El mexicano convirtió la resistencia en un arma, conquistó el campeonato mundial pluma en 1964 y construyó una de las carreras más extraordinarias del boxeo nacional.
Hay boxeadores que ganan porque pegan más fuerte. Otros porque son más rápidos. Vicente Saldívar desarrolló una estrategia psicológicamente bastante más cruel: esperar a que el otro dejara de poder.
Era zurdo, peleaba como pluma y podía mantener durante quince rounds una presión que convertía el cuadrilátero en una habitación cada vez más pequeña.
Cuando llegó la oportunidad de disputar el campeonato mundial, el hombre que estaba enfrente no era precisamente un campeón accidental.
Ultiminio “Sugar” Ramos, cubano avecindado en México, era campeón mundial pluma y llegaba como favorito. Había defendido exitosamente su corona en tres ocasiones.
La pelea se celebró el 26 de septiembre de 1964 en el Toreo de Cuatro Caminos. Alrededor de 24 mil personas llenaron aquel gigantesco edificio.
Saldívar tenía 21 años.
El campeón comenzó a quedarse sin espacio
Sugar Ramos había conocido los extremos del boxeo. Era experimentado, peligroso y poseía una historia deportiva que ya había atravesado episodios terribles.
Saldívar no necesitó precipitarse.
Fue trabajando el cuerpo, acumulando golpes y obligando al campeón a sostener una pelea que se volvía progresivamente más incómoda.
El desgaste terminó siendo visible durante los rounds décimo y undécimo. Cuando llegó el momento de iniciar el duodécimo, Ramos ya no salió.
Vicente Saldívar era campeón mundial.
La victoria inauguró una época notable. Defendió sucesivamente la corona ante rivales de enorme calidad y llevó el campeonato fuera de México.
Uno de ellos terminaría unido para siempre a su nombre.
Howard Winstone.
El galés que tuvo que enfrentarlo tres veces
Winstone era un formidable boxeador británico. Saldívar viajó a Londres en septiembre de 1965 y lo derrotó después de quince rounds.
Pero la historia no terminó ahí.
Volvieron a encontrarse en Cardiff el 15 de junio de 1967. Nuevamente recorrieron los quince asaltos y nuevamente Saldívar conservó el campeonato.
Faltaba una tercera pelea.
El escenario elegido fue completamente diferente: el Estadio Azteca de la Ciudad de México, inaugurado apenas un año antes.
El 14 de octubre de 1967 ambos subieron nuevamente al ring.
Esta vez no hicieron falta quince rounds.
Durante el duodécimo, Saldívar derribó al galés y continuó atacándolo hasta que la esquina de Winstone lanzó la toalla.
Entonces ocurrió algo inesperado.
El campeón se fue siendo campeón
Terminada la pelea, Saldívar tomó el micrófono y anunció su retiro.
Tenía apenas 24 años.
No había perdido el campeonato. Nadie acababa de destronarlo. Simplemente decidió abandonar el boxeo después de derrotar por tercera ocasión al rival que más había puesto a prueba su reinado.
Su ausencia, sin embargo, duró poco.
Regresó posteriormente y en mayo de 1970 volvió a conquistar el campeonato mundial pluma al derrotar en Roma al australiano Johnny Famechon.
La segunda etapa no tendría la misma duración. En diciembre de aquel año perdió el título ante el japonés Kuniaki Shibata en Tijuana.
Todavía regresaría nuevamente al cuadrilátero antes de abandonar definitivamente el boxeo.
Pero para entonces la historia fundamental ya estaba escrita.
Quince rounds eran otra cosa
Recordar aquellas peleas exige también recordar un deporte distinto.
Los campeonatos mundiales podían disputarse a quince asaltos. Eso significaba administrar fuerzas durante 45 minutos potenciales de combate, además de los descansos.
Saldívar convirtió precisamente esa distancia en territorio propio.
No necesitaba que cada golpe terminara una pelea. Necesitaba que cada golpe hiciera un poco más difícil llegar al siguiente round.
Por eso sus fotografías tienen algo engañoso.
No aparece como un gigante. Competía alrededor de las 126 libras, aproximadamente 57 kilos. Frente a muchos rivales tampoco parecía especialmente intimidante.
El problema comenzaba cuando sonaba la campana.
Y continuaba.
Y continuaba.
Hasta que, algunas noches, habían pasado catorce rounds y Vicente Saldívar todavía parecía dispuesto a trabajar.
Su golpe más peligroso quizá no estaba en los puños. Estaba en el round que todavía faltaba.
