Carlos C. Lara
Hay países que para hablar de sus desgracias escriben tragedias. México, cuando todavía sabía reírse de sí mismo, hacía películas como El águila descalza.
La cinta que Alfonso Arau dirigió y protagonizó a comienzos de los setenta es una de esas rarezas del cine mexicano en las que resulta difícil saber exactamente dónde termina el chiste y comienza la tragedia. Y quizá ése sea su mayor mérito. Porque El águila descalza es una película sobre pobres que no habla de la pobreza con violines; sobre injusticias que no necesita discursos; sobre un país desigual que prefiere ponerse una máscara, subirse a una bicicleta y salir a combatir al capitalismo con los pies descalzos.
Poncho es un obrero, un pobre diablo, un soñador, un lector de historietas que trabaja en una fábrica y que, ante las injusticias que lo rodean, decide convertirse en superhéroe. Así nace El águila descalza: una especie de Superman del tercer mundo, aunque sin músculos, sin dinero, sin tecnología y, desde luego, sin posibilidad alguna de volar. El propio Arau lo describiría después como un antihéroe sin poderes que luchaba por la justicia y se desplazaba en bicicleta.
La idea es magnífica porque contiene, en sí misma, una teoría sobre México.
¿Qué clase de superhéroe puede producir un país pobre?
Uno descalzo.
La película fue realizada en 1971 y mezcla deliberadamente comedia, acción y comentario político y social. Arau comparte la escritura con figuras como Emilio Carballido y Pancho Córdova, y está acompañado por Ofelia Medina y un extraordinario conjunto de actores. Pero enumerar sus créditos dice poco de lo verdaderamente extraño que ocurre en pantalla.
Porque Arau entendió algo que buena parte del cine político latinoamericano ha olvidado: la solemnidad no es requisito para la denuncia.
También se puede protestar contando un chiste.
Es más: a veces el chiste resulta mucho más subversivo.
El águila descalza pertenece a una tradición profundamente mexicana que va del albur a la carpa, del peladito a Tin Tan, de la historieta popular a la lucha libre: la costumbre de responder a la desgracia sacándole la lengua.
No negar la tragedia.
Burlarse de ella para poder sobrevivirla.
Poncho pertenece a ese ejército de personajes mexicanos que parecen ridículos hasta que uno descubre que el verdadero ridículo está alrededor de ellos. El patrón, el poderoso, el policía, el gángster, las instituciones, la aspiración de parecer extranjero, el orden social completo. Todos conservan aparentemente la respetabilidad mientras el héroe anda descalzo.
Y entonces ocurre la inversión que hace posible la sátira: el loco empieza a parecer cuerdo y los cuerdos comienzan a parecer dementes.
Por eso la película puede pasar de la fábrica al manicomio, del melodrama a la historieta, de la lucha libre al cine de gángsters sin pedir permiso. Arau saquea alegremente la cultura popular y construye con sus desperdicios una película política. Hay superhéroes, máscaras, rubias, villanos, golpes, persecuciones y caricaturas. La crítica ha señalado precisamente esa apropiación del cine de luchadores, las historietas y hasta las convenciones de Batman, llevadas mucho más allá de la simple parodia.
Es cine del tercer mundo que no pide disculpas por serlo.
Y ésa quizá sea una de las cosas que más se extrañan.
Durante demasiado tiempo confundimos la importancia con la gravedad. Parecería que para hablar de desigualdad hay que bajar la voz; para denunciar una injusticia hay que fruncir el ceño; para retratar la pobreza hay que fotografiarla miserablemente.
Arau hace exactamente lo contrario.
Pone a la pobreza a bailar.
La hace contar chistes.
Le pone máscara.
La sube a una bicicleta.
Y después la manda a pelear contra los poderosos.
No es casual que Arau se definiera por aquellos años como un juglar popular, irreverente e irrespetuoso y describiera al El águila descalza como defensor de los humildes y de las causas desesperadas. Esa mezcla de bufón y agitador parece contener toda la filosofía de la película.
Porque el bufón posee un privilegio antiquísimo: puede decir frente al rey aquello que nadie más se atreve a decir.
Siempre que consiga hacerlo reír.
Ahí está la dimensión contestataria del humor de El águila descalza. No utiliza el chiste para escapar de la realidad sino para desnudarla. Nos reímos de Poncho y, unos segundos después, descubrimos que quizá nos estamos riendo del patrón, del gobierno, de la modernidad mexicana, de la admiración provinciana por lo extranjero o de nosotros mismos.
Ese cine mexicano casi ha desaparecido.
No porque México haya dejado de ser absurdo —material sobra— sino porque hemos perdido cierta confianza en la inteligencia popular. Aquella certeza de que una película podía ser vulgar y sofisticada al mismo tiempo; política sin convertirse en panfleto; popular sin avergonzarse de serlo; trágica sin ponerse solemne.
El águila descalza reivindica otra posibilidad: la carcajada como conciencia de clase.
El pobre sabe que está jodido.
Precisamente por eso se ríe.
No necesita que llegue alguien a explicarle cinematográficamente su desgracia. Necesita, acaso, que alguien le conceda el derecho de burlarse de quienes la producen.
Más de medio siglo después, el Águila sigue sin zapatos.
Y México sigue necesitando superhéroes.
Quizá la diferencia sea que ahora hemos olvidado que, para enfrentarse al poder, además de indignación, hace falta algo mucho más peligroso: sentido del humor.
