El 21 de septiembre de 1933 nació la empresa que terminaría convirtiendo la lucha libre en una de las expresiones más reconocibles de México. Aquella primera noche, sin embargo, todavía no había Santo, Blue Demon ni una legión de enmascarados: el único mexicano de las cuatro figuras principales del cartel era Yaqui Joe.
A las 8:15 de la noche del jueves 21 de septiembre de 1933 comenzó algo que todavía no sabía que iba a ser mexicano.
En la Arena México —el viejo inmueble conocido anteriormente como Arena Modelo, en la colonia Doctores— cuatro hombres ocupaban los nombres grandes del programa inaugural de la Empresa Mexicana de Lucha Libre: Yaqui Joe, Bobby Sampson, Leong Tin Kit y Ciclón Mackey.
Sólo uno era mexicano.
Yaqui Joe era sonorense. Bobby Sampson llegaba de California y era presentado como excampeón de la Marina estadounidense; Ciclón Mackey era irlandés y Leong Tin Kit, luchador de origen asiático conocido también como el Chino Achiu.
La lucha estelar enfrentó a Yaqui Joe con Sampson. El mexicano ganó.
Las entradas costaban un peso en general y 1.50 pesos en ring general.
Eso era todo.
Todavía no existía El Santo. Ni Blue Demon. Ni la Arena México que conocemos actualmente. Tampoco estaba consolidado ese ejército de máscaras que décadas después convertiría una función de lucha en algo parecido a una mitología nacional representada tres veces por semana.
Había un ring, cuatro nombres y una apuesta empresarial bastante incierta.
Todo empezó en Texas
Salvador Lutteroth no inventó la lucha libre.
La importó.
En 1929 trabajaba como inspector de Hacienda cuando presenció una función en el Liberty Hall de El Paso, Texas. El espectáculo le produjo suficiente impresión para imaginar que podía funcionar del otro lado de la frontera.
Cuatro años después, junto con Francisco Ahumada, fundó la Empresa Mexicana de Lucha Libre.
La elección de peleadores extranjeros para aquella primera función no era accidental. El espectáculo que Lutteroth intentaba establecer provenía precisamente de tradiciones estadounidenses y europeas. México todavía tenía que apropiárselo.
Y lo hizo.
Menos de un mes después de aquella primera noche, la empresa abrió una escuela para formar luchadores mexicanos bajo la dirección de Gonzalo Avendaño.
Entonces comenzó la transformación.
Los luchadores nacionales fueron incorporando maneras propias de combatir y representar personajes. Llegaron las llaves, los lances, la teatralidad, la división moral entre héroes y villanos y, sobre todo, la máscara.
Lo que México había importado comenzó a regresar al mundo convertido en otra cosa.

Primero fue el ring; después llegó el mito
La primera función de El Santo con ese nombre llegaría hasta 1942, nueve años después de aquella noche inaugural. Para entonces la lucha ya había encontrado público, lenguaje y territorio.
Después vendrían Blue Demon, Gori Guerrero, Cavernario Galindo, Black Shadow, Huracán Ramírez, Mil Máscaras y una genealogía interminable de hombres capaces de convertirse en otra persona simplemente cubriéndose la cara.
El fenómeno escapó de las arenas.
La lucha llegó al cine, las historietas, los juguetes, las fotografías familiares, los mercados y las paredes de las ciudades. La máscara dejó de ser únicamente una herramienta del espectáculo para convertirse en un objeto inmediatamente reconocible como mexicano.
En 2019, el Congreso de la Unión declaró oficialmente el 21 de septiembre como Día Nacional de la Lucha Libre y del Luchador Profesional Mexicano.
La fecha elegida fue la de aquella función de 1933.
Noventa y tres años después, resulta difícil imaginar algo más mexicano que una máscara de luchador.
Quizá por eso vale la pena volver al principio.
Porque aquella primera noche no hubo una tradición ancestral entrando al ring. Hubo exactamente lo contrario: un espectáculo extranjero que llegó a México, encontró público y comenzó lentamente a transformarse.
El programa todavía conserva la pista.
Cuatro nombres.
Tres extranjeros.
Un mexicano.
Y un país que todavía no sabía que estaba a punto de hacer suya la lucha.
