David Alfaro Siqueiros había pintado revoluciones y combatido en España. En 1940 encabezó un comando armado que entró disfrazado en Coyoacán para asesinar a León Trotsky.
David Alfaro Siqueiros tenía 43 años cuando cambió durante una madrugada los muros por armas y encabezó una operación destinada a matar a Trotsky.
No era solamente uno de los grandes muralistas mexicanos. Había combatido durante la Guerra Civil española y convertido militancia comunista, pintura y acción política en territorios inseparables.
León Trotsky representaba exactamente aquello que el estalinismo perseguía. Expulsado de la Unión Soviética, llegó asilado a México en 1937 gracias al gobierno cardenista mexicano.
Tres años después vivía con Natalia Sedova en una casa fortificada de la calle Viena, Coyoacán, rodeado por vigilantes, puertas reforzadas y ventanas parcialmente protegidas.
Nada parecía suficiente para detener una persecución política que había cruzado Europa, Asia y América hasta alcanzar aquel Coyoacán todavía provinciano de calles empedradas y huertas.
La madrugada comenzó con uniformes
Antes del amanecer del 24 de mayo de 1940, aproximadamente veinte hombres llegaron hasta la residencia llevando armas largas y utilizando disfraces que incluían uniformes policiales mexicanos.
El comando consiguió entrar, neutralizó la vigilancia y abrió fuego contra diferentes habitaciones, especialmente aquella donde dormían Trotsky y Natalia Sedova durante aquella madrugada mexicana.
Las reconstrucciones hablan de centenares de disparos. Una fuente universitaria mexicana contabiliza más de cuatrocientos, mientras testimonios periodísticos contemporáneos describieron paredes literalmente perforadas por las ráfagas.
Trotsky y Natalia consiguieron refugiarse durante el ataque. Después apareció una paradoja difícil de imaginar: cientos de proyectiles habían atravesado habitaciones sin alcanzar mortalmente al objetivo principal.
Su nieto, Vsévolod Volkov, entonces niño, también sobrevivió aunque resultó herido. La casa quedó convertida en aquello que ningún hogar debería parecer jamás: evidencia policial.
Siqueiros ya conocía las armas
Pensar en un pintor improvisando como pistolero distorsiona la historia. Siqueiros tenía experiencia militar previa y había participado directamente en la Guerra Civil española republicana años antes.
Allí alcanzó responsabilidades de mando y obtuvo el sobrenombre de Coronelazo, una palabra que terminaría mezclando dentro de su biografía pintura monumental, disciplina militar y militancia política.
Cuando regresó a México trabajaba precisamente en Retrato de la burguesía, mural del Sindicato Mexicano de Electricistas, mientras su actividad política continuaba ocupando prácticamente igual espacio.
Eso vuelve aquella madrugada todavía más extraña: uno de los artistas mexicanos más importantes del siglo XX podía abandonar temporalmente un mural para organizar una operación armada.
No necesitamos convertirlo en caricatura. Siqueiros no actuó porque confundiera arte y aventura, sino desde una militancia comunista profundamente comprometida con la línea estalinista internacional.
Los disparos no encontraron a Trotsky
Después del ataque, los agresores huyeron dejando casquillos, impactos y una investigación que comenzó inmediatamente a reconstruir nombres, automóviles, movimientos, complicidades y posibles responsabilidades detrás.
Uno de los episodios más oscuros involucró a Robert Sheldon Harte, joven estadounidense integrante de la guardia de Trotsky que desapareció durante aquella misma operación armada.
Su cadáver apareció semanas después. Las investigaciones y reconstrucciones posteriores discutieron durante décadas su posible participación o engaño, convirtiéndolo en otra pieza controvertida del expediente histórico mexicano.
La policía terminó vinculando directamente a Siqueiros con la operación. El muralista desapareció de circulación y utilizó, durante su ocultamiento, identidades distintas para evitar ser localizado.
Existe incluso una fotografía extraordinaria conservada por instituciones mexicanas: Siqueiros aparece vestido como campesino y utilizando el nombre Macario Huízar durante aquel periodo de persecución policial posterior.
El hombre acostumbrado a pintar figuras monumentales había terminado escondiendo su propio rostro.
La policía encontró al muralista
Siqueiros fue finalmente aprehendido el 4 de octubre de 1940, más de cuatro meses después del ataque, según documentación investigada por especialistas de la Universidad Nacional Autónoma.
Para entonces, sin embargo, la historia había dado un giro mucho más terrible: León Trotsky ya estaba muerto y otro atacante había conseguido aquello que Siqueiros fracasó intentando.
El 20 de agosto, Ramón Mercader consiguió entrar al despacho de Trotsky mediante una identidad falsa y relaciones construidas pacientemente alrededor del círculo cercano del revolucionario exiliado.
Mercader atacó a Trotsky con un piolet. El revolucionario sobrevivió varias horas, fue trasladado para recibir atención médica y murió finalmente el 21 de agosto.
Eran dos operaciones diferentes vinculadas por un mismo objetivo político. Confundirlas borraría precisamente aquello que vuelve extraordinario el episodio mexicano de 1940 y sus protagonistas.
Siqueiros encabezó el ataque colectivo de mayo. Mercader ejecutó individualmente el atentado definitivo de agosto que terminó provocando la muerte de León Trotsky en México.
Un expediente entre los murales
La participación de Siqueiros tuvo consecuencias importantes. Su actividad artística quedó interrumpida mientras enfrentaba el proceso judicial derivado del atentado y posteriormente abandonaba nuevamente territorio mexicano.
En abril de 1941, antes de ejecutarse la sentencia correspondiente, el gobierno de Manuel Ávila Camacho permitió su libertad condicionada a que abandonara México rumbo al extranjero.
Pablo Neruda, entonces cónsul chileno en México, intervino para facilitar su llegada a Chile, donde permaneció confinado durante parte de aquel nuevo periodo de exilio.
Y allí ocurrió otra de esas contradicciones que parecen inventadas después: el hombre procesado por intentar matar a Trotsky recibió nuevamente paredes sobre las cuales trabajar artísticamente.
En Chillán pintó Muerte al invasor, mural realizado dentro de una escuela construida con ayuda mexicana después del devastador terremoto chileno ocurrido durante 1939 allí.
La política había convertido primero al pintor en soldado, después al soldado nuevamente en fugitivo y finalmente al fugitivo otra vez en muralista trabajando lejos de México.
Las paredes conservaron ambas historias
Siqueiros regresaría después y produciría algunas de las obras monumentales más reconocibles del muralismo mexicano, hasta morir en Cuernavaca durante enero de 1974 a los 77 años.
Su importancia artística no desaparece por aquella madrugada. Tampoco la importancia artística convierte el atentado en una anécdota pintoresca que podamos separar cómodamente de su biografía política.
Precisamente por eso conviene resistir dos tentaciones: convertir al muralista en héroe romántico armado o borrar el episodio porque incomoda frente a su enorme legado artístico.
En la casa de Trotsky todavía pueden observarse huellas de aquel ataque. Son agujeros pequeños frente a las dimensiones monumentales de los murales asociados con Siqueiros.
Pero pertenecen al mismo hombre y al mismo siglo.
Uno dejó pintura sobre paredes mexicanas.
El otro dejó balas.
Durante décadas México conservó los enormes murales de David Alfaro Siqueiros. En Coyoacán quedaron también unas marcas muchísimo menores: los agujeros de una madrugada cuando decidió dejar de pintar la revolución e intentar dispararla.
