Manuel Mondragón diseñó una de las primeras armas semiautomáticas adoptadas militarmente cuando México todavía carecía de industria capaz de producirla en serie. El invento mexicano terminó fabricándose en Suiza y su historia atravesó dos continentes, una revolución y una paradoja industrial.
A finales del siglo XIX, México quería demostrar que podía hacer algo más ambicioso que comprar la tecnología militar desarrollada por las grandes potencias europeas.
El país tenía ingenieros, escuelas militares, fundiciones y un gobierno obsesionado con exhibir modernidad. También tenía un joven oficial convencido de poder diseñar mejores armas.
Se llamaba Manuel Mondragón. Había nacido en Ixtlahuaca, Estado de México, en 1859 y se formó profesionalmente dentro del aparato militar del Porfiriato.
Su apellido terminaría asociado con uno de los episodios políticos más oscuros de 1913. Pero muchos años antes estaba relacionado con una historia completamente distinta.
Mondragón era artillero, ingeniero e inventor. Trabajó en fábricas militares mexicanas y recibió comisiones para viajar a Europa, donde observó directamente los avances tecnológicos del continente.
Aquellos viajes dejaron al descubierto una contradicción que México tardaría décadas en resolver: una cosa era imaginar una máquina avanzada y otra disponer de fábricas para construirla.
Un mexicano llegó a las fábricas francesas con sus propios dibujos
En 1891, Manuel Mondragón viajó a Francia acompañado por su hermano Enrique. La comisión tenía relación con un proyecto de artillería desarrollado por el oficial mexicano.
Mondragón llegó a Saint-Chamond, uno de los grandes centros franceses de producción industrial, para supervisar la construcción y perfeccionamiento de material destinado al Ejército mexicano.
La estancia transformó su carrera. Dejó de ser solamente un prometedor especialista militar y comenzó a convertirse en protagonista de los esfuerzos por modernizar tecnológicamente al ejército.
Las instalaciones francesas ofrecían algo que México todavía poseía de manera limitada: maquinaria especializada, personal experimentado y capacidad industrial para convertir dibujos técnicos en producción material.
Allí comenzó una colaboración que produciría piezas de artillería conocidas posteriormente mediante la asociación de dos nombres que parecían pertenecer a mundos diferentes: Saint-Chamond y Mondragón.
Pero durante aquella comisión ocurrió algo más.
El mexicano trabajaba también en un fusil.
Porfirio Díaz llegó a mencionar públicamente las pruebas realizadas en Europa y expresó su esperanza de que pronto el ejército mexicano pudiera disponer de armamento propio.
Era una frase pequeña para una ambición enorme.
México quería dejar de ser únicamente cliente.
Quería convertirse también en inventor.
El problema comenzaba después del dibujo
La dificultad era industrial.
Un fusil moderno necesitaba algo más que una buena idea. Cada una de sus piezas debía fabricarse con precisión suficiente para funcionar repetidamente junto con todas las demás.
Eso exigía maquinaria, herramientas especializadas, materiales adecuados, obreros capacitados y procesos capaces de reproducir una misma pieza muchas veces prácticamente sin variaciones.
México podía desarrollar determinados componentes militares y contaba con instalaciones nacionales, pero sus posibilidades industriales todavía estaban lejos de las grandes fábricas europeas.
Por eso algunos proyectos mexicanos realizaban un viaje extraño.
Nacían sobre mesas de dibujo nacionales.
Cruzaban el Atlántico.
Se convertían en metal dentro de una fábrica europea.
Después regresaban a México.
El objeto podía ser mexicano por concepción y extranjero por fabricación.
El fusil de Mondragón terminaría siendo uno de los ejemplos más extraordinarios de aquella contradicción.
Antes del semiautomático hubo otros intentos
La historia tampoco comenzó directamente con el modelo que haría famoso a su inventor. Mondragón pasó años modificando diseños, probando soluciones y trabajando con fabricantes extranjeros.
Durante la década de 1890 aparecieron versiones tempranas de sus fusiles. Algunas fueron construidas en cantidades pequeñas para realizar pruebas y evaluar las posibilidades del sistema.
La búsqueda terminó llevando el proyecto hacia otra nación europea con una industria especializada de enorme precisión.
Suiza.
La Schweizerische Industrie Gesellschaft, conocida por sus iniciales SIG y establecida en Neuhausen, poseía exactamente aquello que el proyecto necesitaba: capacidad para producir componentes muy precisos.
México tenía al inventor.
Suiza tenía las máquinas.
La relación parecía resolver el problema.
En realidad estaba comenzando otro.
Una idea que llegó demasiado temprano
A principios del siglo XX, los ejércitos dependían mayoritariamente de fusiles que exigían al soldado realizar manualmente la operación necesaria entre disparos.
La posibilidad de que el propio ciclo producido después de un disparo preparara automáticamente el siguiente representaba una transformación tecnológica considerable para un arma individual.
Mondragón trabajó durante años alrededor de esa idea.
El Archivo General de la Nación considera el resultado uno de los primeros fusiles semiautomáticos del mundo, surgido precisamente durante la modernización militar del Porfiriato.
La formulación es importante.
No necesitamos convertirlo artificialmente en “el primero del mundo” para comprender su importancia. En la historia tecnológica, las prioridades absolutas suelen depender de prototipos, patentes y definiciones.
Lo extraordinario es suficientemente grande sin exagerarlo.
Un ingeniero militar mexicano estaba trabajando en aquella tecnología cuando los fusiles semiautomáticos todavía estaban lejos de convertirse en equipamiento normal de los ejércitos.
En 1904, Mondragón presentó en Estados Unidos una solicitud de patente relacionada con su nuevo diseño. La patente sería concedida tres años después.
Y en 1908 llegó el momento decisivo.
El apellido de Díaz quedó escrito sobre el invento
El arma fue adoptada en México como Fusil Porfirio Díaz Sistema Mondragón Modelo 1908, nombre que condensaba perfectamente la relación entre tecnología y régimen.
No era únicamente un arma.
También podía funcionar como propaganda de modernización.
El gobierno porfiriano llevaba décadas presentando ferrocarriles, telégrafos, electricidad, industria y obras públicas como evidencias materiales de un país capaz de acercarse tecnológicamente a las potencias.
Ahora podía añadir algo particularmente simbólico.
Un sistema mexicano.
Pero nuevamente apareció la misma limitación.
Para producirlo en las cantidades deseadas había que recurrir a SIG, en Neuhausen. El gran proyecto nacional necesitaba todavía una fábrica suiza.
México realizó un pedido importante.
Las expectativas eran enormes.
La realidad resultó bastante más difícil.
El futuro costaba demasiado
Construir aquella tecnología era caro.
Las fuentes históricas coinciden en que el fusil resultaba considerablemente más costoso que alternativas convencionales disponibles para equipar al ejército mexicano.
También aparecieron dificultades relacionadas con municiones y con la sensibilidad de un mecanismo complejo que exigía condiciones adecuadas para funcionar correctamente.
La combinación era peligrosa para cualquier proyecto industrial.
Producto costoso.
Fabricación extranjera.
Exigencias técnicas elevadas.
Y un país que estaba a punto de entrar en una transformación política gigantesca.
El gobierno mexicano había encargado miles de ejemplares, pero solamente una fracción del pedido llegó antes de que el proyecto se interrumpiera.
El fusil que pretendía demostrar la modernización militar mexicana comenzó entonces a convertirse en otra cosa: una magnífica demostración de los límites de aquella modernización.
Podíamos diseñarlo.
Podíamos patentarlo.
Podíamos adoptarlo.
Pero todavía necesitábamos que alguien más lo fabricara.
Después llegó 1910
La Revolución Mexicana modificó prácticamente todas las condiciones políticas, económicas y militares bajo las cuales había nacido el proyecto.
Porfirio Díaz abandonó el poder en 1911.
El nombre que aparecía orgullosamente asociado con el fusil pertenecía ahora a un régimen derrumbado.
Y Manuel Mondragón pronto dejaría de ser recordado principalmente como ingeniero.
En febrero de 1913 participó en el levantamiento militar que abrió la Decena Trágica, episodio que culminó con el derrocamiento de Francisco I. Madero.
Tras el Pacto de la Embajada y la llegada de Victoriano Huerta al poder, Mondragón fue nombrado secretario de Guerra y Marina.
Su participación política transformó inevitablemente la manera en que la historia recordaría su apellido.
El ingeniero quedó detrás del general.
Y el inventor detrás de 1913.
Pero los fusiles construidos en Suiza continuaban existiendo.
Entonces comenzó el capítulo más inesperado.
Los fusiles mexicanos que Europa encontró en Suiza
SIG había fabricado armas para un pedido mexicano que nunca terminaría desarrollándose como originalmente se había imaginado.
Parte de aquella producción permaneció en Europa.
En 1914 comenzó la Primera Guerra Mundial.
De pronto, el continente que había construido aquellos fusiles para México necesitaba cantidades enormes de armamento para su propia guerra.
Ejemplares del sistema Mondragón terminaron entonces en manos alemanas.
La ironía histórica resulta extraordinaria.
Un mexicano había necesitado fábricas europeas para materializar su diseño porque su país todavía no podía producirlo industrialmente en la escala requerida.
Años después, una guerra europea encontró disponible aquella tecnología concebida para México.
Algunos ejemplares fueron utilizados por Alemania durante el conflicto, particularmente en aplicaciones relacionadas con su naciente aviación militar.
El fusil había completado un recorrido que su inventor difícilmente habría podido imaginar cuando comenzó a dibujarlo.
México.
Francia.
Suiza.
Alemania.
Una tecnología nacional había terminado viviendo una historia internacional precisamente porque México no había podido construirla completamente en casa.
La fábrica era también parte del invento
Vista desde el presente, la historia permite comprender algo que suele desaparecer cuando celebramos a un inventor mediante una placa conmemorativa.
Inventar no significa solamente tener una idea.
Una sociedad capaz de producir tecnología necesita escuelas, ingenieros, materias primas, capital, proveedores, herramientas, cadenas industriales y trabajadores especializados.
Necesita también algo mucho menos visible.
Continuidad.
México porfiriano podía enviar oficiales a Europa, comprar maquinaria, construir arsenales y aprender de fabricantes extranjeros. Podía incluso producir inventores como Manuel Mondragón.
Pero alcanzar autonomía industrial era otro problema.
El fusil exhibió precisamente esa distancia.
En cierto sentido, no llegó demasiado pronto para la imaginación mexicana.
Llegó demasiado pronto para sus fábricas.
El hombre tampoco terminó donde comenzó
Manuel Mondragón salió posteriormente de México y murió en San Sebastián, España, en 1922.
Su biografía quedó atravesada por contradicciones mucho mayores que cualquiera de sus máquinas.
Fue ingeniero militar e inventor.
Participó en la modernización tecnológica del Porfiriato.
Trabajó con algunos de los centros industriales más avanzados de Europa.
Y después intervino directamente en la ruptura política de febrero de 1913 que condujo al derrocamiento del gobierno de Madero.
No necesitamos borrar una historia para contar la otra.
Tampoco utilizar el talento técnico para suavizar su responsabilidad política ni convertir su actuación política en argumento para negar la existencia de su trabajo tecnológico.
Las dos cosas pertenecen al mismo personaje.
Eso vuelve más interesante el documento que podríamos imaginar guardado en algún cajón suyo.
Un plano.
Unas medidas.
Correspondencia con una fábrica europea.
Quizá una prueba metálica.
En aquellos papeles todavía no aparece la Decena Trágica.
Aparece un país intentando descubrir si podía dejar de comprar todas sus máquinas para comenzar a inventar algunas.
El objeto que regresó con una pregunta
Sobrevivieron ejemplares, documentos, patentes y piezas de artillería vinculadas con los proyectos de Mondragón.
El INAH conserva incluso testimonios materiales del sistema Saint Chamond-Mondragón desarrollado durante aquella colaboración franco-mexicana.
Son objetos pertenecientes a una época obsesionada con la palabra progreso.
Pero también permiten hacerle una pregunta incómoda a esa palabra.
¿De quién es realmente una tecnología?
¿Del hombre que la imagina?
¿Del país que paga su desarrollo?
¿De la fábrica capaz de convertirla en miles de piezas?
¿Del ejército que finalmente consigue utilizarla?
El fusil Mondragón tiene un poco de todas esas respuestas.
Fue concebido por un mexicano dentro de un proyecto nacional de modernización, perfeccionado durante años y fabricado industrialmente fuera del país.
Y justamente allí se encuentra la parte más poderosa de su historia.
México no carecía de ideas.
Carecía todavía de una parte de las máquinas necesarias para convertir determinadas ideas en objetos repetibles por miles.
Por eso un diseño mexicano tuvo que recorrer Europa antes de poder regresar convertido en acero.
La paradoja quedó encerrada dentro del propio fusil.
Era una demostración de lo lejos que México había llegado.
Y simultáneamente, de todo lo que todavía le faltaba.
Manuel Mondragón imaginó una máquina que su país todavía no podía fabricar como necesitaba. México había alcanzado el dibujo antes que la fábrica. Algunas veces la modernidad también consiste en descubrir la distancia que existe entre ambos.
