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La protesta comenzó entre adolescentes cansados de escuelas deterioradas. Ahora marchan profesores, padres y trabajadores, convirtiendo una crisis educativa en problema político nacional.
Los estudiantes franceses comenzaron protestando porque faltaban profesores, sobraban alumnos y algunos edificios parecían necesitar albañiles antes que otra reforma educativa anunciada desde París.
Tres semanas después, el problema ya no pertenece solamente a los pupitres: maestros, padres, universitarios y organizaciones sindicales marchan junto con adolescentes por numerosas ciudades francesas.
Reuters reportó este martes la mayor jornada del movimiento, mientras profesores y familias se incorporaban a bloqueos iniciados originalmente por estudiantes de enseñanza secundaria francesa.
Associated Press calculó más de 266 mil manifestantes en todo el país, incluidos 56 mil en París, mientras sindicatos estudiantiles ofrecieron cifras considerablemente superiores todavía.
La Union Syndicale Lycéenne aseguró que cerca de dos mil escuelas estuvieron bloqueadas o cerradas, además de movilizaciones en universidades y concentraciones sindicales simultáneas nacionales.
Cuando el recreo encuentra compañeros
El movimiento había comenzado en septiembre alrededor de escuelas suburbanas parisinas donde estudiantes denunciaban profesores ausentes, salones saturados y edificios deteriorados durante años enteros.
Le Monde reconstruyó cómo una protesta surgida por vacantes docentes en Créteil tardó apenas diez días en propagarse primero regionalmente y después prácticamente por Francia.
Los reclamos incluyen sustitución de profesores ausentes, menos saturación, reparaciones escolares, modificaciones en jornadas demasiado largas y mejores condiciones para estudiar diariamente dentro del sistema.
Hasta ahí podía parecer una rebelión estudiantil episódica. La incorporación organizada de maestros y sindicatos transforma la naturaleza política de aquello que enfrenta actualmente el gobierno.
La CGT y organizaciones docentes se sumaron públicamente, mientras trabajadores de energía, agricultores y otros sectores sindicalizados comenzaron también a acompañar movilizaciones convocadas por estudiantes franceses.
Una demanda escolar puede resolverse prometiendo profesores. Una coalición social resulta bastante más difícil porque cada grupo llega cargando además sus propios agravios contra París.
Macron escucha desde el último pupitre
Las protestas ocurren durante los últimos meses de Emmanuel Macron en la presidencia y mientras Francia atraviesa otra batalla presupuestaria marcada por deuda y posibles ajustes.
Eso convierte los techos deteriorados en algo políticamente mayor: cualquier dinero adicional para educación debe aparecer precisamente cuando el gobierno necesita encontrar miles de millones en ahorros.
El primer ministro Sébastien Lecornu suspendió clases de secundaria durante el resto de la semana y prometió respuestas gubernamentales concretas antes de terminar octubre oficialmente.
Pero también calificó las movilizaciones como las más violentas protagonizadas por estudiantes en décadas, después de enfrentamientos, incendios, daños y miles de detenciones policiales.
La violencia ya produjo heridas graves. Un adolescente perdió una mano después de recoger una granada policial en Lens, mientras otros casos provocaron investigaciones sobre actuación policial.
El movimiento estudiantil insiste, sin embargo, en que sus demandas originales siguen siendo educativas y denuncia que la respuesta policial terminó ampliando todavía más el descontento inicial.
El problema dejó la escuela
Esa puede ser la dificultad principal para Lecornu: Francia posee experiencia negociando huelgas sindicales, pero esta protesta comenzó antes de que los sindicatos pudieran organizarla.
Los adultos no llamaron inicialmente a los estudiantes a la calle. Llegaron después, cuando descubrieron que aquellos adolescentes ya habían construido solos una movilización nacional.
Ahora los sindicatos aportan estructura, experiencia y capacidad para prolongarla, mientras los estudiantes conservan algo mucho más difícil de fabricar desde una central obrera: espontaneidad.
Francia comenzó preguntándose cómo conseguir profesores suficientes para sus escuelas. Tres semanas después necesita averiguar cuántos franceses distintos caben detrás de esa misma pancarta.
