La leyenda del boxeo méxicano, Salvador Sánchez, originario del estado de Querétaro
Nueva York, 21 de julio de 1982. El Madison Square Garden tenía esa noche el ruido particular de las grandes batallas. Bajo las luces de Nueva York, Salvador Sánchez defendía por novena ocasión su campeonato mundial pluma del CMB (Consejo Mundial de Boxeo). Frente a él estaba un ghanés de 24 años, Azumah Nelson, invicto en apenas 13 peleas profesionales y prácticamente desconocido para buena parte del público estadounidense. Parecía, en los papeles, un retador destinado a cumplir un trámite. El ring se encargaría de demostrar lo contrario.
Sánchez, con 23 años, llegaba convertido en una de las grandes figuras del boxeo mexicano. Había conquistado el título en 1980 ante Danny “Little Red” López y desde entonces había construido una reputación de campeón cerebral, resistente y explosivo. Venía, además, de una victoria memorable sobre Wilfredo Gómez. Nelson, en cambio, cargaba con la etiqueta de sustituto y con la inexperiencia de quien apenas comenzaba a asomarse a la élite.
Pero desde la campana inicial quedó claro que aquel muchacho africano no había viajado a Nueva York para sobrevivir.
Nelson salió a presionar. Su velocidad, su fortaleza y una derecha que encontraba con frecuencia el rostro del campeón obligaron a Sánchez a pelear a un ritmo poco habitual. El mexicano intentaba imponer distancia y encontrar el momento para contragolpear, mientras el ghanés avanzaba, lanzaba combinaciones y convertía cada intercambio en una pelea cerrada.
En el cuarto asalto, Sánchez incluso hizo saber a su esquina que estaba sintiendo la potencia del rival. La pelea, lejos de parecer sencilla, comenzaba a convertirse en una guerra.
El sexto episodio marcó otro punto de inflexión. Sánchez comenzó a encontrar con mayor frecuencia sus golpes de poder y a castigar a Nelson con combinaciones de ambas manos. El campeón había entendido que no bastaba con boxear: debía responder a la intensidad del retador.
Y en el séptimo llegó uno de los momentos decisivos.

Un gancho de izquierda de Sánchez estremeció a Nelson. El ghanés retrocedió hacia las cuerdas y, segundos después, otro golpe limpio lo mandó a la lona. Fue la primera caída de la noche. Nelson se levantó, recibió la cuenta y, contra toda lógica, volvió a caminar hacia el campeón. No parecía dispuesto a conceder un solo centímetro.
Los asaltos siguientes fueron una sucesión de intercambios feroces. Nelson seguía avanzando; Sánchez respondía con precisión. Ninguno consiguió imponer una superioridad absoluta. Después de 14 rounds, una tarjeta no oficial de Associated Press tenía al mexicano apenas adelante, 133-132. La pelea estaba al filo.
Entonces llegó el decimoquinto.
El cansancio ya pesaba sobre ambos cuerpos, pero Sánchez encontró dentro de sí una última reserva. Acorraló a Nelson y lanzó una ofensiva que resumió todo lo que había sido aquella noche: técnica, valentía y contundencia. El ghanés resistió hasta donde pudo. Finalmente, volvió a caer.
A 1 minuto y 49 segundos del último asalto, el árbitro Tony Pérez intervino y decretó el nocaut técnico. Salvador Sánchez conservaba el campeonato mundial pluma del CMB. Los jueces habían sido Tony Castellano, Al Reid y Artie Aidala.
El Garden celebró al vencedor, pero aquella noche también nació otra historia. El joven africano que había obligado a Sánchez a emplearse a fondo no sería un desconocido durante mucho tiempo. Azumah Nelson terminaría convirtiéndose en campeón mundial y, años después, derrotaría precisamente a Wilfredo Gómez, otro de los grandes nombres de aquella generación.
Para Sánchez, sin embargo, aquella victoria adquiriría un significado trágico. No habría revancha ni siguiente defensa. El 12 de agosto de 1982, apenas 22 días después de aquella batalla, murió en un accidente automovilístico en México, cuando tenía solamente 23 años.
Por eso, con el paso del tiempo, aquella noche del 21 de julio dejó de ser simplemente una defensa más del campeón mexicano. Fue su última función. Su último combate. La última vez que Salvador Sánchez subió a un ring.
Quince asaltos bastaron para convertir una pelea en leyenda.
