En 1972, Raúl Velasco ya dominaba los domingos mexicanos, pero alguien decidió que la televisión resultaba insuficiente. Novaro lo convirtió en protagonista de Aún hay más, una historieta donde podía enfrentarse semanalmente con problemas nacionales, dar consejos moralistas y recibir ocasionalmente la visita de Jacobo Zabludovsky.
Raúl Velasco todavía no necesitaba capa durante 1972, porque cada domingo disponía de algo considerablemente más poderoso: varias horas de televisión entrando simultáneamente en hogares mexicanos.
Siempre en domingo comenzaba a convertirlo en uno de los rostros más reconocibles del entretenimiento nacional, mientras su frase característica podía escucharse incluso fuera del programa.
“Aún hay más” servía para prometer que después del corte llegarían nuevas canciones, artistas y sorpresas, una fórmula perfecta para impedir que alguien cambiara de canal.
Entonces Organización Editorial Novaro observó aquella celebridad televisiva y llegó a una conclusión que solamente podía producir el México popular de los primeros años setenta.
Si Raúl Velasco funcionaba dentro del televisor, quizá también podía funcionar impreso sobre papel barato, convertido en protagonista semanal de sus propias aventuras.
Y así ocurrió.
El conductor salió de la pantalla.
Raúl Velasco recibió su propia historieta
El 4 de septiembre de 1972 apareció el primer número de Aún hay más, publicado en Ciudad de México por Organización Editorial Novaro.
La Hemeroteca Nacional clasifica aquella publicación dentro de dos géneros que juntos explican prácticamente todo: aventura y didáctica, combinación suficientemente extraña para necesitar pocas mejoras.
No era simplemente una revista de espectáculos con fotografías, entrevistas o noticias relacionadas con artistas presentados anteriormente dentro del famoso programa dominical.
Era una historieta.
Raúl Velasco se transformaba en personaje dibujado y protagonizaba aventuras humorísticas construidas alrededor de problemas que los guionistas consideraban relevantes para la sociedad mexicana.
Los argumentos estuvieron asociados con Héctor Anaya, Eduardo Gómez y Agustín Granados, mientras la publicación trasladaba deliberadamente hacia las viñetas la personalidad televisiva del conductor.
Hasta el título aprovechaba su frase.
Antes de que un lector abriera la revista, Raúl Velasco ya estaba prometiendo que aún había más.
Todo superhéroe necesita compañeros
Batman tenía a Robin.
El Llanero Solitario tenía a Toro.
Raúl Velasco, aparentemente, necesitaba al profesor Librín, un personaje sabio encargado de acompañarlo dentro de aquel universo de problemas nacionales.
También estaba Lupita, identificada como novia del conductor dentro de la historieta, aunque aquella relación pertenecía naturalmente a la ficción construida alrededor del personaje dibujado.
Finalmente aparecía Lola, una sirvienta indígena cuya caracterización revela bastante sobre los estereotipos culturales que podían circular sin demasiado cuestionamiento dentro del entretenimiento popular setentero.
Los cuatro formaban una pequeña pandilla capaz de moverse entre humor, moraleja y aventura mientras la revista elegía cada semana algún comportamiento que necesitaba corregirse.
Aquí aparece la verdadera maravilla.
Raúl no tenía que perseguir extraterrestres.
Tampoco necesitaba enfrentar científicos malignos, monstruos radioactivos ni organizaciones secretas empeñadas en conquistar al planeta mediante un rayo gigantesco.
México tenía problemas suficientes.
Novaro solamente debía escoger uno.
Una semana tocaban las suegras
La Hemeroteca Nacional conserva una descripción deliciosamente directa sobre los asuntos elegidos por la publicación para construir aquellas aventuras y ofrecer después soluciones consideradas edificantes.
Entre ellos estaban las suegras.
Resulta difícil imaginar hoy una clasificación donde contaminación e influyentismo compartan categoría con familiares incómodos, pero precisamente ahí aparece la lógica cultural de aquella revista.
Los problemas no necesitaban poseer gravedad equivalente.
Bastaba que pertenecieran al repertorio de preocupaciones, prejuicios, bromas o discusiones reconocibles inmediatamente por una familia mexicana durante aquellos años.
La historieta podía convertirlos en conflicto, permitir que Raúl y sus acompañantes intervinieran y terminar ofreciendo alguna enseñanza suficientemente clara para justificar la aventura completa.
Era entretenimiento con instrucciones.
Primero el lector reía.
Después recibía consejo.
Finalmente podía cerrar la revista convencido de que alguien había encontrado una solución para algo que quizá ni siquiera consideraba problema antes de comprarla.
Y la siguiente semana había más.
Después tocaba salvar al país del malinchismo
Otro enemigo seleccionado por Aún hay más fue el malinchismo, palabra utilizada durante décadas para señalar la preferencia considerada excesiva por aquello extranjero frente a lo mexicano.
Aquí Raúl Velasco encontraba un terreno particularmente cómodo, porque Siempre en domingo funcionaría durante décadas como enorme escaparate para cantantes mexicanos y latinoamericanos.
La historieta podía transformar esa posición cultural en enseñanza directa, enfrentando personajes o situaciones construidos para demostrar la conveniencia de valorar aquello producido dentro del país.
No hacía falta que Raúl golpeara a nadie.
Su verdadera superpotencia consistía en explicar correctamente las cosas.
La estructura pertenece a una tradición antigua del cómic didáctico, donde una aventura proporciona suficiente diversión para introducir después valores, comportamientos deseables o conocimientos considerados útiles.
Pero colocar en el centro a una celebridad televisiva modificaba completamente la operación.
No era un maestro ficticio diciendo cómo comportarse.
Era el señor que millones comenzaban a reconocer cada domingo desde su sala.
También apareció la contaminación
Aquí la revista tocaba un problema considerablemente menos risible, porque Ciudad de México comenzaba a enfrentar con mayor intensidad las consecuencias ambientales de industrialización, crecimiento urbano y motorización.
La contaminación podía convertirse entonces en argumento para una publicación destinada fundamentalmente al entretenimiento, reflejando preocupaciones que comenzaban a instalarse dentro de la conversación cotidiana.
El recurso parece sorprendentemente contemporáneo: tomar una celebridad masiva, colocarla dentro de una historia sencilla y utilizar su popularidad para transmitir mensajes de responsabilidad pública.
Sólo que aquello ocurrió antes de redes sociales, campañas con influencers o videos donde alguna estrella explica durante treinta segundos cómo separar residuos dentro de casa.
Raúl Velasco necesitaba varias páginas.
Había dibujos.
Globos.
Conflictos.
Profesor Librín.
Y finalmente alguna moraleja que permitía devolver al lector hacia su vida cotidiana con instrucciones para comportarse un poquito mejor.
Supermán podía salvar Metrópolis.
Raúl intentaba salvar el aire.
El enemigo más interesante era el influyentismo
Entre todos los asuntos catalogados por la Hemeroteca Nacional, éste probablemente produce hoy la sonrisa más inmediata porque continúa necesitando muy poca explicación dentro de México.
Aún hay más dedicó espacio al influyentismo, aquella práctica mediante la cual relaciones personales, poder o cercanía con determinadas autoridades podían proporcionar ventajas inaccesibles para otros ciudadanos.
Convertirlo en tema de historieta implicaba reconocer que el fenómeno resultaba suficientemente familiar para que cualquier lector comprendiera inmediatamente cuál era el comportamiento cuestionado.
Aquí la aventura adquiere además una ironía retrospectiva irresistible.
Raúl Velasco terminaría convertido durante décadas en una de las personas más influyentes del espectáculo latinoamericano, capaz de impulsar carreras mediante una aparición dentro de su programa dominical.
Pero en septiembre de 1972 aquella maquinaria apenas comenzaba a adquirir las dimensiones que posteriormente convertirían Siempre en domingo en una institución televisiva continental.
El personaje de papel podía combatir influencias indebidas.
El hombre real estaba comenzando a descubrir cuánto podía pesar la suya.
La historia todavía no conocía el remate.
Hasta la coquetería femenina necesitaba solución
La catalogación académica de la serie incluye otro asunto entre aquellos considerados problemáticos: la coquetería femenina, formulación que actualmente revela muchísimo más sobre 1972 que sobre cualquier mujer.
Ese detalle convierte a la historieta en documento cultural extraordinario, porque permite observar cuáles comportamientos podían ser presentados entonces como asuntos necesitados de orientación moral.
No debemos leer esas páginas únicamente para reírnos desde medio siglo de distancia, aunque determinadas premisas hacen considerablemente difícil mantener absoluta solemnidad.
Conviene observarlas como pequeña radiografía del sistema de valores que televisión, revistas e historietas ayudaban simultáneamente a reproducir dentro de la cultura popular mexicana.
Había comportamientos masculinos y femeninos esperados.
Había familia correcta.
Había patriotismo.
Había respeto.
Había consejos.
Y existía suficiente confianza en la autoridad del conductor televisivo para imaginar que su versión dibujada podía orientar también al lector sobre asuntos personales.
Raúl no sólo presentaba canciones.
Ya impartía pequeñas moralejas.
Entonces podía aparecer Jacobo Zabludovsky
El universo tenía además invitados especiales.
La Hemeroteca Nacional documenta que ocasionalmente aparecían otras personalidades de la televisión mexicana, entre ellas el periodista Jacobo Zabludovsky.
La posibilidad es magnífica porque convierte aquellas páginas en una especie de antecedente impreso del universo compartido que décadas después explotarían obsesivamente otras industrias culturales.
Raúl Velasco tenía aventuras.
Jacobo podía entrar en ellas.
Ambos pertenecían simultáneamente a la televisión real y a una versión dibujada del México que ellos mismos ayudaban a narrar diariamente desde la pantalla.
Para un lector joven, encontrarlos dentro de una historieta producía algo semejante a descubrir que las personas del televisor podían escaparse después hacia otros objetos domésticos.
La celebridad comenzaba a volverse multiplataforma mucho antes de que existiera esa palabra.
Televisión.
Historieta.
Revistas.
Presentaciones públicas.
El rostro podía circular independientemente del cuerpo.
Raúl Velasco estaba aprendiendo a convertirse en marca.
Novaro sabía perfectamente cómo fabricar papel popular
Organización Editorial Novaro no era ninguna improvisación dentro del mercado mexicano, sino una maquinaria gigantesca acostumbrada a colocar historietas nacionales y extranjeras frente a millones de lectores.
Por sus imprentas pasaban personajes de aventuras, humor, superhéroes y adaptaciones capaces de encontrarse prácticamente en cualquier puesto de periódicos durante aquellos años.
La editorial había convertido además el cómic en objeto cotidiano para generaciones que podían comprar entretenimiento mediante unas cuantas monedas y llevarlo doblado dentro del bolsillo.
En 1972 ensayó una nueva oleada de publicaciones mexicanas, entre ellas precisamente Aún hay más, inspirada directamente por el programa televisivo de Velasco. Artes9
El experimento resultaba lógico.
Si millones conocían ya al personaje antes de abrir la revista, Novaro podía saltarse uno de los problemas fundamentales de cualquier publicación nueva.
No necesitaba presentar al héroe.
México ya sabía quién era.
Sólo faltaba averiguar qué demonios hacía peleando contra suegras.
El superhéroe nunca necesitó llamarse superhéroe
La Hemeroteca Nacional describe la serie como una traslación “exótica” del popular locutor hacia el mundo de la historieta y destaca su clave humorística y caricaturesca. Pepines
Por eso llamarlo superhéroe funciona como nuestra lectura periodística del mecanismo, no como categoría editorial utilizada oficialmente por Novaro para vender la revista.
Raúl no volaba.
No llevaba capa.
No poseía identidad secreta.
Y probablemente habría resultado difícil ocultar a uno de los hombres cuyo trabajo consistía precisamente en ser reconocido inmediatamente por millones de espectadores.
Su poder era otro.
Entraba en una situación problemática, interactuaba con sus acompañantes, participaba en el conflicto y ayudaba a conducir la historia hacia una enseñanza supuestamente edificante.
Era un superhéroe moral.
Uno que podía terminar una aventura sin capturar villanos porque algunas veces el verdadero enemigo era simplemente portarse incorrectamente.
Muy setentero.
Muy mexicano.
La revista duró menos que su personaje
La colección conservada por la Hemeroteca Nacional comienza el 4 de septiembre de 1972 y alcanza el número 25, fechado el 19 de febrero de 1973. Pepines
Eso significa que aquella encarnación dibujada de Raúl Velasco tuvo una vida sorprendentemente breve frente a la extraordinaria duración que alcanzaría después su presencia televisiva.
Otros catálogos especializados registran 24 números, discrepancia probablemente relacionada con ejemplares o numeración disponible, razón por la cual conviene conservar como referencia principal el acervo nacional. Kingdom Comics
No encontramos evidencia suficiente para afirmar por qué terminó.
Decir que fracasó por ventas sería cómodo, pero necesitaríamos cifras o documentación empresarial capaz de sostener específicamente esa explicación.
Sabemos algo más sencillo.
Llegó.
Duró meses.
Desapareció.
Mientras tanto, el verdadero Raúl Velasco continuó cada domingo frente a las cámaras y terminó construyendo una longevidad que ninguna historieta necesitaba garantizarle.
El papel perdió.
La televisión siguió transmitiendo.
El domingo terminó siendo muchísimo más grande
Siempre en domingo se convirtió durante las décadas siguientes en una plataforma decisiva para la industria musical mexicana y latinoamericana, acompañando carreras, lanzamientos y fenómenos populares.
Velasco terminó asociado inseparablemente con aquella maquinaria televisiva y con una frase que podía anunciar prácticamente cualquier cosa mientras conservara suficiente misterio para sobrevivir al corte comercial.
“Aún hay más.”
La historieta había entendido tempranamente que aquellas tres palabras ya podían sostener algo fuera de la pantalla y transformarse incluso en título independiente.
Su recorrido posterior resulta todavía más curioso porque la frase sobrevivió ampliamente a la revista, permaneció asociada al conductor y terminó incorporándose al vocabulario nostálgico de la televisión mexicana.
Pocas personas recuerdan hoy que durante unos meses también significó otra cosa.
Podía pedirse en un puesto de periódicos.
Tenía portada.
Viñetas.
Globos.
Y un Raúl Velasco capaz de vivir aventuras mientras su equivalente humano preparaba el siguiente domingo.
El México de 1972 cabe sorprendentemente bien en esas páginas
La revista apareció apenas cuatro años después de 1968, un año después del Halconazo y dentro de un país gobernado por Luis Echeverría mientras cambiaban aceleradamente ciudad y cultura.
Sin embargo, sería excesivo convertir aquellas historietas humorísticas en comentario directo sobre las grandes fracturas políticas nacionales sin evidencia específica dentro de sus argumentos conservados.
Lo que sí podemos observar es el repertorio de problemas cotidianos seleccionado por sus autores: contaminación, influyentismo, malinchismo, relaciones familiares y comportamientos considerados socialmente incorrectos.
Ese catálogo funciona como una pequeña cápsula.
México estaba suficientemente preocupado por la contaminación para ponerla dentro de una historieta, suficientemente familiarizado con el influyentismo para reconocerlo inmediatamente y suficientemente moralista para problematizar coquetería.
Y había alcanzado otro punto cultural decisivo.
Una celebridad televisiva podía proporcionar autoridad suficiente para conducir al lector entre todos esos asuntos sin abandonar nunca el terreno del entretenimiento.
Raúl Velasco ya no presentaba solamente artistas.
Presentaba soluciones.
Lola también nos cuenta otra historia
Vista desde 2026, la presencia de una sirvienta indígena llamada Lola exige detenerse porque representa un tipo de personaje frecuente dentro del entretenimiento mexicano del periodo.
Las representaciones indígenas aparecían muchas veces atravesadas por estereotipos de habla, clase, ingenuidad o servicio doméstico que entonces podían presentarse como humor sin demasiada resistencia pública.
No necesitamos borrar esa incomodidad para disfrutar el absurdo general de la publicación.
Al contrario.
La vuelve históricamente más valiosa.
Una historieta popular conserva prejuicios con una eficacia extraordinaria porque aquello que nadie consideró necesario explicar termina visible décadas después dentro de dibujos, diálogos y relaciones.
Lola estaba allí porque alguien consideró perfectamente natural que estuviera.
El profesor debía ser sabio.
Lupita debía ser novia.
Lola debía servir.
Raúl debía orientar.
En cuatro personajes cabía una pequeña estructura social.
No todos los documentos importantes parecen importantes
Una constitución, discurso presidencial o expediente judicial llega hasta nosotros acompañado por señales evidentes de que alguien debía conservarlo cuidadosamente para generaciones posteriores.
Una historieta de Raúl Velasco peleando contra suegras no posee semejante ventaja.
Puede doblarse.
Perder la portada.
Quedar debajo de revistas.
Servir para envolver algo.
Terminar en basura cuando una familia limpia una casa después de décadas.
Por eso resulta extraordinario que la Hemeroteca Nacional conserve ejemplares y haya incorporado la serie a su catálogo especializado de historietas mexicanas.
Aquellas páginas permiten estudiar algo que los documentos solemnes raramente registran con tanta precisión: qué podía resultar simultáneamente divertido, problemático, educativo y perfectamente normal para un lector común.
El papel barato envejeció.
La información no.
México dejó accidentalmente una radiografía cultural entre grapas.
Quizá el ejemplar perfecto todavía esté dentro de alguna casa
Podría permanecer al fondo de un ropero, mezclado con Kalimán, Lágrimas, Risas y Amor, fotonovelas y revistas que alguien decidió conservar sin saber exactamente por qué.
La portada mostraría a un Raúl Velasco considerablemente más joven que aquel recordado por generaciones posteriores, convertido en dibujo y preparado para resolver el problema correspondiente de esa semana.
Tal vez alrededor aparecerían Librín, Lupita y Lola.
Quizá alguna portada prometiera contaminación.
Otra, malinchismo.
Otra, alguna preocupación familiar que hoy provocaría más carcajadas que inquietud.
El propietario original habría pagado unas monedas, leído la historia y guardado después aquel ejemplar sin imaginar que medio siglo más tarde parecería casi documento antropológico.
Eso hace La Alforja.
Abre el ropero.
Sacude el polvo.
Y pregunta por qué demonios Raúl Velasco está dibujado ahí.
La televisión fabricó un personaje demasiado grande para quedarse dentro del televisor
Todavía faltaban décadas para que Siempre en domingo alcanzara su enorme influencia continental, pero en 1972 ya existían suficientes señales para intentar extender aquella popularidad.
Novaro convirtió la frase característica en título y al conductor en personaje capaz de desplazarse semanalmente entre problemas que parecían necesitar su intervención.
El experimento duró apenas unos meses.
La idea cultural sobrevivió muchísimo más.
Después vendrían celebridades convertidas en marcas, productos, personajes animados, videojuegos, campañas, influencers y universos completos construidos alrededor de rostros reconocibles.
Raúl llegó temprano.
Tan temprano que todavía necesitaba tinta.
Durante unos meses de 1972 y 1973, México pudo comprar en un puesto de periódicos una versión dibujada de Raúl Velasco. No llevaba capa ni podía volar. Tenía al profesor Librín, a Lupita y a Lola, y cada semana encontraba algún problema que necesitaba corregirse. Podía tocarle contaminación, malinchismo, influyentismo, coquetería o suegras. Después venía la moraleja. Y naturalmente, aún había más.
