Más de 200 denuncias por maltrato, violencia y abusos sexuales sacuden las actividades extraescolares de la capital francesa. El problema ya no parece aislado, sino institucional.
Durante años, miles de familias parisinas dejaron a sus hijos en actividades escolares y extraescolares suponiendo que el lugar más seguro posible seguía siendo precisamente la escuela.
Ahora esa confianza está rota. La policía investiga más de 200 denuncias relacionadas con maltrato, violencia física y abusos sexuales contra menores en instalaciones públicas parisinas.
Los casos ocurrieron durante recreos, comidas, periodos de descanso y actividades extraescolares, conocidas en Francia como périscolaire, donde trabajan miles de monitores municipales diariamente.
La dimensión del problema obligó incluso a la exalcaldesa Anne Hidalgo a reconocer ante el Senado algo que durante años las familias denunciaban sin sentirse escuchadas.
“Nuestras instituciones no lograron proteger a nuestros hijos. Y éste es un fracaso colectivo”, declaró Hidalgo durante una comparecencia parlamentaria celebrada en septiembre.
Las alarmas habían sonado mucho antes
El escándalo resulta todavía más grave porque existieron advertencias anteriores. Las primeras denuncias importantes aparecieron en 2014 y un informe municipal alertó riesgos desde 2015.
Ese documento ya advertía que empleados municipales podían cometer delitos contra menores, pero varias recomendaciones quedaron aplicadas parcialmente y algunos mecanismos de denuncia dejaron de funcionar correctamente.
El Senado encontró incluso una interrupción de cuatro años en el reporte sistemático de determinadas quejas, mientras asociaciones de padres aseguran haber advertido repetidamente sobre problemas.
Barka Zerouali, cofundadora del colectivo #MeTooEcole, resumió la indignación familiar: “Cuando dejamos a nuestro hijo en la escuela, se supone que está seguro”.
Y añadió una frase que golpea directamente a las autoridades: “Con mayor razón cuando estamos hablando de un servicio público”.
No fueron unos cuantos monitores
Hasta junio, París había suspendido a 132 trabajadores de actividades extraescolares desde enero; 52 de esas suspensiones estaban relacionadas con sospechas de violencia sexual.
El sistema emplea aproximadamente 15 mil personas que atienden alrededor de 110 mil niños en unas 620 escuelas, una estructura enorme y difícil de supervisar diariamente.
En mayo, la policía detuvo a 16 trabajadores relacionados con investigaciones sobre violaciones, agresiones sexuales, exhibicionismo y violencia contra menores en varias escuelas del séptimo distrito.
En otro caso, un antiguo monitor fue condenado por agredir sexualmente a nueve niñas de entre seis y diez años dentro de una escuela primaria parisina.
París ahora intenta reconstruir la puerta
La nueva administración del alcalde Emmanuel Grégoire endureció controles de contratación, ordenó suspender inmediatamente a cualquier trabajador denunciado y creó un servicio específico para supervisar escuelas.
Desde este curso, cada contratación pasa por cuatro revisiones diferentes, incluyendo antecedentes judiciales, registros especializados y archivos internos de denuncias acumuladas por el Ayuntamiento.
La ciudad también prohibió que un adulto permanezca aislado con un menor en determinadas circunstancias y reforzó vigilancia sobre espacios sensibles, incluidos los baños escolares.
Además, los exámenes médicos infantiles incorporan ahora conversaciones sobre bienestar y posibles situaciones de violencia, intentando detectar señales que anteriormente podían pasar inadvertidas durante meses.
Una comisión independiente encabezada por el exjuez de menores Antoine Garapon deberá presentar a comienzos de 2027 un diagnóstico sobre las fallas estructurales encontradas.
El problema ya no puede llamarse excepcional
Cuando aparecen decenas de casos en distintos centros, durante años diferentes y después de advertencias ignoradas, resulta difícil explicar todo únicamente como conductas individuales aisladas.
La crisis parisina obliga a mirar algo más incómodo: cómo una institución destinada a proteger niños pudo recibir señales repetidas sin construir suficientes barreras alrededor de ellos.
París ya comenzó a cambiar protocolos, contratar controles y abrir investigaciones. Lo que todavía debe reconstruir es algo bastante más difícil de reglamentar: confianza familiar.
