Washington quiere fabricar más, exportar más y reducir su déficit comercial. Pero un dólar en máximos de 18 meses hace justamente lo contrario: encarece lo estadounidense y abarata lo extranjero.
El dólar está haciendo algo extraño para Donald Trump: demostrar fortaleza internacional justo cuando esa fortaleza complica una parte importante de su proyecto económico doméstico.
La divisa estadounidense alcanzó recientemente su nivel más alto en 18 meses frente a otras monedas importantes, impulsada por tensiones globales, inflación y búsqueda de refugio.
Para cualquier presidente, una moneda fuerte puede parecer motivo de orgullo. Para uno que quiere recuperar fábricas, vender más productos estadounidenses y reducir importaciones, resulta incómoda.
Cuando el dólar sube, una máquina fabricada en Ohio cuesta más para un comprador extranjero, mientras productos europeos, japoneses o asiáticos resultan relativamente más baratos.
La moneda que manda también puede estorbar
Trump lleva años argumentando que Estados Unidos perdió fábricas porque otros países aprovecharon monedas baratas, subsidios y ventajas comerciales para vender más dentro del mercado estadounidense.
Su antiguo asesor Stephen Miran planteó el problema con claridad: “La sobrevaloración persistente del dólar hace menos competitivas las exportaciones estadounidenses”, escribió en su propuesta comercial.
La misma fortaleza que permite comprar petróleo, tecnología o productos extranjeros con ventaja también dificulta recuperar empleos industriales mediante exportaciones más baratas hacia otros mercados.
Y la contradicción aumenta porque el déficit comercial estadounidense tampoco está desapareciendo. Empresas norteamericanas siguen importando chips, maquinaria y equipos destinados especialmente a inteligencia artificial.
El economista Dean Maki calcula que el déficit podría acercarse nuevamente a 4 por ciento del PIB durante 2027, después de haber tocado niveles bastante menores.
El dólar gana porque los demás también pierden
Parte de la fortaleza estadounidense tampoco proviene exclusivamente de una economía irresistible. El euro y el yen atraviesan problemas propios que empujan capital hacia dólares.
Francia enfrenta preocupación por sus cuentas públicas, mientras Japón carga una enorme deuda y tasas crecientes. Frente a esas alternativas, Estados Unidos parece relativamente más seguro.
Por eso el dólar puede subir incluso cuando Washington tiene déficit fiscal elevado, deuda creciente y conflictos comerciales abiertos con varios de sus principales socios económicos.
El especialista Stephen Jen lo resumió así: “Para recuperar cierta autosuficiencia manufacturera, sería necesario un dólar más débil”, escribió en un análisis citado por Reuters.
Bajar el dólar tampoco es sencillo
Washington podría intervenir comprando otras monedas y vendiendo dólares, pero estas operaciones suelen funcionar mejor cuando participan simultáneamente varias grandes economías internacionales.
Estados Unidos hizo algo parecido en 1985 mediante el Acuerdo Plaza, cuando las mayores potencias coordinaron esfuerzos para reducir deliberadamente el valor del dólar estadounidense.
Pero repetir esa coordinación exigiría justamente aquello que la política de “Estados Unidos primero” mira con desconfianza: negociar con aliados para administrar juntos los mercados mundiales.
Jen advierte otro peligro: “El desafío es guiar al dólar hacia abajo sin asustar a los mercados de capitales”, donde cualquier movimiento brusco puede provocar ventas.
El privilegio también tiene costo
Estados Unidos disfruta una ventaja extraordinaria porque buena parte del comercio mundial, las reservas internacionales y las deudas continúan expresándose principalmente en dólares.
Eso permite financiarse con mayor facilidad y absorber capital extranjero cuando aparecen guerras, crisis bancarias o miedo en otros rincones de la economía mundial.
Pero esa misma demanda permanente puede mantener demasiado cara la moneda para industrias estadounidenses que intentan competir contra fábricas extranjeras en precio y exportaciones.
Washington quiere conservar el dólar como centro financiero del planeta y, al mismo tiempo, tener una moneda suficientemente barata para recuperar competitividad industrial perdida durante décadas.
El problema es que ambas cosas no siempre caminan juntas. A veces la moneda más poderosa del mundo también puede convertirse en el rival económico de casa.
