundamente.
Muchos ejemplares terminaron maltratados, incompletos o desaparecidos, precisamente porque habían sido fabricados para circular ampliamente y no para conservarse como objetos de colección.
Hoy aparecen en ventas de segunda mano y colecciones particulares, donde su valor depende del estado físico, la rareza y el interés de cada comprador.
En 2022, El Universal Puebla documentó ofertas de ejemplares que alcanzaban los 250 pesos, aunque ese precio anunciado no equivale necesariamente a una venta realizada.
La Hemeroteca Nacional conserva registros de las publicaciones anteriores, mientras coleccionistas y aficionados han contribuido a preservar ejemplares que de otra manera podrían haberse perdido.
Pero el verdadero valor de Capulinita no está solamente en su precio actual, sino en haber convertido una figura televisiva en compañero cotidiano de lectura.
Capulina necesitaba una pantalla para hacer reír a México. Capulinita consiguió algo más difícil: meterse en un bolsillo y seguir contando chistes cuando apagaban la televisión.
