Llegó a México con 17 años y aprendió diseño trabajando. Después ordenó letras, blancos, fotografías, colores y geometrías hasta transformar libros, revistas y periódicos. Vicente Rojo no necesitó firmar cada página: durante décadas millones de mexicanos miraron su trabajo antes incluso de saber quién era.
Vicente Rojo llegó a México durante 1949 con 17 años, después de una infancia española marcada por la Guerra Civil y una prolongada separación familiar.
Había nacido en Barcelona durante 1932 y vino para reunirse con su padre, refugiado republicano establecido en México después de abandonar la España franquista.
El muchacho había estudiado dibujo, escultura y cerámica, pero todavía no sabía que terminaría participando decisivamente en algo prácticamente inexistente como profesión mexicana organizada.
Poco después conoció a Miguel Prieto, otro exiliado español que trabajaba en publicaciones culturales y terminaría proporcionándole sus primeras lecciones verdaderamente importantes sobre diseño gráfico.
Rojo comenzó ayudándolo dentro de la Oficina de Ediciones del Instituto Nacional de Bellas Artes mientras simultáneamente continuaba formándose como artista en México.
No llegó anunciándose como diseñador.
Primero tuvo que aprender que una página también podía construirse.
Las letras dejaron de servir solamente para escribir
En aquellos talleres, una decisión aparentemente pequeña podía transformar completamente aquello que terminaría mirando el lector: escoger tipografía, tamaño, posición, espacio y relación con imágenes.
Rojo descubrió que diseñar no significaba simplemente decorar después aquello que escritores y editores habían terminado, sino participar directamente en cómo sería comprendido visualmente.
Una palabra podía pesar.
Otra podía respirar.
Una fotografía podía ocupar media página o convertirse apenas en una pequeña interrupción dentro de una gran superficie blanca.
El vacío también podía trabajar.
La geometría podía ordenar.
El color podía señalar sin gritar.
Y una portada no necesitaba ilustrar literalmente aquello que contenía para conseguir que alguien quisiera abrir inmediatamente el libro.
Aquel aprendizaje terminaría modificando durante décadas la apariencia de una porción enorme de la cultura impresa mexicana.
A los veintiún años ya tenía las llaves
Cuando Miguel Prieto dejó la Oficina de Ediciones del INBA, Rojo quedó encargado de aquel espacio con apenas 21 años, responsabilidad considerable para alguien todavía formándose.
Ahí comenzó a relacionarse cotidianamente con imprentas, familias tipográficas, artistas, escritores, funcionarios culturales y problemas materiales que ninguna escuela podía enseñar completamente entonces.
El diseño gráfico mexicano todavía no poseía la institucionalización profesional que alcanzaría posteriormente mediante universidades, despachos especializados, asociaciones, publicaciones y carreras dedicadas exclusivamente a esa disciplina.
Rojo aprendía haciéndolo.
Equivocándose.
Mirando.
Corrigiendo.
Volviendo a imprimir.
Cada publicación constituía simultáneamente un encargo y una pequeña escuela donde podía experimentar con maneras diferentes de organizar información sobre papel.
México tampoco tenía demasiadas reglas establecidas.
Eso representaba una dificultad.
También era una oportunidad formidable.
Entonces apareció una imprenta llamada Madero
Durante los años cincuenta, Rojo comenzó a colaborar con los talleres gráficos vinculados con Librería Madero, una relación fundamental para comprender la transformación editorial posterior.
El taller había comenzado modestamente, pero desarrollaría capacidades técnicas que permitieron experimentar con tipografías, papeles, tintas, fotografías y soluciones gráficas cada vez más sofisticadas.
Rojo no trabajaba desde una torre artística donde simplemente entregaba instrucciones para que otras personas resolvieran después cómo fabricar aquello que había imaginado.
Conocía el proceso.
Sabía qué podía hacer una máquina.
Entendía tipos.
Miraba papeles.
Trabajaba junto a impresores.
Esa cercanía entre diseño y producción terminó siendo decisiva porque permitió que sus ideas no permanecieran convertidas en dibujos imposibles dentro de alguna carpeta.
La página debía funcionar también cuando entrara a prensa.
México en la Cultura comenzó a verse distinto
Una de sus grandes escuelas públicas fue México en la Cultura, suplemento del periódico Novedades dirigido durante años por Fernando Benítez.
Miguel Prieto había participado originalmente en su configuración visual y, después de su muerte durante 1956, Rojo continuó aquel trabajo dentro de una publicación fundamental.
Por sus páginas circulaban escritores, críticos, artistas e intelectuales que estaban participando en una transformación cultural mexicana considerablemente más amplia que cualquier discusión estrictamente tipográfica.
Rojo tenía que conseguir algo difícil.
Aquella diversidad debía parecer parte de una misma publicación.
Textos largos.
Fotografías.
Ilustraciones.
Encabezados.
Reseñas.
Ensayos.
Todo necesitaba convivir sin convertirse en una acumulación visual donde cada elemento gritara para conseguir atención antes que los demás.
Diseñar empezaba a significar también poner orden dentro de la conversación cultural mexicana.
Después ayudó a fundar Era
En 1960, Vicente Rojo participó en la fundación de Ediciones Era junto con los hermanos Espresate y otros integrantes de aquel círculo editorial.
El nombre mismo surgió de las iniciales de los apellidos Espresate, Rojo y Azorín, una pequeña contraseña convertida después en institución cultural mexicana.
Era terminaría publicando autores fundamentales y construyendo un catálogo inmediatamente reconocible por lectores interesados en literatura, pensamiento político, ensayo y ciencias sociales.
Rojo fue responsable durante décadas de buena parte de su identidad gráfica y de centenares de portadas asociadas con aquel catálogo.
Ahí podía demostrarse algo fundamental.
Los libros no tenían que parecerse completamente entre sí para reconocerse como pertenecientes a una misma casa.
Podían compartir inteligencia visual.
Una editorial también podía tener personalidad.
Y aquella personalidad podía comenzar antes de la primera línea del escritor.
Rojo convirtió las portadas en preguntas
Muchas portadas tradicionales funcionaban mediante una relación relativamente sencilla: había un título y alguna imagen capaz de explicar inmediatamente aquello que encontraríamos adentro.
Rojo prefería frecuentemente construir otra relación.
Una forma geométrica podía sustituir una ilustración.
Una fotografía podía fragmentarse.
Una letra podía convertirse en imagen.
Una repetición podía producir ritmo.
El color podía utilizarse como estructura y no simplemente como relleno.
El lector tenía entonces que completar algo.
La portada dejaba de decir “este libro trata exactamente de esto” y comenzaba a formular una pequeña pregunta visual.
Esa economía terminó volviéndose característica de buena parte del diseño editorial moderno mexicano.
Menos decoración.
Más estructura.
Menos explicación.
Más inteligencia depositada en quien estaba mirando.
Rojo no trataba al lector como alguien necesitado de dibujos explicativos.
Le pedía participar.
Una U podía sostener una revista
Durante los años sesenta, Rojo asumió también la dirección artística de la Revista de la Universidad de México y transformó especialmente la lógica de sus portadas.
La letra U se convirtió en elemento recurrente y distintivo, capaz de adoptar diferentes soluciones sin perder inmediatamente su relación con la publicación universitaria.
Era un procedimiento extraordinariamente sencillo.
Precisamente por eso resultaba difícil.
Cualquier diseñador puede llenar una página.
Conseguir que una sola letra sostenga una identidad durante diferentes números requiere comprender perfectamente cuánto puede variar antes de dejar de reconocerse.
Rojo trabajaba precisamente en ese límite.
Repetición sin monotonía.
Identidad sin plantilla.
Orden sin rigidez.
La misma lógica aparecería constantemente dentro de su producción artística, donde desarrolló series enteras mediante variaciones sistemáticas sobre determinados elementos geométricos.
Diseño y pintura permanecían separados para él.
Pero ambos sabían conversar.
También diseñó cómo debía escucharse México
La colaboración con la UNAM alcanzó incluso las portadas de discos pertenecientes a la colección Voz Viva de México, donde quedaron registrados escritores leyendo sus propios textos.
Otra vez aparece una paradoja deliciosa.
El contenido principal era sonido.
Pero alguien tenía que decidir primero cómo debía verse.
Antes de escuchar la voz de un escritor, el público encontraba una funda, una tipografía, una fotografía, una composición y determinadas decisiones gráficas.
Rojo trabajó en ese territorio donde cultura y objeto se encuentran.
Un poema puede ser intangible.
Un disco no.
Un ensayo consiste en ideas.
Un libro pesa.
Una revista tiene tamaño.
El diseño debía resolver precisamente aquella transformación mediante la cual algo intelectual terminaba convertido en objeto que podía comprarse, regalarse, doblarse o guardar durante décadas.
La Cultura en México volvió a ponerlo frente al país
Cuando México en la Cultura dejó de aparecer dentro de Novedades, Fernando Benítez encabezó posteriormente La Cultura en México, suplemento de la revista Siempre!
Rojo volvió a desempeñar un papel central en su dirección artística.
Otra generación de escritores y lectores encontró entonces páginas donde modernidad gráfica y discusión intelectual avanzaban juntas durante una época políticamente intensa para México.
No era solamente belleza editorial.
El diseño tenía que trabajar con textos sobre literatura, artes, política, sociedad y acontecimientos capaces de modificar violentamente el ambiente público nacional.
Una página podía contener reflexión extraordinariamente seria y, simultáneamente, necesitar una solución gráfica que facilitara leerla sin convertirla en documento burocrático.
Rojo desarrolló ahí una virtud fundamental.
Hacer visible la inteligencia sin disfrazarla de solemnidad.
En 1968 también diseñar significaba tomar posición
El mundo cultural mexicano atravesó durante aquellos años tensiones imposibles de separar completamente de la producción editorial, particularmente alrededor del movimiento estudiantil de 1968.
Rojo pertenecía a una comunidad de artistas, escritores y editores profundamente involucrada en las discusiones políticas, culturales y democráticas de aquella época.
Su trabajo gráfico convivió con publicaciones donde esas conversaciones encontraron espacio cuando otros ámbitos permanecían sometidos a fuertes controles políticos y mediáticos.
Esto importa porque permite evitar una interpretación demasiado cómoda del diseño como simple embellecimiento.
Una publicación cultural también construye jerarquías.
Decide qué texto destaca.
Qué imagen permanece.
Cómo se organiza una discusión.
Qué portada interpela al lector desde un puesto de periódicos.
El diseñador no escribía necesariamente el argumento.
Pero construía el lugar donde ese argumento podía encontrarse con miles de personas.
Los setenta encontraron a Rojo trabajando por todas partes
Para entonces, Vicente Rojo había acumulado una experiencia extraordinaria entre suplementos, editoriales, instituciones culturales, revistas, carteles, catálogos y libros.
En 1973, el Museo Universitario de Ciencias y Arte presentó El cuaderno escolar de Vicente Rojo, exposición dedicada precisamente a su producción gráfica.
Aquello significaba algo importante.
El diseño editorial comenzaba a entrar al museo no solamente como herramienta utilizada para presentar otras obras, sino como producción digna de observación propia.
Rojo había contribuido a cambiar esa percepción.
Una portada podía estudiarse.
Un cartel podía conservarse.
Una página podía formar parte de una exposición.
Aquello que parecía destinado simplemente a acompañar información comenzaba a adquirir historia propia.
El diseñador dejaba de ser invisible.
Aunque Rojo seguiría prefiriendo muchas veces que el trabajo hablara antes que su nombre.
No fundó una escuela y terminó teniendo alumnos por todas partes
Vicente Rojo nunca necesitó convertirse en profesor universitario convencional para ejercer una influencia enorme sobre generaciones posteriores de diseñadores mexicanos.
Su escuela estaba sobre las mesas.
En librerías.
Quioscos.
Bibliotecas.
Oficinas.
Hemerotecas.
Una persona podía aprender diseño observando cómo resolvía una portada de Era, una página universitaria o determinado suplemento cultural.
También existía el aprendizaje directo dentro de imprentas y equipos editoriales donde jóvenes diseñadores podían verlo trabajar, discutir alternativas y corregir composiciones.
La UNAM terminaría considerándolo maestro precisamente en ese sentido: alguien cuya obra funcionó durante décadas como referencia pedagógica sin necesitar un salón de clases.
México aprendió a mirar páginas hechas por Rojo.
Después algunos mexicanos aprendieron a hacer páginas mirando cómo las hacía Rojo.
El diseño comenzó a entrar en la vida diaria
La influencia terminó extendiéndose mucho más allá de publicaciones estrictamente culturales.
Rojo realizó trabajos para Plural, Vuelta, Diálogos, la Revista de Bellas Artes, La Gaceta del Fondo de Cultura Económica y otras publicaciones.
También participó posteriormente en la apariencia de periódicos como Unomásuno y La Jornada, llevando aquella experiencia editorial hacia objetos informativos consumidos diariamente.
Esto amplificó enormemente el alcance.
Una exposición puede recibir miles de visitantes.
Un periódico entra diariamente en puestos, oficinas, cafés, casas, transporte y conversaciones de una ciudad completa.
El diseño deja entonces de pertenecer exclusivamente al museo.
Se vuelve mobiliario visual cotidiano.
Está frente al desayuno.
Debajo del brazo.
Sobre el escritorio.
Abandonado en una banca.
La modernidad gráfica mexicana podía circular doblada por la mitad.
Muchísima gente conoció su obra sin conocerlo
Aquí está probablemente el mayor logro.
Vicente Rojo no necesitaba aparecer en televisión para que millones de mexicanos convivieran con decisiones tomadas por él.
Podían reconocer una editorial.
Una revista.
Un suplemento.
Un periódico.
Una colección.
Y jamás preguntarse quién había escogido aquella letra, aquel espacio blanco, aquella proporción o aquella relación entre imagen y texto.
El diseño funciona extraordinariamente bien precisamente cuando esa pregunta no resulta indispensable.
La silla puede ser cómoda sin obligarnos a conocer al diseñador.
Una página puede leerse perfectamente sin explicarnos quién decidió sus márgenes.
Rojo ayudó a construir durante décadas esa clase de inteligencia silenciosa.
Estaba ahí.
Organizando.
Jerarquizando.
Sugiriendo.
Permitiendo respirar.
La UNAM resumiría después su influencia con una idea particularmente precisa: su trabajo marcó la visualidad mexicana.
Mientras tanto también estaba pintando
Sería imposible entender completamente aquel diseño olvidando que Rojo desarrollaba simultáneamente una carrera artística fundamental dentro de la llamada Generación de la Ruptura.
Él prefería hablar de apertura, término probablemente más preciso para una generación interesada en ampliar posibilidades frente al dominio simbólico ejercido durante décadas por el muralismo mexicano.
Sus pinturas exploraron geometría, repetición, variación, color y estructuras que pueden agruparse en grandes series como Señales, Negaciones, Recuerdos y México bajo la lluvia.
Más tarde llegaría también la escultura.
Sin embargo, Rojo insistía en distinguir su práctica artística de su trabajo profesional como diseñador, aunque naturalmente ambos compartían una extraordinaria sensibilidad formal.
Durante el día podía resolver un libro.
Después regresar al estudio.
Una actividad necesitaba comunicar algo perteneciente a otros.
La segunda podía pertenecer enteramente a él.
México bajo la lluvia nació mirando
La capacidad para transformar observación en sistema visual aparece claramente dentro de una de sus series pictóricas más conocidas, concebida después de observar lluvia sobre el Valle de Cholula.
Rojo convirtió aquella experiencia en una estructura repetida de diagonales, ritmos y variaciones donde la lluvia podía reconocerse sin necesidad de pintar literalmente una tormenta.
Ese procedimiento ayuda también a comprender su diseño.
No copiar.
Reducir.
Encontrar estructura.
Convertir experiencia en signos.
Tal vez por eso sus páginas envejecieron de manera diferente respecto de tantos productos gráficos construidos alrededor de modas destinadas a desaparecer rápidamente.
Había una disciplina debajo.
La geometría no dependía de temporada.
El blanco tampoco.
Una buena relación entre letras continuaba funcionando después de que cambiaran peinados, automóviles, gobiernos y tecnologías de impresión.
Los libros sobrevivieron a las máquinas que los imprimieron
Muchas herramientas utilizadas por Rojo durante sus primeras décadas profesionales desaparecieron o fueron sustituidas radicalmente por procesos digitales.
Los tipos físicos dejaron de gobernar talleres.
El offset transformó procesos.
Después llegaron computadoras.
Programas.
Fuentes digitales.
Pantallas.
Impresión completamente distinta.
Pero los objetos quedaron.
Una portada de 1962 todavía puede sostenerse con las manos.
Una revista diseñada hace sesenta años continúa mostrando exactamente dónde colocó Rojo una fotografía y cuánto espacio decidió dejar alrededor.
Eso vuelve al diseño editorial una máquina del tiempo particularmente eficiente.
No conserva solamente información.
Conserva decisiones.
Podemos reconstruir cómo alguien quería que México mirara determinado libro durante 1965 simplemente abriéndolo nuevamente.
La página no necesita restaurar su memoria.
Nunca la perdió.
Su nombre terminó entrando donde antes entraban solamente escritores
En 1991 recibió el Premio Nacional de Ciencias y Artes y el Premio México de Diseño, reconocimientos que mostraban hasta qué punto aquella actividad había adquirido legitimidad cultural.
Tres años después ingresó a El Colegio Nacional, institución reservada para figuras cuya obra representa contribuciones sobresalientes al conocimiento, las ciencias, las artes y las humanidades.
Para entonces resultaba imposible encerrarlo dentro de una sola categoría.
Pintor.
Escultor.
Diseñador.
Editor.
Constructor de libros.
La combinación explica también una transformación cultural más amplia: México había comenzado a reconocer que diseñar aquello que leemos también constituye producción intelectual y artística.
La portada ya no era envoltura.
La tipografía tampoco era trámite.
Había pensamiento ahí.
Quizá su obra más grande no pueda colgarse
Podemos visitar museos para observar pinturas de Vicente Rojo y caminar frente a esculturas monumentales creadas durante diferentes etapas de su trayectoria.
Pero existe otra obra muchísimo más dispersa.
Está repartida entre bibliotecas particulares, hemerotecas, librerías de viejo, archivos universitarios, cajas familiares y estantes donde permanecen publicaciones que alguien compró hace décadas.
Nadie podría reunir fácilmente todas aquellas páginas y colocarlas juntas sobre una sola pared.
Quizá tampoco tendría sentido.
Fueron creadas precisamente para circular.
Para ser tocadas.
Leídas.
Prestadas.
Subrayadas.
Archivadas.
Perdidas.
Encontradas.
La gran obra editorial de Vicente Rojo no ocupa un museo.
Ocupa la memoria impresa de México.
La mejor fotografía podría estar dentro de una imprenta
No lo mostraría posando frente a una pintura terminada.
Preferiría encontrarlo durante los setenta dentro de un taller, rodeado por pruebas, letras, tintas, papeles, reglas y páginas todavía incompletas.
Frente a él habría una mesa enorme.
Sobre ella, publicaciones diferentes.
Rojo estaría moviendo apenas una letra roja.
Un centímetro.
Tal vez dos.
Nada aparentemente trascendental.
Detrás, impresores esperan.
La prensa está preparada.
Y ahí reside nuestra imagen.
México todavía no sabe que aquella letra terminará siendo vista por miles de personas.
Rojo simplemente considera que todavía está demasiado arriba.
Vicente Rojo llegó a México con 17 años y encontró un país que terminaría convirtiéndose también en su obra. No levantó solamente pinturas y esculturas. Durante décadas acomodó letras, imágenes, blancos y colores dentro de objetos que millones de personas sostuvieron entre las manos. Muchos jamás supieron quién había diseñado aquello que estaban mirando. Quizá ése sea el triunfo más extraño del diseñador: Vicente Rojo consiguió volverse invisible mientras México aprendía a verse diferente.
