Francisco Guerrero aterrorizó durante los años ochenta del siglo XIX a mujeres que vivían alrededor del río Consulado. Lo condenaron a muerte, cambiaron la sentencia y terminó saliendo de prisión. En 1908 apareció otra mujer asesinada junto al río. Un periodista recordó inmediatamente al hombre que México creía haber dejado atrás.
Durante varios años, las orillas del río Consulado tuvieron una reputación suficientemente mala para que determinadas mujeres aprendieran qué caminos convenía evitar cuando comenzaba a oscurecer.
No era todavía aquella avenida rodeada de automóviles que conocería el siglo siguiente, sino un paisaje periférico donde terminaba parcialmente la ciudad y comenzaban terrenos abiertos.
Allí trabajaban mujeres pobres, muchas dedicadas al comercio sexual, cuya vulnerabilidad social permitía que desaparecer durante algunas horas despertara considerablemente menos alarma que otras ausencias.
Entre principios de los años ochenta y 1888, varios ataques comenzaron a quedar relacionados con un hombre que vestía demasiado cuidadosamente para confundirse fácilmente entre trabajadores.
Se llamaba Francisco Guerrero, aunque utilizaba también el nombre Antonio Prida y terminaría siendo conocido mediante un apodo cuya explicación continúa generando discusiones: El Chalequero.
Su nombre circulaba entre mujeres antes de que la justicia consiguiera detenerlo, acompañado por historias sobre violencia, amenazas y cadáveres encontrados cerca del río.
México todavía no utilizaba “asesino serial” para describir aquello.
Pero las mujeres ya sabían que alguien las estaba cazando.
El hombre cuidaba muchísimo su ropa
Guerrero era zapatero y construyó alrededor de sí una apariencia suficientemente reconocible para que distintas reconstrucciones de época terminaran describiendo minuciosamente su manera de vestir.
Pantalones ajustados de casimir, camisa blanca, faja de colores, sombrero negro adornado, zapatos relucientes y, naturalmente, un chaleco componían la imagen asociada con aquel hombre.
La historiografía advierte que existen distintas explicaciones para el sobrenombre, incluida la expresión popular “a chaleco”, utilizada entonces para referirse a realizar algo mediante fuerza.
Sea cual haya sido el origen exacto, el apodo terminó convertido en una marca pública capaz de producir miedo entre mujeres de los barrios donde Guerrero acostumbraba moverse.
La apariencia importa porque rompe una comodidad narrativa muy frecuente: los monstruos históricos no necesariamente parecían monstruos cuando caminaban entre quienes podían convertirse después en víctimas.
Guerrero procuraba exactamente lo contrario.
Quería verse bien.
Muchos años después, encerrado nuevamente, todavía estaría preocupado porque su ropa correspondiera con la idea que conservaba sobre su propia posición.
Las víctimas tenían nombres
Las cifras atribuidas posteriormente al Chalequero varían enormemente, aunque investigaciones históricas suelen relacionarlo con múltiples agresiones y homicidios cometidos durante aquellos años.
Aquí conviene resistir una costumbre particularmente injusta de las historias criminales: recordar minuciosamente al asesino mientras las mujeres terminan convertidas simplemente en una cifra acumulada.
Entre los nombres asociados con los procesos y testimonios aparecen mujeres como Murcia Gallardo y Eulalia González, además de sobrevivientes cuya declaración permitió construir acusaciones contra Guerrero.
Muchas pertenecían a sectores populares y algunas ejercían prostitución, condición que dentro del orden moral porfiriano podía convertirlas simultáneamente en personas vigiladas por autoridades y desprotegidas frente a violencia.
La reglamentación sanitaria podía registrar sus cuerpos cuando trabajaban, pero eso no significaba necesariamente que las instituciones reaccionaran con idéntica urgencia cuando alguna desaparecía.
Guerrero encontró allí una ventaja brutal.
No necesitaba que nadie aprobara sus crímenes.
Le bastaba vivir dentro de una sociedad que consideraba determinadas vidas considerablemente menos defendibles que otras.
Una mujer sobrevivió para señalarlo
Elisa Speckman Guerra documenta un elemento fundamental para entender por qué terminó cayendo: durante años existieron sospechas y miedo, pero resultaba difícil convertirlos en acusaciones capaces de sostenerse.
Finalmente una sobreviviente identificó al agresor y otras declaraciones comenzaron a cerrar el espacio donde Guerrero había podido moverse con relativa impunidad durante años.
En 1888 fue detenido y procesado, mientras la prensa encontraba repentinamente un personaje capaz de concentrar algunos de los mayores temores urbanos del Porfiriato.
Su captura coincidió además con los meses en que Londres comenzaría a estremecerse por los homicidios posteriormente atribuidos al misterioso Jack el Destripador.
La comparación apareció inevitablemente, aunque contenía una diferencia esencial: el asesino londinense nunca fue identificado de manera concluyente y Francisco Guerrero estaba físicamente bajo custodia mexicana.
Por primera vez parecía posible cerrar aquella historia.
El tribunal terminaría imponiéndole la pena máxima.
Francisco Guerrero fue condenado a muerte.
Entonces la muerte dejó de ser la sentencia
La condena no terminó ejecutándose y Guerrero recibió finalmente una pena de veinte años de prisión, trasladándose su historia desde los periódicos hacia el sistema penitenciario porfiriano.
Diversas reconstrucciones atribuyen la conmutación directamente a Porfirio Díaz, aunque resulta más prudente documentar como hecho incontrovertible que la sentencia capital fue sustituida.
Guerrero terminó recluido en San Juan de Ulúa, fortaleza veracruzana convertida también en prisión y asociada durante aquellos años con algunas de las condiciones penitenciarias más duras.
Desde Ciudad de México, el Chalequero comenzó entonces a desaparecer.
Los periódicos encontraron nuevos criminales.
Los barrios cambiaron.
El Porfiriato continuó envejeciendo mientras el río Consulado conservaba recuerdos que probablemente importaban muchísimo más a las familias de las víctimas.
Pasaron diez años.
Después quince.
Para una generación nueva, Francisco Guerrero podía comenzar a parecer un nombre perteneciente a historias criminales antiguas, uno de aquellos personajes que sobreviven solamente en expedientes.
Entonces llegó 1908.
Y apareció otra mujer junto al río.
Un periodista recordó algo que la policía tuvo que comprobar
El cuerpo correspondía a una mujer mayor encontrada en las inmediaciones del Consulado con lesiones que hicieron recordar inmediatamente aquellos crímenes ocurridos aproximadamente veinte años antes.
Según reconstruye Speckman Guerra, un periodista de El Imparcial estableció la conexión y preguntó aquello que probablemente parecía inicialmente una simple curiosidad histórica.
¿Dónde estaba El Chalequero?
La respuesta resultó mucho peor que cualquier recuerdo.
La policía investigó su situación y descubrió que Francisco Guerrero ya no estaba preso.
Llevaba aproximadamente dos años nuevamente en libertad.
La precisión es importante porque numerosas versiones posteriores sitúan su salida en 1904, mientras la investigación histórica basada en prensa contemporánea señala aproximadamente 1906.
Aquello convertía inmediatamente un viejo expediente en una pregunta policial urgentísima.
Habían condenado a muerte al hombre.
Habían sustituido la pena.
Lo habían encerrado durante años.
Y después lo habían devuelto a las calles.
La ciudad comenzó a buscar un fantasma envejecido
Guerrero tenía alrededor de sesenta años cuando comenzó la segunda búsqueda, suficientemente mayor para que cualquiera pudiera imaginar que aquel pasado criminal pertenecía definitivamente a otra etapa.
Pero los investigadores encontraron testimonios que comenzaron a relacionarlo con la mujer muerta, mientras antiguos recuerdos recuperaban súbitamente una utilidad que nadie habría querido necesitar.
Uno de los testigos más importantes era un muchacho que cuidaba ganado cerca del río y habría observado parte de los acontecimientos relacionados con aquella última víctima.
Otros testimonios situaron a Guerrero alrededor del lugar y describieron comportamientos posteriores que aumentaron las sospechas hasta convertir nuevamente al antiguo condenado en principal objetivo policial.
El Chalequero ya no era exactamente aquel hombre elegante de los años ochenta.
Había envejecido.
Había pasado muchos años encarcelado.
Pero el río continuaba allí.
Y también continuaba una ciudad donde una mujer pobre podía aparecer muerta en sus márgenes antes de que alguien preguntara quién la había acompañado.
La víctima se llamaba Antonia
Las reconstrucciones posteriores suelen identificarla simplemente como Antonia, una mujer anciana cuya muerte terminó abriendo nuevamente un expediente que parecía clausurado desde hacía dos décadas.
También existen discrepancias sobre su condición social y ocupación, otro recordatorio de cuánto más fácilmente sobrevivieron los detalles biográficos del agresor que aquellos correspondientes a sus víctimas.
La prensa siguió el caso con enorme interés porque no estaba contando solamente otro homicidio, sino el regreso de un personaje que ya pertenecía al folclor criminal capitalino.
El Chalequero había sobrevivido incluso a su propia condena.
Ahora periodistas podían entrevistarlo, reconstruir los antiguos ataques y presentar ante nuevos lectores una historia que sus padres habían leído cuando eran jóvenes.
El crimen moderno comenzaba también a convertirse en espectáculo mediático.
Retratos, encabezados y descripciones físicas permitían que el público conociera al acusado sin acercarse jamás personalmente a los barrios donde había buscado víctimas.
Antonia produjo el regreso periodístico de Guerrero.
Ella nuevamente quedó detrás.
Esta vez hubo alguien mirando
La última investigación tuvo algo que las antiguas habían necesitado desesperadamente: personas capaces de situar al sospechoso alrededor de los hechos y describir movimientos relevantes.
Un menor llamado José Inés Rodríguez aparece en reconstrucciones como testigo de parte del ataque mientras cuidaba animales cerca del lugar donde ocurrió el crimen.
Otros testimonios hablaron de un hombre lavándose después junto al agua, escena que terminó adquiriendo enorme fuerza dentro de la cobertura periodística posterior.
No necesitamos convertir esos testimonios en una secuencia cinematográfica perfecta, porque los expedientes históricos raramente ofrecen la comodidad narrativa que proporciona una novela policiaca.
Bastaba algo mucho más importante.
La policía tenía nuevamente suficientes elementos para detener al hombre cuya situación penitenciaria había comenzado investigando casi como consecuencia de una pregunta periodística.
Veinte años después de su primera captura, Francisco Guerrero regresó frente a la justicia.
México estaba procesando dos veces al mismo Chalequero.
El acusado también habló con los periódicos
Los reporteros encontraron en Guerrero un entrevistado perturbador porque podía responder sobre violencia extrema mediante una mezcla de negaciones, justificaciones y comentarios difíciles de reconciliar con la gravedad.
El Imparcial dedicó amplio espacio durante junio de 1908 al nuevo proceso y recuperó también episodios relacionados con la primera etapa criminal del acusado.
El público podía entonces seguir interrogatorios casi como capítulos, mecanismo periodístico que convertía al homicida en personaje mientras mantenía lectores esperando la siguiente revelación.
Ese desequilibrio sobrevivió durante más de un siglo.
Sabemos cómo vestía Guerrero.
Sabemos qué apodo utilizaba.
Conocemos fotografías.
Podemos reconstruir algunas de sus declaraciones.
De varias mujeres conocemos apenas nombres incompletos o versiones contradictorias sobre aquello que hacían para sobrevivir antes de encontrarse con él.
El criminal consiguió involuntariamente aquello que la violencia suele conceder a quien la ejerce.
Más memoria que sus víctimas.
Todavía quería vestirse correctamente
Dentro de la cárcel apareció uno de los detalles más extraños del segundo encierro, porque Guerrero seguía preocupándose extraordinariamente por la impresión que producía su apariencia personal.
Reconstrucciones del caso señalan que solicitó avisar a su familia para recibir ropa que consideraba correspondiente con su educación y condición mientras permanecía recluido.
El detalle parece insignificante frente a los crímenes, pero precisamente por eso resulta revelador sobre la distancia entre la imagen que Guerrero construía y aquello que representaba públicamente.
Había envejecido dentro del sistema penitenciario y regresado acusado de matar nuevamente, pero todavía necesitaba presentarse mediante ropa que comunicara respetabilidad frente a quienes lo observaban.
El chaleco volvía simbólicamente al comienzo.
No sabemos si el apodo nació verdaderamente de aquella prenda, pero el hombre que lo cargó continuaba intentando controlar cómo sería visto.
Hasta detrás de los barrotes.
La justicia volvió a elegir la muerte
El segundo proceso terminó nuevamente colocando a Francisco Guerrero frente a una sentencia capital, cerrando una especie de círculo jurídico iniciado veinte años antes.
Esta vez parecía improbable que una segunda conmutación permitiera repetir la historia, porque el propio expediente anterior convertía cualquier consideración de reincidencia en un problema evidente.
Pero tampoco fue necesario ejecutar la sentencia.
Guerrero enfermó mientras permanecía preso y murió en 1910, antes de que el Estado pudiera cumplir la pena impuesta por aquel último homicidio.
Las fuentes discrepan sobre la causa exacta: aparecen tuberculosis, apoplejía y otras versiones, razón suficiente para no elegir arbitrariamente una dentro del cuerpo publicable.
También existen diferencias respecto del lugar preciso donde ocurrió el fallecimiento, pues algunas versiones señalan Lecumberri y otras mencionan su traslado al Hospital Juárez.
Lo incontrovertible resulta más sencillo.
Francisco Guerrero murió preso.
México nunca ejecutó ninguna de las dos condenas a muerte que recibió.
El río terminó debajo del asfalto
La Ciudad de México modificó radicalmente el territorio donde ocurrieron aquellos crímenes, hasta convertir el antiguo paisaje periférico en una zona atravesada actualmente por grandes vialidades.
El río Consulado fue entubado durante el siglo XX y buena parte de su recorrido terminó desapareciendo debajo de avenidas, automóviles, estaciones y construcciones modernas.
Quien circula actualmente sobre Circuito Interior difícilmente puede imaginar aquellos márgenes donde terminaba parcialmente la ciudad porfiriana y comenzaban espacios mucho menos controlados.
También desaparecieron muchas de las condiciones materiales que permitieron aquella geografía criminal, aunque otras vulnerabilidades sociales demostraron poseer una resistencia considerablemente mayor que cualquier río.
Las mujeres atacadas por Guerrero pertenecían principalmente a sectores donde pobreza, género y estigma podían disminuir dramáticamente la atención institucional recibida frente a la violencia.
Por eso la historia no pertenece solamente a un asesino.
Pertenece también a aquello que permitió que continuara.
Jack nunca necesitó venir a México
La comparación con Jack el Destripador ha perseguido durante décadas cualquier reconstrucción sobre Guerrero, hasta convertirlo frecuentemente en una especie de versión mexicana del criminal londinense.
Pero el paralelismo termina ocultando algo más interesante.
México no necesitaba importar ningún monstruo.
Tenía uno propio, identificado por mujeres, capturado por autoridades, juzgado, condenado y suficientemente conocido para que la prensa pudiera convertirlo en personaje público.
La diferencia verdaderamente extraordinaria apareció después.
Jack desapareció sin ser capturado.
Guerrero fue capturado y aun así terminó regresando.
Ese segundo acto convierte su historia en algo más inquietante que una simple sucesión de homicidios, porque introduce decisiones institucionales dentro del recorrido del criminal.
No escapó espectacularmente de una prisión.
No cavó ningún túnel.
No cambió de identidad para engañar durante décadas a investigadores.
El sistema sabía perfectamente quién era.
Y un día volvió a estar afuera.
La pregunta más interesante llegó veinte años tarde
Cuando apareció el cuerpo de Antonia, un periodista realizó esencialmente una pregunta administrativa: qué había ocurrido con aquel asesino famoso condenado dos décadas antes.
La respuesta desencadenó una investigación que terminó conduciendo nuevamente hacia Francisco Guerrero, cerrando una de las historias criminales más extrañas del Porfiriato.
Resulta irresistible imaginar aquel instante dentro de una redacción: alguien revisando archivos, recordando viejos titulares y descubriendo que el personaje buscado ya no estaba donde todos suponían.
El pasado dejó entonces de ser archivo.
Volvió a convertirse en noticia.
Ésa puede ser precisamente la imagen central de nuestra historia: no el cuchillo, ningún cadáver ni la violencia explícita que tantas veces transforma crimen en espectáculo.
Un periódico viejo.
Un expediente.
Una pregunta escrita encima:
¿Dónde está?
Porque México había conseguido detener al Chalequero.
Lo difícil resultó conseguir que permaneciera detenido.
Francisco Guerrero recibió una condena a muerte en 1888 y salió vivo de prisión. Dos décadas después apareció otra mujer asesinada junto al mismo río donde habían quedado antiguas víctimas. Un periodista recordó al Chalequero y preguntó dónde estaba. La policía buscó la respuesta y descubrió algo inquietante: llevaba aproximadamente dos años nuevamente en libertad. Entonces México tuvo que empezar a buscar, otra vez, al hombre que ya había encontrado.
