México quiere hospitales que atiendan mejor, médicos que escuchen y enfermeras que nunca abandonen a sus pacientes. Pero rara vez se pregunta cuánto cuesta sostener esa entrega. Detrás de cada consulta hay trabajadores con jornadas, salarios, familias y problemas propios. La contradicción aparece cuando el derecho del paciente a recibir atención choca con el derecho de quien lo atiende a trabajar dignamente.
Hay una frase que repetimos con enorme facilidad cuando alguien enferma: lo importante es que lo atiendan. Lo demás parece secundario hasta que nos toca esperar.
Entonces queremos encontrar médicos disponibles, enfermeras pacientes, medicamentos suficientes y hospitales capaces de resolver cualquier urgencia, sin importar la hora ni las circunstancias.
Es una exigencia legítima. La salud no puede esperar a que las condiciones sean ideales, especialmente cuando una enfermedad amenaza la vida de alguien.
Pero existe otra pregunta, menos frecuente y bastante más incómoda: ¿quién se ocupa de las personas que deben estar disponibles para cuidar a todos los demás?
Un hospital nunca cierra completamente. Mientras una parte de la ciudad duerme, alguien revisa signos vitales, administra medicamentos o prepara una intervención quirúrgica.
Ese trabajo sostiene uno de los derechos más importantes de cualquier sociedad. También exige una disponibilidad física y emocional que no debería confundirse con sacrificio ilimitado.
El hospital es un lugar donde dos derechos se encuentran
El paciente necesita atención oportuna y de calidad. El trabajador sanitario necesita condiciones que le permitan ofrecerla sin poner en riesgo su propia salud.
En teoría, ambos intereses deberían reforzarse. Un hospital con personal suficiente, descansado y bien preparado tendría mejores posibilidades de atender correctamente a sus pacientes.
En la práctica, la escasez de recursos puede enfrentar esas necesidades. Cuando faltan trabajadores, alguien debe cubrir los turnos que permanecen descubiertos.
Si las jornadas se prolongan, el cansancio aumenta. Si el personal se ausenta para protestar, los pacientes pueden enfrentar demoras o incertidumbre.
No significa que reclamar derechos laborales sea contrario al bienestar de los enfermos. Significa que el sistema debe evitar colocar a unos frente a otros.
La responsabilidad principal corresponde a quienes organizan, financian y administran los servicios, porque son ellos quienes deben procurar condiciones compatibles con ambos derechos.
La protesta de octubre puso el conflicto frente a todos
El 9 de octubre, trabajadores del IMSS bloquearon vialidades de la Ciudad de México para exigir mejores condiciones laborales y denunciar problemas de abastecimiento.
Las movilizaciones continuaron durante la semana. El 14 de octubre, grupos inconformes volvieron a protestar mientras se desarrollaba una consulta sindical sobre salarios.
Entre sus demandas figuraron mejoras salariales, mayor disponibilidad de medicamentos e insumos, contratación de personal y cambios en el régimen de jubilaciones.
La inconformidad también alcanzó a la dirigencia del Sindicato Nacional de Trabajadores del Seguro Social, encabezado por Rafael Olivos Hernández, cuestionada por manifestantes.
La discusión salarial requiere precisión. El incremento negociado fue de 6.8%, compuesto por 2.9% al salario tabular y 3.9% en prestaciones.
Los trabajadores inconformes reclamaron un aumento mayor. La diferencia entre salario directo y prestaciones explica parte del desacuerdo, pero no agota sus motivos.
La protesta ocurrió mientras pacientes y familiares continuaban necesitando consultas, tratamientos y cirugías. Esa coincidencia volvió especialmente delicado el conflicto.
El IMSS tiene una respuesta que también debemos escuchar
El instituto rechazó que las movilizaciones significaran una suspensión generalizada de servicios y aseguró que sus hospitales y unidades médicas permanecían en operación.
En un comunicado de octubre, afirmó que estaban garantizadas las urgencias, hospitalizaciones, terapias intensivas, atención de partos y sesiones de hemodiálisis.
También informó que más de 400 mil trabajadores habían registrado su asistencia y laborado normalmente durante la jornada descrita en el documento.
El IMSS pidió mantener libres los accesos hospitalarios, especialmente para ambulancias y personas con citas o procedimientos previamente programados.
La institución presentó además cifras que contradicen la idea de que su plantilla permanece congelada desde hace años.
Según su propio balance, entre 2019 y 2026 incorporó 94,631 trabajadores de base, incluidos más de 27 mil médicos especialistas y 26,777 enfermeras.
La plantilla pasó de 360,823 a 455,454 trabajadores de base, un crecimiento considerable que debe reconocerse al evaluar la política de contratación.
Pero contratar más personas no demuestra automáticamente que todas las unidades tengan suficiente personal ni que las cargas laborales estén equilibradas.
Para saberlo necesitaríamos conocer las plazas vacantes, la distribución territorial, las necesidades por especialidad y la cantidad de pacientes atendidos por trabajador.
Ahí aparece una exigencia periodística importante: las denuncias sindicales necesitan pruebas, pero los informes gubernamentales también requieren indicadores que permitan comprobar sus resultados.
México tiene menos personal sanitario del que necesita
El informe Panorama de la Salud 2025 de la OCDE permite colocar las protestas mexicanas dentro de un problema más amplio que cualquier negociación sindical.
México registra 2.7 médicos por cada mil habitantes, frente a 3.9 en el promedio de los países integrantes de esa organización internacional.
En enfermería, la distancia es mayor: tres profesionales por cada mil habitantes en México, mientras el promedio de la OCDE alcanza 9.2.
No significa que todos los hospitales mexicanos funcionen con una tercera parte del personal necesario. Son indicadores nacionales que no describen cada establecimiento.
Pero sí muestran que México dispone de una fuerza laboral sanitaria relativamente pequeña frente a países con los que suele comparar sus aspiraciones.
También ayudan a comprender por qué contratar miles de trabajadores puede representar un avance real sin resolver automáticamente las necesidades acumuladas.
La ciencia encontró una relación entre el cansancio y la seguridad del paciente
En 2024, la revista científica JAMA Network Open publicó una investigación que reunió 85 estudios realizados en 32 países, con 288 mil 581 enfermeras participantes.
Los investigadores encontraron que el agotamiento profesional estaba relacionado con más errores de medicación, infecciones hospitalarias, caídas de pacientes y problemas de atención.
También identificaron una asociación entre el desgaste del personal y una menor satisfacción de los pacientes con los servicios recibidos.
La investigación no permite afirmar que cada error médico sea consecuencia del cansancio ni demuestra que los resultados extranjeros se reproduzcan exactamente en México.
Pero aporta una conclusión importante: las condiciones laborales de quienes cuidan también forman parte de la seguridad de quienes reciben atención.
Un trabajador exhausto no deja de ser responsable de sus decisiones profesionales. Sin embargo, las instituciones tampoco pueden ignorar las condiciones en que debe tomarlas.

La OMS escuchó a quienes ya no podían seguir igual
En octubre de 2025, la Organización Mundial de la Salud publicó una investigación sobre salud mental del personal médico y de enfermería en Europa.
El estudio reunió más de 90 mil respuestas válidas y encontró niveles preocupantes de ansiedad, depresión, violencia laboral y jornadas excesivas.
Aproximadamente uno de cada tres médicos y enfermeras reportó síntomas de depresión o ansiedad, según el balance difundido por la oficina europea del organismo.
El director regional de la OMS, Hans Henri P. Kluge, advirtió que la fortaleza de los sistemas sanitarios depende directamente de las personas que los sostienen.
La médica residente francesa Mélanie Debarreix ofreció una explicación particularmente clara al describir el agotamiento físico y mental que experimentan los trabajadores.
«Elegimos un camino de humanidad, pero eso no significa que dejemos de ser humanos», señaló en el testimonio difundido por la OMS.
La frase resume el problema mejor que muchas estadísticas: dedicar la vida a cuidar enfermos no debería implicar renunciar al derecho de cuidar la propia salud.
El estudio corresponde a países europeos y no constituye una medición de los trabajadores mexicanos. Su utilidad está en mostrar que el problema trasciende fronteras.
La vocación puede convertirse en una trampa
Existe una palabra especialmente poderosa dentro de los hospitales: vocación. La utilizamos para reconocer a quienes eligieron profesiones dedicadas al cuidado de otras personas.
La vocación explica por qué muchos trabajadores encuentran sentido en jornadas difíciles y mantienen su compromiso incluso cuando las condiciones están lejos de ser ideales.
Pero también puede utilizarse para justificar sacrificios que ninguna otra profesión aceptaría con tanta facilidad: horarios excesivos, descansos insuficientes o responsabilidades desproporcionadas.
Cuando alguien reclama mejores condiciones, aparece entonces una acusación conocida: si verdaderamente le importaran sus pacientes, no estaría protestando.
Ese razonamiento convierte una virtud personal en una obligación ilimitada y traslada al trabajador problemas que deberían resolver las instituciones.
La Organización Internacional del Trabajo y la OMS sostienen precisamente lo contrario: proteger la salud de los trabajadores sanitarios forma parte de garantizar servicios seguros.
El paciente tampoco puede convertirse en rehén
Reconocer la legitimidad de las demandas laborales no obliga a justificar cualquier forma de protesta, especialmente cuando puede dificultar el acceso a servicios indispensables.
Una ambulancia necesita llegar a urgencias. Una persona con una cirugía programada requiere información oportuna. Un paciente en tratamiento no puede quedar abandonado.
El derecho a manifestarse debe convivir con esas necesidades, y las organizaciones sindicales tienen responsabilidad en evitar afectaciones innecesarias a personas vulnerables.
También corresponde a las autoridades establecer mecanismos de diálogo antes de que los conflictos se conviertan en bloqueos, suspensiones o enfrentamientos públicos.
La atención sanitaria necesita continuidad, pero esa continuidad no debería sostenerse indefinidamente sobre el silencio de trabajadores que consideran vulnerados sus derechos.
Los sindicatos también tienen cuentas pendientes
Las movilizaciones de octubre no se dirigieron solamente contra las autoridades del IMSS. Parte de los manifestantes cuestionó también a su representación sindical.
El desacuerdo sobre el incremento salarial mostró que una negociación puede contar con aprobación institucional y, al mismo tiempo, enfrentar resistencia entre trabajadores.
La consulta convocada para el 14 de octubre buscó permitir que los afiliados expresaran su posición mediante voto personal, libre, directo y secreto.
Ese procedimiento importa porque las condiciones laborales no deberían decidirse exclusivamente entre funcionarios y dirigentes alejados de las experiencias cotidianas del personal.
Pero una consulta salarial tampoco resuelve por sí misma las quejas sobre abastecimiento, distribución de plazas, cargas de trabajo o jubilaciones.
La representación sindical necesita demostrar que escucha a sus afiliados, mientras las autoridades deben responder con información verificable sobre cada demanda.

No todos los problemas se resuelven contratando más personas
Una plantilla mayor puede mejorar la atención, pero también importan la organización de turnos, los equipos disponibles y la distribución de especialidades.
La Organización Mundial de la Salud advirtió en su informe mundial de enfermería de 2025 que los países necesitan invertir simultáneamente en formación, empleo y permanencia.
El organismo también destacó la importancia de mejorar las condiciones laborales para evitar que profesionales capacitados abandonen sus puestos o busquen oportunidades en otros lugares.
México necesita conocer no solamente cuántos médicos y enfermeras tiene, sino dónde trabajan, qué servicios cubren y cuáles son sus condiciones reales.
También debe explicar por qué determinadas unidades enfrentan dificultades de atención mientras otras cuentan con mayor capacidad para responder a sus pacientes.
Sin esa información, el debate corre el riesgo de convertirse en una competencia de cifras entre autoridades que anuncian contrataciones y trabajadores que denuncian carencias.
El hospital que queremos empieza por el hospital donde trabajan
Una sociedad tiene derecho a exigir servicios médicos oportunos, personal preparado y trato digno. Ninguna reivindicación laboral elimina esa obligación fundamental.
Pero tampoco puede pedir trabajadores pacientes, atentos y disponibles mientras considera secundarias sus condiciones de descanso, seguridad y bienestar emocional.
El problema no consiste en elegir entre médicos y enfermos. Consiste en reconocer que ambos dependen del funcionamiento de las mismas instituciones.
Un sistema sanitario verdaderamente humano debe cuidar a quien llega buscando ayuda y también a quien permanece allí cuando termina su turno.
Eso requiere salarios y prestaciones transparentes, personal suficiente, instalaciones seguras, mecanismos de diálogo y evaluaciones públicas sobre la calidad de los servicios.
También exige abandonar la idea de que el sacrificio permanente constituye la prueba definitiva de compromiso con una profesión dedicada a salvar vidas.
México no necesita héroes agotados
Durante la pandemia aprendimos a llamar héroes a médicos, enfermeras, camilleros, laboratoristas y personal de limpieza que mantuvieron funcionando los hospitales.
Fue una manera comprensible de reconocer su trabajo. Pero el heroísmo puede convertirse en una excusa cuando sustituye derechos por aplausos.
Un héroe parece obligado a soportarlo todo. Un trabajador tiene derecho a exigir condiciones adecuadas sin que eso ponga en duda su compromiso profesional.
La diferencia es decisiva porque los hospitales no pueden depender eternamente de actos extraordinarios de sacrificio para cumplir obligaciones que deberían ser normales.
Los trabajadores sanitarios necesitan protección, los pacientes necesitan atención y las instituciones deben demostrar que pueden garantizar ambas cosas al mismo tiempo.
Tal vez la pregunta más importante no sea cuánto estamos dispuestos a exigirles a quienes nos cuidan, sino por qué todavía nos cuesta reconocer que también necesitan cuidados.
Y queda una contradicción que debería acompañarnos mucho después de abandonar el hospital: ¿cómo puede una sociedad presumir que defiende la vida si considera prescindible el bienestar de quienes trabajan para salvarla?
