La IA promete productividad, ciencia y mejores servicios. Pero electricidad, centros de datos, chips y talento están concentrados donde ya existe dinero suficiente para comprarlos.
Durante años, la brecha entre países ricos y pobres se explicó con fábricas, puertos, petróleo o universidades. Ahora puede medirse también en servidores, electricidad y chips.
La inteligencia artificial promete elevar productividad, acelerar ciencia y mejorar servicios públicos. Pero esos beneficios no llegan automáticamente a países que carecen de infraestructura digital suficiente.
El Banco Mundial calcula que los países de altos ingresos concentran 77 por ciento de la capacidad mundial de centros de datos necesaria para desarrollar inteligencia artificial.
Los países de ingresos bajos y medios reúnen apenas alrededor de 12 por ciento. África dispone de unos 0.33 megavatios de capacidad por millón de habitantes.
La nueva riqueza también necesita enchufe
Kristalina Georgieva advirtió esta semana en Bangkok que la tecnología necesita condiciones mínimas. “Sin salvaguardas, los riesgos pueden superar las oportunidades”, afirmó la directora del FMI.
Y esas salvaguardas no son solamente leyes. Georgieva mencionó electricidad, infraestructura digital y regulación como requisitos para que la inteligencia artificial beneficie realmente a todos.
Ahí comienza una nueva frontera geopolítica. Algunos países podrán entrenar modelos, guardar datos y desarrollar empresas propias; otros dependerán de servicios tecnológicos construidos en otros países.
El Banco Mundial lo resume con una frase reveladora: la capacidad de cómputo es “la nueva electricidad” de esta era y continúa distribuida de manera profundamente desigual.
Eso significa que importar una aplicación no equivale a participar plenamente en la economía de inteligencia artificial. El verdadero poder está también en infraestructura, datos y talento.
Quien tiene los servidores también tiene ventaja
Joachim Nagel, presidente del Bundesbank, advirtió que la inteligencia artificial “puede aumentar los desequilibrios globales” debido a las enormes inversiones necesarias, según declaraciones recogidas por Reuters.
La factura incluye centros de datos, redes eléctricas, chips avanzados, personal capacitado y enormes cantidades de capital. Para muchos gobiernos pobres, esa entrada cuesta demasiado.
Pero quedarse afuera también cuesta. Las empresas de países rezagados podrían producir menos, innovar más lentamente y depender de plataformas extranjeras para tareas cada vez más importantes.
El FMI encontró además que las economías asiáticas avanzadas adoptan inteligencia artificial antes y obtienen beneficios inmediatos, mientras mercados emergentes pueden enfrentar retrasos y costos mayores.
Por eso la próxima división mundial quizá no sea entre quienes tienen internet y quienes no, sino entre quienes controlan inteligencia artificial y quienes solamente la alquilan.
Alquilar inteligencia también crea dependencia
Esa dependencia también tiene consecuencias políticas. Un país que no controla sus datos, su nube ni su capacidad de procesamiento entrega parte de su autonomía económica.
El economista Dani Rodrik planteó otra advertencia ante Reuters: “No sabemos cuál de las dos crisis tendremos que afrontar: la crisis laboral o la crisis financiera”.
Si la productividad llega, puede desplazar empleos. Si no llega, las inversiones gigantescas en centros de datos podrían terminar dejando pérdidas y deudas difíciles de absorber.
La inteligencia artificial puede convertirse en una herramienta extraordinaria para cerrar brechas. Pero también puede hacer algo contrario: convertir diferencias tecnológicas actuales en dependencias permanentes.
La nueva frontera no tendrá alambradas ni puestos migratorios. Tendrá cables, servidores y electricidad. Y quizá determine durante décadas quién vende inteligencia y quién tiene que comprarla.
