Gregorio Cárdenas enterró cuatro mujeres en una casa de Tacuba durante 1942. Treinta y cuatro años después salió de prisión convertido en autor, estudiante de Derecho y supuesto ejemplo de rehabilitación. La Cámara de Diputados terminó aplaudiéndolo.
En septiembre de 1942, la policía entró nuevamente a una pequeña casa de Tacuba porque algo en el jardín había comenzado a resultar imposible de ignorar.
Los vecinos habían hablado de tierra removida, moscas y un olor desagradable. Durante una inspección anterior, los agentes no encontraron aquello que estaban buscando.
Esta vez miraron mejor.
De la tierra sobresalían los dedos de un pie.
Debajo estaban los restos de una mujer. Después aparecieron otros cuerpos hasta completar cuatro víctimas enterradas alrededor de la casa de Mar del Norte 20.
El propietario era Gregorio Cárdenas Hernández, joven estudiante de Ciencias Químicas, becado por Petróleos Mexicanos y considerado por quienes lo conocían particularmente inteligente.
En menos de un mes había asesinado a cuatro mujeres. Una era Graciela Arias Ávalos, estudiante de preparatoria a quien conocía y pretendía sentimentalmente.
Las otras tres pertenecían a un mundo que la sociedad mexicana de entonces miraba de manera diferente: mujeres jóvenes que ejercían trabajo sexual en Ciudad de México.
Sus nombres importan porque durante décadas la fama del asesino amenazó con borrarlos: María de los Ángeles González, Raquel Martínez León y Rosa Reyes Quiroz.
La historia mexicana terminaría aprendiendo muchísimo mejor el nombre de quien las asesinó que los nombres de las cuatro mujeres enterradas en aquel jardín.
Tacuba comenzó a mirar hacia una casa
La desaparición de Graciela llevó a su padre hasta las autoridades. Las sospechas condujeron rápidamente hacia Cárdenas, quien frecuentaba a la joven y esperaba encontrarla.
Cuando comenzaron las preguntas, ocurrió una de esas escenas que parecen inventadas posteriormente para mejorar una historia criminal, pero quedaron registradas desde aquellos días.
Cárdenas había sido llevado por su madre a un sanatorio de Tacubaya. Allí comenzó a comportarse como alguien incapaz de responder normalmente a los interrogatorios.
Aseguraba haber inventado pastillas capaces de volver invisible a una persona y mostraba pequeños pedazos de gis como prueba de aquella extraordinaria creación.
El médico Gregorio Oneto Barenque no quedó convencido. Después de examinarlo concluyó que aquella conducta no correspondía simplemente con la representación que Cárdenas intentaba ofrecer.
La investigación regresó entonces a Mar del Norte.
Los agentes encontraron primero un cadáver casi a flor de tierra. La búsqueda posterior convirtió aquel pequeño jardín doméstico en escenario criminal.
Desde las azoteas cercanas, vecinos observaron cómo policías y peritos excavaban el terreno mientras aparecían restos humanos donde días antes solamente parecía existir tierra.
La casa dejó de pertenecer únicamente a quien vivía dentro.
Comenzó a pertenecer a la ciudad.
La prensa necesitaba un monstruo y encontró uno perfecto
La noticia apareció en grandes encabezados durante septiembre de 1942. Un estudiante universitario había estrangulado mujeres y escondido sus cadáveres detrás de casa.
Los periódicos encontraron rápidamente sobrenombres capaces de convertirlo en personaje: El Estrangulador de Tacuba, El Chacal de Tacuba y, finalmente, el diminutivo inquietante que sobreviviría décadas.
Goyo.
Aquella transformación importa porque un homicida identificado mediante nombre y apellidos todavía pertenece al expediente. Un sobrenombre permite convertirlo en producto narrativo.
México comenzó entonces una relación extraordinariamente prolongada con Gregorio Cárdenas que terminaría sobreviviendo mucho más tiempo que la investigación original de sus asesinatos.
Hubo interrogatorios, fotografías, dictámenes médicos, especulación periodística y discusiones entre especialistas acerca de su responsabilidad penal y condición mental.
También hubo público.
Personas acudieron a observar la casa. Algunas jóvenes solicitaron incluso presenciar interrogatorios argumentando interés científico en aquel hombre que acababa de asesinar mujeres.
El asesino comenzaba a adquirir espectadores.
Eso ocurrió antes de recibir sentencia, escribir un libro o convertirse en supuesto ejemplo de rehabilitación.
La celebridad había empezado prácticamente junto al jardín.
El país quiso saber qué clase de hombre hacía aquello
El caso apareció en un momento especialmente interesante para la criminología mexicana, cuando médicos, juristas y especialistas discutían intensamente las relaciones entre enfermedad mental y responsabilidad criminal.
Cárdenas resultaba irresistible para esa conversación.
Era universitario.
Había trabajado.
Poseía automóvil.
Tenía capacidades intelectuales reconocidas.
No correspondía fácilmente con la imagen popular del delincuente construido como individuo marginal, ignorante y completamente separado de la sociedad respetable.
Precisamente por eso comenzaron los intentos de explicarlo.
Alfonso Quiroz Cuarón, una de las figuras fundamentales de la criminología mexicana del siglo XX, participó en los estudios realizados alrededor del caso.
Cárdenas fue examinado, diagnosticado, trasladado entre instituciones y convertido durante años en material de discusión para psiquiatras, criminólogos, abogados y periodistas.
La pregunta parecía sencilla.
¿Quién era Goyo?
La respuesta fue cambiando según quién tuviera derecho a describirlo.
Primero fue el monstruo.
Después apareció el enfermo.
Más adelante sería el preso.
Finalmente llegaría algo mucho más extraño.
El hombre rehabilitado.
Lecumberri recibió un personaje que ya tenía público
La historia penitenciaria de Cárdenas resultó complicada por los debates acerca de su estado mental, situación jurídica y los establecimientos donde permaneció internado.
Pasó por instituciones psiquiátricas y posteriormente permaneció durante décadas dentro del sistema penitenciario, particularmente en el Palacio Negro de Lecumberri.
Allí ocurrió una segunda transformación.
Cárdenas comenzó a estudiar leyes.
Memorizó disposiciones jurídicas, preparó escritos para otros internos y adquirió dentro de la prisión una reputación muy distinta de aquella construida originalmente por los periódicos.
Algunos compañeros comenzaron a tratarlo prácticamente como abogado. El asesino convertido en objeto de criminólogos empezaba ahora a aprender el idioma de quienes decidían su destino.
También escribió.
Publicó libros como Celda 16, Pabellón de locos y otros textos donde comenzó a intervenir directamente sobre la narración pública de su propia historia.
Eso cambió las reglas.
Durante 1942, policías, médicos y periodistas habían contado quién era Gregorio Cárdenas.
Décadas después, Gregorio Cárdenas también quería contar quién era Gregorio Cárdenas.
El monstruo comenzó a escribir su propia versión
La investigación histórica de Juan de Dios Vázquez identifica precisamente esta operación: Cárdenas construyó mediante memorias noveladas una identidad alternativa frente al hombre-monstruo fabricado públicamente.
En sus textos podía presentarse como prisionero consciente, individuo útil, víctima de determinadas circunstancias y persona capaz de transformarse durante un encierro extraordinariamente largo.
No necesitaba conseguir que desaparecieran los cuatro asesinatos.
Necesitaba conseguir que dejaran de ser la única historia disponible sobre él.
La prisión le proporcionó tiempo.
Décadas.
Mientras las familias de las víctimas quedaban progresivamente fuera del relato público, el homicida acumulaba nuevos capítulos: escritor, artista, estudiante, auxiliar jurídico y personaje penitenciario.
Incluso su vida privada continuó desarrollándose durante el encierro. El hombre presentado inicialmente como monstruo incomprensible comenzó a adquirir atributos reconociblemente cotidianos.
La sociedad mexicana contempló esa transformación durante años.
Y gradualmente ocurrió algo difícil de precisar porque no sucedió en una sola fecha.
Goyo dejó de ser únicamente aterrador.
Comenzó a resultar fascinante.
El crimen también podía convertirse en entretenimiento
Los libros no fueron el único vehículo.
Su historia alimentó representaciones periodísticas y productos de entretenimiento que mantuvieron el caso dentro de la cultura popular mucho después de los asesinatos.
El expediente criminal podía convertirse en relato.
El relato podía convertirse en mercancía.
Y la mercancía necesitaba un protagonista reconocible.
Ese protagonista era Cárdenas.
No María de los Ángeles.
No Raquel.
No Rosa.
No Graciela.
La estructura misma de la celebridad criminal comenzaba a mostrar su injusticia más persistente: quien destruye varias vidas puede terminar recibiendo más memoria pública que quienes perdió.
La cultura popular tampoco inventó por sí sola ese desequilibrio. Había heredado décadas de encabezados donde el criminal ocupaba el centro y las víctimas rodeaban su nombre.
El sobrenombre ayudó.
“El Goyo” era breve, reconocible y extrañamente familiar.
Un diminutivo convirtió a un hombre que había estrangulado cuatro mujeres en alguien a quien México podía mencionar casi como personaje del barrio.
Treinta y cuatro años cambiaron la fotografía
En 1976, Gregorio Cárdenas llevaba aproximadamente treinta y cuatro años privado de libertad entre las distintas etapas e instituciones atravesadas desde sus crímenes.
México también era otro.
La ciudad que había encontrado cadáveres en un jardín durante la presidencia de Manuel Ávila Camacho vivía ahora los últimos meses del gobierno de Luis Echeverría.
Lecumberri estaba a punto de cerrar como prisión.
Cárdenas había sobrevivido prácticamente a una época completa del sistema penitenciario mexicano y se había convertido en uno de sus internos más famosos.
Su prolongada situación jurídica también había acumulado controversias. Distintas fuentes institucionales ofrecen formulaciones diferentes sobre condena, proceso, tratamiento psiquiátrico y mecanismo final de liberación.
Lo indiscutible es el resultado.
En septiembre de 1976 recuperó la libertad.
Y el país no lo recibió únicamente como un exrecluso que abandonaba silenciosamente una institución después de décadas.
Lo recibió como personaje.
Entonces ocurrió la escena que transforma esta historia en algo mucho más incómodo que una vieja crónica policiaca.
Los diputados comenzaron a aplaudir
Pocos días después de recuperar la libertad, Cárdenas apareció en la Cámara de Diputados durante una comparecencia del secretario de Gobernación, Mario Moya Palencia.
Moya Palencia hablaba sobre reformas penales y sobre las posibilidades de readaptación social ofrecidas por el sistema penitenciario mexicano.
Entre el público estaba Goyo.
El secretario lo señaló como ejemplo.
Los legisladores lo reconocieron.
Y comenzó una ovación.
Los periódicos registraron posteriormente que Cárdenas recibió un prolongado aplauso de los diputados presentes mientras era presentado como demostración humana de rehabilitación penitenciaria.
La escena resulta difícil incluso medio siglo después.
Treinta y cuatro años antes, vecinos habían observado desde las azoteas cómo la policía sacaba mujeres muertas del jardín de aquel hombre.
Ahora representantes populares se ponían de pie para celebrar aquello en lo que supuestamente se había convertido.
No estaban aplaudiendo oficialmente los asesinatos.
Pretendían aplaudir la rehabilitación.
Pero los aplausos pertenecían inevitablemente al mismo cuerpo.
El Estado necesitaba demostrar que una prisión podía corregir
La explicación política de aquel homenaje estaba relacionada con un concepto central del sistema penal mexicano de la época: la llamada readaptación social.
Si una prisión aspiraba a algo más que castigar, necesitaba demostrar que un delincuente podía salir convertido en persona capaz de reintegrarse legalmente.
Cárdenas parecía ofrecer una fotografía perfecta.
Había estudiado.
Escribía.
Conocía Derecho.
Ayudaba a otros presos.
Había mantenido durante años una imagen de disciplina y aprovechamiento dentro de las instituciones donde permaneció recluido.
Para las autoridades, podía presentarse como éxito.
Pero aquella operación institucional tenía un costo narrativo.
Para demostrar que el sistema había transformado extraordinariamente a un hombre, primero había que recordar qué clase de hombre había sido.
Los asesinatos regresaban así como prólogo indispensable de su rehabilitación.
Las víctimas volvían a aparecer solamente para demostrar cuánto había cambiado su victimario.
La paradoja era feroz.
Incluso cuando México celebraba haber rehabilitado a Goyo, las cuatro mujeres seguían funcionando como personajes secundarios dentro de la historia de Goyo.
El hombre salió convertido en experto sobre su propio encierro
Después de recuperar la libertad, Cárdenas continuó relacionado con el Derecho y con la construcción pública de su experiencia penitenciaria durante los años siguientes.
La documentación del Poder Judicial capitalino registra sus libros y señala que posteriormente obtuvo formalmente el título de abogado mediante un trabajo relacionado con inimputabilidad.
Su transformación ya estaba completa.
El estudiante de Ciencias Químicas de 1942 había pasado por asesino, interno psiquiátrico, preso célebre, escritor y estudioso del Derecho.
Cada identidad nueva añadía una capa sobre las anteriores.
Ninguna podía borrar el jardín.
Pero todas podían alejarlo.
Eso explica parcialmente por qué su caso siguió provocando libros, investigaciones académicas, notas periodísticas y reconstrucciones mucho después de abandonar Lecumberri.
Goyo ya no pertenecía solamente a la historia policial.
Pertenecía también a la historia de la criminología, del periodismo, de las prisiones, de la cultura popular y del sistema jurídico mexicano.
Era exactamente aquello que produce una celebridad.
Alguien capaz de sobrevivir al acontecimiento que originalmente lo volvió conocido.
Las cuatro mujeres no recibieron la misma segunda vida
Hay una forma sencilla de comprobar el desequilibrio producido durante aquellas décadas: preguntar cuántos mexicanos reconocen inmediatamente el nombre de Goyo Cárdenas.
Después podemos preguntar por sus víctimas.
Graciela Arias consiguió permanecer parcialmente dentro del relato porque era estudiante, conocía a Cárdenas y su desaparición desencadenó la investigación decisiva.
Las otras mujeres quedaron durante años reducidas por numerosas narraciones a una categoría social: prostitutas, muchachas o mujeres de la vida galante.
Incluso sus edades presentan contradicciones entre fuentes posteriores.
El asesino, en cambio, acumuló detalles.
Conocemos sus estudios.
Sus libros.
Sus opiniones.
Sus fotografías.
Sus traslados.
Sus habilidades.
Su estancia penitenciaria.
Su educación jurídica.
Su aparición frente a diputados.
La celebridad funciona también mediante esa desigual distribución de información.
Una persona se vuelve enorme porque conservamos todo sobre ella.
Las demás desaparecen porque dejamos de preguntar.
Quizá la historia estaba en el aplauso
El caso de Gregorio Cárdenas puede contarse como uno de los episodios criminales más famosos de México, pero eso deja fuera su parte verdaderamente perturbadora.
Cuatro homicidios explican su entrada en la memoria.
No explican completamente su permanencia.
Para eso necesitamos periódicos que inventaron sobrenombres, especialistas que discutieron su mente, escritores que reconstruyeron su caso y un público dispuesto a seguir observándolo.
Necesitamos también al propio Cárdenas, que aprendió a participar activamente en la construcción del personaje mediante libros y una narrativa personal de transformación.
Finalmente necesitamos una institución política.
Una Cámara de Diputados donde alguien señaló al antiguo Estrangulador de Tacuba como ejemplo de que un hombre podía atravesar el sistema penitenciario y regresar rehabilitado.
Entonces comenzaron los aplausos.
Quizá ése sea el documento más extraño de toda la historia.
No la fotografía del jardín.
No la ficha penitenciaria.
No los expedientes psiquiátricos.
No una portada de nota roja.
El aplauso.
Porque allí México dejó de limitarse a observar al personaje que había construido durante treinta y cuatro años.
Por unos minutos decidió celebrarlo.
En 1942, cuatro mujeres salieron enterradas del jardín de Gregorio Cárdenas. En 1976, él entró libre a la Cámara de Diputados y recibió una ovación. Entre ambas escenas transcurrieron treinta y cuatro años suficientes para demostrar que una sociedad puede rehabilitar a un criminal y, simultáneamente, convertirlo en protagonista de una historia donde sus víctimas apenas consiguen conservar sus nombres.
